Raul Balam Orgullo gay
Foto: Raül Balam

Toda la gente que me conoce sabe perfectamente cómo soy. Me considero una persona que provoca buen rollo y con un punto (mejor dicho, puntazo) de payasete. Y también me autoproclamo ORGULLOSAMENTE LIBRE en todos los aspectos de mi vida, en todos. Soy dueño de mi vida y acepto mis condiciones, mis virtudes y mis errores.

Pero hoy quiero hablar de otro orgullo, con motivo de la conmemoración de día del ORGULLO LGTB, por los acontecimientos que se vivieron en los disturbios del 1969 en Stonewall en Nueva York. Hoy vengo a hablar del Orgullo de ser gay.

Nací homosexual –eso es así y no se puede hacer nada–, en una familia trabajadora y lo que se podría llamar normal y feliz. Fui el primer hijo, el primer nieto, el primer sobrino y se me crio como se cría a cualquier hijo de vecino. Hasta aquí todo bien, pero pronto empecé a observar que yo no era igual a los niños que me rodeaban y mi carácter introvertido hizo que no compartiera mis sentimientos. Sí, el gran lastre de mi condición me lo puse yo mismo, creé un concepto en mi mente, a partir de lo que veía en el mundo que me rodeaba, lo que me hizo pensar que yo iba a contra natura.

Siempre fui el marica de la clase; el niño que castigaban en el patio porque jugaba con las niñas y era amanerado; el que jugaba con muñecas (la reina Barbie) a escondidas y que se moría de vergüenza cuando mis padres me pillaban una escondida por mi habitación; el niño que esperaba como loco la mañana de Reyes para ver lo que le habían traído a mi hermana y poder hacer cambios de juguetes, ya que ella en tema juegos era –y lo pondré entre comillas– más «niño».

Mi adolescencia no fue a mejor, se me despertó la curiosidad sexual y me atormentaba el mirar a los chicos. Dejé el instituto, aparte de por no ser muy buen estudiante por la presión que sentía, el desprecio y los insultos. Recuerdo que en la clase de gimnasia cuando decían «a las duchas», yo corría como un loco para ducharme lo mas rápido posible para no encontrarme ningún compañero en ellas, y cuando ellos entraban a ducharse yo ya estaba secándome con la toalla. Me duchaba literalmente en un minuto y medio y, al salir de la zona de duchas, siempre oía el mismo comentario: «Chicos, ya os podéis sacar el tapón de culo que el marica ya sale de las duchas», y detrás de ese comentario se arrancaba una gran carcajada colectiva.

Después del instituto entré a trabajar en el negocio familiar, como carnicero y elaborando la comida para llevar de la tienda. Fue mi primer contacto con el mundo de la hostelería y la verdad que elaborar platos para llevar me sirvió de terapia y me hizo feliz. Pero mi tormento continuaba y mi mente sólo me decía que tenía que hacer lo que tocaba en la vida, que era tener novia, casarme, hijos, nietos, celebrar bodas de plata, de oro y ser un padre de familia modélico. Por eso empecé a salir con una chica y fuimos novios durante unos seis años.

Esa época la recuerdo con ternura, ya que los dos éramos muy jóvenes y nos comportamos más como amigos que como novios, pero eso duró poco. Mi condición seguía allí, recordándome lo que era, empecé a cambiar el carácter, a desaparecer, a ir al psicólogo, al que engañaba como un bellaco. Me sentía como aprisionado y asfixiado frente un muro muy duro y alto, y sólo veía una salida. Esa decisión fue incorrecta, pero dio el pistoletazo de salida a mi aceptación.

Foto: Raül Balam

El día que lo cambió todo

No voy a entrar en detalles, pero hice un intento de suicidio –o una llamada de atención, más bien–. Desperté en un hospital y todos en mi entorno estaban destrozados por mi acto. Me cerré en banda, envuelto en una gran vergüenza me clausuré en mi habitación, y sólo salía para ir a baño. Después de días llorando pasó lo que me hizo cambiar el chip y vino mi despertar.

Entró mi padre en mi habitación, enfadado y me dijo:

–¿A ver Raül, por que lloras? Tu madre y yo estamos desquiciados y preocupados, queremos ayudarte y no sabemos cómo».

Yo seguía llorando y, en un momento, me armé de valor y dije textualmente:

–A lo mejor tienes un hijo maricón.

Él me miró y soltó por su boca el mejor consejo que se me ha dado nunca:

–¿Por eso lloras? Mira, Raül, eso no es para llorar. ¿Quieres que vayamos los dos mañana, cogidos de la mano, al banco, vemos lo que debemos y empezamos a llorar de verdad? Sólo te diré una cosa, haz con tu vida lo que quieras, sé feliz y ten respeto a tu entorno y a lo que te rodea. Haz eso y la vida te irá bien.

Así salí del armario, con un drama alargado en la vida, pero al final me di cuenta de que la presión sobre mi homosexualidad y el que no me aceptaba era yo mismo. No digo que eso sea la solución, cada caso es diferente, pero quiero que mi testimonio sirva para decir que nos tenemos que aceptar, que nadie tiene la culpa de nada y las cosas son como son. Y al que no le guste, ajo y agua.

Se cuestiona mucho la celebración del Día del Orgullo y que por qué no hay un Día de la heterosexualidad. Para mí, cuantos mas días para celebrar cosas, mejor. Pero este día es importante para el colectivo, porque todavía se discrimina a gente por su condición sexual. Hay países donde, por el simple hecho de ser homosexual, te meten en la cárcel o te matan; por amar a quién tú quieres sin hacer daño a nadie. Y, si hacemos memoria, esto pasaba en este país no hace tanto tiempo.

Así que para mí, la celebración de este día es importante. Por eso no me importa gritar a los cuatro vientos: «Mundo, soy gay. No pasa nada y estoy orgulloso de ello». 

Foto: Raül Balam

Por eso he titulado esto así, Orgullosamente libre. Porque así me siento. Feliz y querido y respetado y… vivo.

RAÜL BALAM es el chef de Moments, el restaurante del hotel barcelonés Mandarin Oriental, que cuenta con dos estrellas Michelin, y dirige El Drac de Calella, del hotel Sant Jordi de esa localidad (y que acaba de abrir su nueva terraza). Raül también es el hijo mayor de Carme Ruscalleda y Toni Balam.

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