Hay películas que dan hambre, otras sed y algunas, también, ganas de salir del cine… pero ahora recopilamos diez con algunas de las escenas más inolvidables que seguro que te abrirán el apetito por el cine.

La leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967)

Si hay una secuencia gastronómica inolvidable en el cine es la de los cincuenta huevos duros que el protagonista de este drama carcelario, Luke Jackson, se zampa de una sentada por una apuesta con otro recluso. Sin embargo, a Paul Newman la película le permitió marcar un antes y un después en su carrera, y con ella pasó de ser considerado el galán más endiabladamente guapo de Hollywood a entronizarse como lo que siempre fue: el puto amo.

 

La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925)

Este entrañable vagabundo que en un momento de la película se queda atrapado en una cabaña con un gigante y un asesino en su camino hacia las frías tierras de Canadá para probar suerte con la fiebre del oro, dio una de las escenas más deliciosas jamás rodadas: Charlot comiéndose su bota hervida. La suela cuajada de puntillas se asemeja a un pescado con espinas y los cordones son engullidos con el deleite de unos espaguetis. Y dan ganas de rebañar el plato.

 

Encuentros en la 3ª fase (Steven Spielberg, 1977)

El argumento es sencillo: después de avistar un grupo de ovnis, Roy Neary, un técnico eléctrico de Indiana (interpretado por Richard Dreyfuss) empieza a obsesionarse con el fenómeno extraterrestre, lo que le llevará a vivir una increíble revelación. Pero esta película que marcó el despegue de Spielberg en la ciencia-ficción también arrojó una escena que, quien la haya visto, jamás olvidará al enfrentarse a un plato de puré de patata: si la montaña no va a Mahoma…

 

El sentido de la vida (Terry Jones, 1983)

“La liebre es muy jugosa y la salsa es muy sabrosa, con trufa, anchoas, licor, bacon y nata”… así comienza esta escena llevada al extremo por los Monty Python y considerada una de las más asquerosas del cine: tras una patagruélica cena, el ‘maître’ (John Cleese) ofrece al señor Creosota (irreconocible Terry Jones) una finísima chocolatina… que acaba haciéndole explotar poco antes de llegar la cuenta. Para ver con el estómago vacío.

 

El guateque (Blake Edwards, 1968)

Destacar una única escena de esta maravillosa y delirante película protagonizada por Peter Sellers es tarea imposible. Pero en lo que nos concierne, gastronómicamente hablando, hay dos momentos épicos: el lanzamiento de pollo a la diadema de una de las invitadas y la progresiva borrachera del camarero (Steve Franken), que compuso uno de los personajes más inolvidables de este clásico del humor.

 

Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989)

Un consejito: nunca digas de ese agua no beberé, ese cura no es mi padre… ni que sabes distinguir un orgasmo fingido de uno real. Esta escena, rodada en una de las mesas del restaurante Katz’s Delicatessen de Nueva York –donde sirven unos monumentales sándwiches de pastrami–, llevó a Meg Ryan a protagonizar ante Billy Crystal la simulación más cachonda del cine de los 90. Y a referir la frase: “Póngame lo mismo que a ella”.

 

La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971)

Esta distópica y brutal obra maestra también acuñó su propio trago para la posteridad: la ‘leche-plus’, que su protagonista, Alex (Malcolm McDowell), consumía con sus amigos en el Korova Milk Bar: “Leche con velloceta o con dencromina… que nos aguzaba los sentidos y nos dejaba listos para una nueva sesión de ultraviolencia”. Y de ahí, aquella canción de los Nikis: “Ya no hay más Moloko y todos piensan que estás loco”…

 

Pulp Fiction (Quentin Tarantino,  1994)

¿A qué fanático del cine de Tarantino no le gustaría comerse una Big Kahuna? Aunque al personaje de Jules (Samuel L. Jackson) le gustan las hamburguesas, su novia es vegetariana, lo que no le impide darle un bocado a la del tipo al que está a punto de cargarse a balazos con su: “Hamburguesas… la piedra angular de todo nutritivo desayuno”.

 

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989)

Esta película, avisamos, no es apta para estómagos sensibles. Su impecable puesta en escena, con música de Michael Nyman, vestuario de Jean Paul Gaultier y Helen Mirren, Michael Gambon o Tim Roth en el reparto, componen un extraño e impresionante lienzo que avanza a través de suculentos banquetes en una historia sobre poder, violencia, amor y sexo desbordado, y aderezada con una venganza que no podemos desvelar a aquellos que aún no la han visto. Los que sí, probablemente no la hayan olvidado: tiene uno de los finales más brutales de la historia de la cinematografía mundial. Y va de comida. [Nota: no queremos hacer spoiler…]

 

La dama y el vagabundo (Walt Disney, 1955)

El relato es el de las comedias románticas de siempre, sólo que canina, y narra la improbable historia de amor entre Reina, una cocker spaniel pizpireta y un poco pija, y Golfo, un chucho mil leches, canallita y guaperas. Todo bastante previsible… hasta que en un momento de la película, los protagonistas comparten un plato de pasta y un inocente beso: desde hace medio siglo cuesta encontrar un alimento que haya hecho más por un romance que unos espaguetis.

 

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