En primer término tú y tu mala forma de gestionar tus ganas de beber, pero en segundo lugar, tu vaso.

No es ninguna disculpa barata para eludir responsabilidades, que aquí somos todos muy serios, pero está demostrado científicamente que el tamaño y la forma del vaso en la que bebes puede contribuir a que te pongas un poco moñas.

Un grupo de científicos de la Universidad de Bristol llevó a cabo un seguimiento, durante tres fines de semana, del consumo de cerveza y sidra en los bares, prestando especial atención a la forma del vaso en que se servía la bebida, y el resultado fue bastante revelador: los bares que servían estas bebidas en vasos de paredes lisas hicieron un 25% menos de caja que quienes emplearon un vaso curvo.

¿La razón? En el cerebro.

La forma de un vaso tiene tanto poder en el cerebro de las personas que es capaz de hacer que nuestra mente interprete de forma diferente la cantidad bebida según en qué vaso se sirva el líquido. Y es que los vasos de paredes lisas consiguen que bebamos más lentamente por lo que la borrachera o no asoma o tarda mucho en asomar, mientras que las paredes curvas de los vasos nos incitan a beber con más rapidez, emborrachándonos antes.

¿Sabrá el bartender esta artimaña de ingresos?