Abril de 2038. Antonio se apresura en despachar a sus últimos clientes quienes, a pesar de ver el cartel en la entrada de que el establecimiento cerrará de forma excepcional a las 20.30 h, continúan en la barra del bar pidiendo los últimos pinchos de trifásico de algas con espuma de caviar de chía. Mientras tanto, él ya va solicitando su taxi-dron a través de NetDron para que le lleve cuanto antes a su casa. No entra en sus planes perderse la final de la nueva temporada de Culinary War. Después del segundo aviso a los clientes, y ya con un tono ciertamente amenazador, deja a su avatar digital a cargo del bar en forma de holograma para que les cobre la cuenta y cierre cuando se vayan.

Al igual que Antonio, toda la nación estamos expectantes ante este programa que paraliza ciudades, pueblos, bares, restaurantes, oficinas, y hasta los mismos hospitales. Los comercios cierran persianas durante dos horas para ver lo que por clamor popular se considera la gran cita del año y que, incluso, condicionará un 75% de nuestra dieta y los alimentos que veremos en las estanterías de los supermercados virtuales en los próximos meses.

Culinary War es la nueva Copa del Mundo de fútbol, las finales de la NFL o la Superbowl. Es el Eurovisión de los 70. El béisbol o el baloncesto han sido desplazados por este programa en el que todo el mundo querría participar: amas de casa, celebrities, deportistas, empresarios, políticos, médicos, chefs amateurs… ninguno se resiste a la tentación.

Y es que, actualmente, la comida es la nueva política: se ha convertido en cuestión de Estado y a la vez en una nueva religión. Las familias han sustituido los balones de fútbol de sus hijos por los gadgets para cocinar. El deporte rey hoy es la gastronomía. Los cromos ya no son de futbolistas, de dibujos animados o cantantes, son de cocineros y participantes de Culinary War. Los videojuegos llevan su sello. Ahora los trending topics no son contenidos relacionados con modelos o influencers, son los chefs.

Ilustración: Luisfer Palo

LA GRAN PANDEMIA

La gran transformación de este giro radical de la sociedad se vivió especialmente en 2020, con el enorme vacío producido por el deporte durante la Gran Pandemia. El confinamiento vivido durante más de seis meses fue el detonante para que nos abriéramos a experimentar en casa con la cocina, tanto para nutrirnos como para alimentarnos emocionalmente y apaciguar sensaciones asociadas a la soledad, el aburrimiento o la tristeza. Fue el complemento perfecto de aquella lucha contra el tiempo.

Cuando muchos dábamos por perdida aquella vieja disciplina –el arte de cocinar– suplantada por meal-kits, platos preparados o el imperativo de la comida a domicilio durante los últimos años, volvió a renacer con más fuerza que nunca. Creíamos haber olvidado, o quizá nunca aprendido, por qué comíamos. Comer, se sabe, es un asunto social para los humanos y pleno de significado. Antropología pura, pero también entretenimiento.

Michael Pollan decía que se cree que la cocina permitió el desarrollo intelectual, pues al tardar menos tiempo en comer y digerir se podían realizar otras actividades. En nuestro caso, cocinar nos ayudó a encontrarnos a nosotros mismos y a pasar uno de los peores momentos de la historia, pero sobretodo, nos culturizó en el poder de la alimentación. Después del Covid-19, durante la hibernación, quien alimentó y mantuvo nuestras mentes entretenidas fue la comida.

EL ARTE DEL CONTROL

Hoy, sin embargo, la generación que domina el mundo se denomina Alpha y es la que nació después del 2020: en un estadio de la sociedad absolutamente digital, con 6G, multipantallas, sin televisión convencional, con coches autónomos. Una generación que nació grabando –eso que antes se llamaba hacer fotos– cada instante de su vida y con las redes sociales implementadas en sus mentes –teclear es de viejos–, con robots influencers como referencia, teletrabajando, con un alto desapego hacia la política, y para quienes el verbo comprar ha derivado en ‘utilizar’ y aplica en todos los ámbitos de la vida, desde el coche o la vivienda hasta el cepillo de dientes.

A diferencia de antaño, la sociedad actual desconoce la privacidad. El control por parte del Gobierno y de los grandes actores de la industria del entretenimiento campa a sus anchas con el objetivo de obtener todos sus datos y sus patrones de comportamiento.

El nuevo sistema de control llega hasta tal punto que nuestros inodoros están subvencionados por el Gobierno, que, a través de sensores y cámaras, convierten nuestro retrete en un Gran Hermano, analizan nuestras heces y a la vez, teóricamente, nuestra salud. La muestra de nuestra ‘caca’ es probablemente la mejor instantánea de la salud actual que tenemos y atestiguan que comemos lo que realmente quieren. Ya sea en formato de inodoros inteligentes o en forma de robots, siempre hay alguien que controla todo aquello que procesa nuestro organismo.

SIEMPRE VIGILADOS

También continuamos con medidas que en cierto punto restringen nuestra libertad. Tras el confinamiento de 2020 el Gobierno decretó para toda la población el uso obligatorio de la app TraceTogether que, al igual que Singapur con sus ciudadanos, impuso con el objetivo de rastrear posibles contagios y comprobar que la desescalada se hacía de forma estricta.

Desde entonces saben en todo momento dónde estamos y con quién estamos, un sacrificio que hicimos entonces contra una crisis de salud global. Ahora no tenemos tan claro la necesidad de mantenerlo, pero las restricciones temporales a la libertad se han vuelto peligrosamente permanentes.

La prevención durante aquel periodo se implantó en nuestras vidas. En aeropuertos, restaurantes, salas de conciertos, cines, teatros… Hoy, todos disponen de cámaras o escáneres térmicos para medir la temperatura corporal en los controles de acceso y, si es necesario, prohibirlo. Muchas de esas medidas preventivas incorporaron el reconocimiento facial para complementar sus funciones con un origen centrado en garantizar la salud y la seguridad.

El anonimato pasa a la historia

Aunque señalaron que todos los datos escaneados eran anónimos y se eliminaban, está claro que se utilizaron para, entre otras cosas, detectar tendencias y patrones. Después, algunos restaurantes utilizaron el reconocimiento facial para saber quién era el último en llegar a la barra para pedir o para pagar. La biometría también permitió conocer cuán bebido estaba un cliente o, la principal utilidad, el estado de emociones y las reacciones que generaba un plato en la mesa.

Nuestra relación con la comida evolucionó radicalmente. La Generación Alpha tiene interiorizada la igualdad en sus bases y dispone de una alta sensibilidad por conocer y a la vez innovar con lo que comemos. Su ideología alimentaria les ha llevado a ser activistas contra el cambio climático y vivir obsesionados por el desperdicio de comida, pero en este sentido forman parte de la segunda generación.

Son los que mejor aprendieron las lecciones post-coronavirus y, a la vez, los primeros nacidos en la era postanimal, cuando se retiró ese recurso alimentario de la ecuación de nuestros platos.

LOS NUEVOS ‘FOODIES’

Esta generación que ya ha cumplido la mayoría de edad ha vivido la mayor unión entre comida y tecnología jamás pensada, hasta el punto de que los nuevos foodies adiestran a sus robots para que cocinen por ellos y se sumerjan en los lugares trendy. Hoy existen robots que comen por nosotros para anticipar cómo nos sentará la comida. Los análisis de las predicciones gastronómicas ahora recaen en máquinas: nos ofrecen el pronóstico de qué comer, qué restaurantes visitar y qué comprar.

Los eventos gastronómicos también han cambiado. Tras el coronavirus el miedo a viajar creció exponencialmente y actualmente sólo se hacen los desplazamientos imprescindibles. Dicen que allá por 2019 tan sólo en España se registraban más 2,6 eventos diarios relacionados con la gastronomía. Desde la fiesta de exaltación del mejillón de A Illa de Arousa, en Galicia, hasta la fiesta de la coliflor en Griñón, Madrid. Había concursos y ferias gastronómicas que otorgaban galardones tan singulares como el del Mejor Cachopo de España, o el del mejor Torrezno del Mundo.

La reinvención

Ahora hemos llevado todo eso a la virtualidad, perdiendo –como era de esperar– la forma de disfrutarlo, pero ganando en seguridad. Todo el mundo tuvo que reinventarse, y los eventos y ferias fueron de los primeros en hacerlo.

También evolucionamos en la forma de educar a nuestros hijos respecto a la alimentación. Hemos dejado de hablar de la famosa pirámide, de diferenciar entre alimentos buenos y malos y de emplear la palabra ‘coherencia’.

La ideología alimentaria ha asumido el poder, desde que se introdujo como plan de estudios en la mayoría de las escuelas e institutos El poder de alimentar. Un programa piloto que, gracias a la tecnología, permite que cada alumno –a través de simulaciones de realidad virtual– pueda interactuar y comprender la alimentación como nunca antes se había hecho. El programa incluye kits para hackear la comida, para descubrir dónde se originan los alimentos o para realizar un tracking permanente de lo que comemos.

Chefluencers

Por su parte, el grado de influencia de los chefs ha ido en aumento con el paso de los años y actualmente su poder es incalculable. Sus recetas tienen capacidad de alterar el gusto de los consumidores o su forma de cocinar, y aún más cuando pudieron contar con la ayuda de los robots. Algo de eso explica también la enorme popularidad que tienen los cocineros mediáticos en todo el mundo: ellos son quienes deciden los ingredientes y quienes dictan en los mercados globales qué productos empleamos.

En esta sociedad que abraza lo artificial –y en la que los alimentos que consumimos habitualmente no provienen ni del mar ni de la tierra–, los cocineros son nuestros orientadores, nuestros gurús. Los que condicionan a la gran distribución y a los fabricantes sobre qué producir. Son los que marcan la música, los nuevos DJs, los que nos hacen bailar a todos a su alrededor.

Ilustración: Luisfer Palo

‘FOOD ENTERTAINMENT’

La generación actual también ha alterado la forma en que consumimos todo lo que tiene que ver con la comida, y no exclusivamente la que ingerimos, sino la que deseamos o visualizamos: con ellos asistimos al nacimiento de la nueva forma de entretenimiento global: el Food Entertainment.

A pesar de vivir una gran transformación y de que estos canales se emiten a través de ‘La nueva internet’, los programas relacionados con la comida son el nuevo deporte mundial. Hemos logrado llevar los e-Sports a la cocina, donde chef-avatares compiten entre ellos. Hemos vivido ya algunas Olimpiadas gastronómicas y los canales especializados en cocina muestran programas de competiciones entre humanos y robots.

Aquellos programas que ayudaban a hosteleros a sacar a flote sus restaurantes ruinosos ahora se centran en ayudarles a implementar las últimas tecnologías, a tener más seguidores en las redes sociales e incluso a tener el restaurante completamente automatizado.

Nuevas experiencias

Hace ya muchos años que dejamos de ver programas como aquellos en los que un reportero viajaba por el mundo para descubrir la peculiar cocina de un país o los alimentos característicos de una zona. Hoy el espectador lo puede hacer en primera persona: un robot viaja en su lugar y le permite adentrarse en todos los rincones que desee, incluso importando a través de food computers los aromas de ese sitio.

Esto también nos ha llevado a un nuevo replanteamiento del turismo gastronómico. Se visitan restaurantes que, a través de la robótica, han logrado producir platos únicos, además de establecimientos robotizados con estrellas Michelin.

En lo que respecta al enoturismo, por ejemplo, desde la propia visita a los viñedos hasta la explicación de la bodega se realiza de un modo completamente virtual donde es habitual encontramos en la barra-degustación a robots que, a la hora de saborear el vino, hacen un coupage personalizado con las distintas variedades de la bodega.

La interacción, la personalización y la conexión del espectador con los programas televisivos de cocina han marcado el gran salto y la diferencia con todo lo conocido hasta la fecha. Pero de entre todos ellos hay uno que ha cocinado el éxito más rotundo y sin precedentes en la Historia. Si ‘emergencia climática‘ fue la palabra del año en 2019 y en 2020 lo fue ‘coronavirus’, en 2038 es Culinary War.

‘CULINARY WAR’: EMPIEZA LA GUERRA

Culinary War es un formato televisivo que se emite diez programas cada temporada y cuya diferencia esencial con respecto a los talent shows del pasado es que se realiza en directo y a través de multiplataformas. La Inteligencia Artificial permitió una evolución de los programas de cocina que buscaban crear una competición de forma presencial, incorporando al espectador en primera persona. Esto es, nos permite adentrarnos en el concurso para vivir, oler, saborear y sentir absolutamente todo lo que sucede en el plató virtual sin movernos de nuestro salón.

El protagonismo de Culinary War en la sociedad actual ha ido creciendo en estos años de tal manera que su influencia es tan grande que hace que desde los restaurantes o los bares, los agricultores o las cadenas de distribución dependan de lo que el programa dictamine. Todo lo que se prueba o degusta en este espacio televisivo se convierte en tendencia y se agotan sus existencias, desde semillas hasta productos envasados, llegando a condicionar hasta la siguiente cosecha en los campos.

El merchandising también se ha multiplicado por millones: Culinary War hoy es más rentable que aquella saga famosa de George Lucas y luce en todas partes: desde gadgets tecnológicos a platos interactivos o bebidas personalizadas. El hashtag #CulinaryWar es el más empleado en las redes sociales de todo el planeta.

Tecnología e IA

Por su parte, el poder de la tecnología en el programa es algo que permitió nuevas y revolucionarias formas de producción audiovisual. El presentador, aunque con apariencia humana, está diseñado por IA, y va cambiando en cada entrega, y los algoritmos definen desde el movimiento de su boca a su voz en función de los gustos del público. Los concursantes, de momento, son humanos.

El programa siempre arranca con veinte participantes, que deben convivir más de 70 días en un mismo espacio. El casting se realiza de forma exhaustiva y de manera virtual. Para la edición de 2038, la IA ya se ha encargado de discriminar y seleccionar a aquellos que cumplen los criterios entre más de los 200.000 candidatos que enviaron un vídeo degustativo con su creación gastronómica.

Más que convencer al jurado-robot de si gusta o no el plato que diseñan –y cuya IA detecta automáticamente patrones que puedan fallar en el sabor del mismo–, lo que se selecciona es su capacidad de reacción y decisión, además de anticipar cómo el programa les puede cambiar la vida.

MUCHO MÁS QUE UN ‘TALENT’

El programa transcurre durante diez semanas en las que los concursantes trabajan bajo absoluta presión, con boicots o engaños que requieren sacrificio y extrema fuerza mental. Cada instante es completamente seguido por el espectador, sin un ápice de intimidad para los concursantes, donde continuamente tienen que justificarse y mantener el tipo.

A cada participante se le asigna un equipo para las emisiones en directo, formado por científicos, programadores, ingenieros y degustadores de sabor. Además de ellos, sus avatares les asesoran –como una especie de conciencia– y les brindan su inteligencia emocional para gestionar mejor la presión.

Cabe mencionar también aquí el aspecto de los candidatos: en el transcurso de las pruebas, la verdad, tienen más apariencia de astronautas que de chefs, porque más que un delantal llevan una especie de traje espacial. Eso se debe a la compleja red de implantes que incorporan al inicio del programa. También van equipados con lentillas inteligentes y llevan una especie de chaleco –el SmartChefJacket– que analiza todos sus niveles biométricos, desde el movimiento de sus manos hasta su respiración o su nivel de ansiedad ante una prueba.

Otro elemento imprescindible de su atuendo son los cascos equipados para que los miembros del jurado controlen sus ondas cerebrales en busca de cambios repentinos en su estado emocional. Éstos pueden medir distintas variables de datos detectando signos de depresión, ansiedad o rabia, lo que permite realizar algunos ajustes por parte del avatar.

Tecnología para consursantes

Obviamente cada participante lleva instalados una mini-cámara y un micrófono, y su avatar puede sugerirles en tiempo real algún cambio o rectificación en sus decisiones. Los miembros del jurado también pueden retroceder o realizar una repetición por si tienen dudas a la hora de puntuar.

Toda la tecnología implementada alrededor y dentro de ellos permite realizar por parte del telespectador y del jurado un seguimiento exhaustivo de 360 grados sobre qué hace o siente cada concursante.

Según van superando pruebas, como en los videojuegos, pueden ir ganando habilidades a través de una galería de bonificaciones –como un Apple Store o Google Play– en la que pueden descargar apps culinarias que les permiten ser más eficientes. Esta ‘biblioteca’ no sólo facilita tareas como conocer los posibles food pairings, los ingredientes que tiene una receta o cómo ejecutarla, sino que también les permite ‘descargarse’ mejoras humanas.

Asimismo pueden conseguir instalarse wearables –como un brazo biónico o un exoesqueleto– teniendo así una versión extendida y mejorada de ellos mismos. En esa misma galería también pueden adquirir competencias y habilidades gastronómicas de otros, en forma de extensiones, para, digamos, tener la sensación de cocinar como los mejores, pero haciéndolo con sus propias manos.

SUPERA ESTO

Entre las diferentes pruebas que tienen que superar a lo largo de diez semanas, se encuentran, por ejemplo, cocinar con ingredientes como la carne de canguro de laboratorio, utilizar whisky vegano, reutilizar productos procedentes del desperdicio alimentario, detectar ingredientes con obsolescencia programada, experimentar con cannabis o con alimentos cultivados en Marte. Precisamente, uno de los escenarios donde se traslada a los concursantes es a entornos altamente complejos para cocinar, como puede ser una simulación de una estación espacial.

También deben buscar fórmulas para aumentar la serotonina en un plato a través de sus ingredientes o averiguar cómo revertir la caída del cabello, dar de comer a hogares virtuales mediante la realidad mixta, dirigir robots para servir en grandes banquetes, participar en simulaciones con el videojuego AutomaChef, inventar recetas con ingredientes procedentes del mañana o diseñar y ejecutar platos que puedan replicarse fácilmente en un millón de hogares. A todo esto se añade trabajar con bioingenieros para construir las plantas del futuro.

Todos diseñan y ejecutan platos colectivos, es decir, que más allá de hacerlo con otros concursantes, lo hacen de forma remota con telespectadores. Cocinan con biorreactores y pueden proyectar la toma de decisiones con simuladores que les indican si la decisión que han tomado sobre un plato les puede ayudar a ejecutarlo bien o no.

En muchos casos, a través de la propioception enseñan a un brazo robótico a que lo haga por ellos o a idear a un imitador virtual que sea más rápido que ellos. A través de simulaciones también pueden visualizar cómo quedaría un plato en Realidad Aumentada, sin necesidad de ensuciarse las manos.

En cada programa se va eliminando a los concursantes, hasta que sólo puede quedar uno. Uno muy importante, porque en él recaerá la gran y enorme responsabilidad de anticipar el futuro de nuestros alimentos.

EL JURADO

El jurado del concurso lo conforman cerca de veinte personas, y está integrado por chefs, científicos, críticos gastronómicos, ingenieros, influencers, expertos en robótica y matemáticos. A éstos se añaden diez robots, que posiblemente sean más neutros que los humanos, al menos hasta que desarrollen emociones. En las valoraciones de algunas pruebas, y dada la alta tecnología utilizada, también votan los propios telespectadores.

Los miembros del jurado están repartidos por medio mundo y sus valoraciones se realizan gracias a que muchas de las creaciones de los concursantes se pueden probar en tiempo real –a través del reciente teletransporte de alimentos–, y después de degustar los platos, validar cómo se comporta la comida en su organismo gracias a los chips que tienen en el estómago.

Pero más allá del placer de comer, las pruebas están condicionadas por la tecnología que utilizan los concursantes. Por lo tanto, debatir sobre el gusto o aspecto de un plato casi resulta trivial, así como la técnica culinaria que utiliza el participante, comentando y juzgando la tecnología empleada.

Los criterios de valoración también se centran en la creatividad utilizada por el concursante y la precisa ejecución para la combinación de olfato y gusto. El sabor de los platos es absolutamente predecible, así que ha pasado a mejor vida –no porque no sea un valor para el consumidor, al contrario–, simplemente porque en la actualidad y nuevamente gracias al Big Data y la Inteligencia Artificial, ya se han rastreado todas las combinaciones posibles de sabores, cruzándolas con las percepciones gustativas y de placer del humano. Reversionar platos no entra en la ecuación. Se cocina desde la ciencia y la conciencia.

…EL ESPECTADOR MANDA

En lo que se refiere al público presencial que asiste a cada uno de los programas, que se realizan en estadios de lo que anteriormente se consideraba fútbol, se llegan a congregar más de 60.000 personas. Y respecto al digital, nunca antes se había vivido una experiencia tan profunda en el mundo de la cocina y en los reality shows.

Los videojuegos ya no copian a la realidad. Es la realidad la que copia a los videojuegos. Culinary War fue pionero estrenando la realidad aumentada en las retransmisiones, y ahora para los telespectadores los programas ya son idénticos a un videojuego. Esta modalidad de telerrealidad, denominada ChefVision, utiliza también la Inteligencia Artificial para poder ver las estadísticas de los concursantes en tiempo real sobre su cabeza, así como efectos especiales sobre cada plato.

A través de nuevos gadgets tecnológicos, los espectadores pueden oler los platos y, con sensores de movimiento en sus cocinas, experimentar como si fueran ellos los concursantes, sintiendo la presión en primera persona. Gracias a la tecnología de seguimiento y a través de las gafas de Realidad Virtual, el público vive una experiencia inmersiva única, como si estuvieran en el mismo plató.

Parece ser que ya en el pasado el ser humano tenía la fantasía de ser otro. Ahora los espectadores tienen la oportunidad de hacerlo más allá de sus sueños.

En un mundo con la libertad y la privacidad limitada, Culinary War se convierte en nuestro perfecto avatar; ése que algún día incluso podría reclamar su trono y sustituirnos. Quién sabe.

  • Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 53, mayo 2020. Puedes comprar cualquiera números atrasados en nuestra tienda.