El músico ha vuelto al candelero –si es que se fue alguna vez– por el reciente lanzamiento del El blues de la tercera edad, su primer tema inédito en doce años. Lo de la tercera edad suena casi irónico, tratándose de un rockero de 76 años, pero sin edad, como él. “Pero está bien llevarlo con cierta dignidad”, bromea.

El músico explicó el origen de su nuevo álbum, que saldrá a finales de años, contando que era “un animado por José Nortes para componer canciones nuevas en formato acústico –“más íntimo”, matiza–. Aunque confiesa que sus canciones siempre han sido testimoniales de lo que le pasaba, explica que esta vez han surgido temas con la intención de reflejar el momento actual.

“La tentación de hacer canciones en este tiempo tenía más que ver con lo que ya se estaba contando”, aclara, y no se refiere a la pandemia, sino al estado del bienestar global y una cierta confusión que él aclara así: “Más que vivir por encima de tus posibilidades de lo que se trata es de no vivir por debajo de tus necesidades”.

Nueva normalidad en la cultura

Sobre el papel de la cultura y la situación de los artistas en España, Miguel Ríos hace una distinción entre las servidumbres del ocio con las nuevas medidas de seguridad: “Hay que ser más selectivos, claramente. No es lo mismo echar miasmas en una discoteca que tocar en una plaza de toros”, aclara. Pero hace hincapié en que, detrás de estas cuestiones están los números: “Van Morrison cancela porque si gana lo mismo y el aforo se reduce, a ver cómo salen las cuentas”. Pero al tiempo reconoce que la suya es una situación de privilegio: “La cultura no ha estado para tirar cohetes recientemente. Pero yo no me quejo. Y saldré de gira cuando pueda, pero si no puedo, no pasa nada”.

A sus 76 años confiesa que para subirse a un escenario sus hábitos culinarios son más frugales que antes.  “Normalmente desayuno kiwi con yogur y un par de tostadas con jamón”, asegura.

El gusto es suyo

Aunque el músico se arrancó diciendo que no era ningún experto en la cocina, se reconoce como un buen comensal. “Cuando antes de la gastronomía eso se llamaba comer”, bromea, recuerda una anécdota con Junior, en los años setenta, que le invitó a una fiesta de cumpleaños:

“Allí había comida filipina, que yo no la conocía. Yo era un cateto de Granada recién llegado, así que cuando vi la mesa no sabía qué comer, porque todo era nuevo. En esas, vi una especie de ensalada y me fui a por ella. Pero cuando me la comí casi la tengo que echar porque la salsa era agridulce. Pero para mí aquello fue una demostración de que la cultura también está en las papilas gustativas. Como la primera vez que probé un whisky, ¡me sabía a matarratas!”. A partir de ahí fue cultivando su paladar, porque como él asegura, por suerte “el gusto es de los sentidos que más duran”.

Sobre las muchas giras que le han hecho recorrer carreteras infinitas… Ríos guarda especiales recuerdos de algunas, como aquella de El gusto es nuestro, junto a Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Víctor Manuel y Ana Belén. a su manera: “Yo nunca he sido un cocinitas. Y tampoco comer es mi primera prioridad. Pero mis compañeros planeaban las salidas en función del restaurante que hubiera en el camino”, relata. “Luego ya aprecié aquello. Y parábamos en sitios acojonantes. Ellos han sido mucho más maduros que yo [dice refiriéndose as Serrat y Víctor Manuel], los dos son buenos colmillos retorcidos. Pero siempre es un placer ir con ellos”.

El buen comer

Víctor Manuel, que este año publicó su libro de memorias gastronómicas El gusto es mío, se refería a Miguel Ríos de la siguiente manera: «Me come muy bien; se ve que igual que yo, ha sido un niño pobre y que por eso agradece los alimentos. Le he visto emplatarse en bufés viandas que con toda seguridad no se acabaría, o sí. Disfruta comiendo cuando está solo y menos cuando tiene marcaje al lado».

El cantante reconoce que es bastante fiel a la realidad, además de confesarse fan de su amigo por sus virtudes en la cocina y por otros aspectos de su carácter: “¡El tío hace una fideuá!… vale para mucho más que para cantar Mi abuelo fue picador”, bromea.

“Y con Joaquín [Sabina], como come poco es fácil estar a la altura. Pero a cambio es muy generoso. Antes solía hacer eso de llegar a un bar e invitar a todo el mundo. Con Joaquín suelo ir a un sitio de Rota y nunca me deja pagar, y ya resulta cómica la discusión habitual. Pero comer, come poco. Ahora mismo no sé si me come bien”, dice entre risas.

Por último, nos da alguna recomendación gastronómica: “Voy casi a diario a La Ancha o Tres Mares, en Madrid”. Pero concede que la lista es larga: “He estado en restaurantes maravillosos que mi boca no puede narrar… pero no lo niego, yo soy muy de ¡qué bueno está esto, coño!”.

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