Superado el día 10 de confinamiento. Para una que se considera optimista empedernida, debo confesar que ya han surgido las primeras grietas por donde se cuela el miedo, el desconcierto y la preocupación. Las pocas noticias que me permito ver estos días son tan demoledoras que se cuelan en mi alegría habitual, compañera de fatigas, y me hacen flaquear a ratos. Pienso: «También es bueno, ¡permítetelo!». No puedes estar viviendo todo el rato en esta burbuja que hemos creado, sobre todo por la peque de casa.

Y así lo hago. Aprovecho y, cuando salimos cada día a aplaudir a los sanitarios que se juegan la vida estando al frente de toda esta locura, lloro, lloro todo lo que no he llorado durante el día. Me rindo a la pena que no me permito durante el día, en el que estoy pendiente de Joana (deberes, juegos, manualidades, música, coreografías). Por cierto, cuánto valoro estos días a esos profes, ese sitio llamado ‘colegio’, esa cosa tan mal vista llamada ‘rutina’, a los amigos, la familia… Va a haber un antes y un después de este maldito coronavirus y espero que sea para mejorar.

No me quito de la cabeza a todas aquellas personas que están muriendo solas en los hospitales. Solo quiero despertarme y que todo haya sido un sueño, pero creo que no va a ser así.

Nuestro día a día en el confinamiento está siendo muy de locos. Desde que Andreu y el programa se han instalado en casa –literalmente– todo ha dado un giro.

La casa se ha vuelto un circo y sólo faltan los leones. Esto es un ‘no parar’: llamadas vía Zoom (otra de las aplicaciones que hoy echa humo), pruebas de tiro de cámara, quita este cuadro de aquí, probamos con este dibujo allí, pruebas de micro, ¡vamos a grabar!… De once a cinco la casa vive una efervescencia muy loca. Yo me paso el día grabando vídeos para unos y para otros, entrando en videollamadas, atendiendo chats, haciendo experimentos artísticos desde el confinamiento, grabando El grupo con Toni –cada una desde su casa–, haciendo más videollamadas con mis hermanas, con mi madre, con amigos…

Es increíble cómo, desde la excepcionalidad y la gravedad de la situación, el ser humano saca lo mejor de sí para superarla y para hacer más llevadero a todos los que están pasándolo verdaderamente mal. A mí eso me tiene fascinada.

Quiero creer que somos buenas personas, quiero creer que a pesar de estar cargándonos el planeta esto no es una venganza, ni un sketch (que yo soy muy dada a eso). Si el coronavirus ha venido a aleccionarnos, yo ya lo he aprendido. ¡Pero que se vaya ya, por favor!

Silvia Abril es actriz y humorista. Junto a Toni Acosta presenta El Grupo, el programa de las madrugadas del fin de semana de la SER. Está casada con Andreu Buenafuente, que también sigue grabando el programa Late Motiv desde su casa. Tienen una hija, Joana. Todos están bien.

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