La semana antes del encierro fue para mí trepidante. Empezaba el domingo en la Rheingau Gourmet & Wine Festival y una cena con Tristan Brandt con grandes vinos de Dönnhoff y los nuestros. Al día siguiente volaba temprano a Londres para encontrarme con Hugh Johnson. Había organizado una cata vertical de Molino Real en la tienda de vinos más bonita del mundo, la de Berry Bros. en St James Street. Johnson nos había inspirado mucho cuando nos lanzamos a redescubrir los vinos de Málaga a mediados de los 90. El gran gurú había escrito que el mejor vino que había bebido en su vida era un Málaga, un Mountain Wine de 1850 de la bodega del Duque de Wellington.

Al día siguiente tenía lugar la segunda edición de Viñateros, el salón de los pequeños viticultores españoles. Una armada de jóvenes excitados contaba vinos que nacían en viñedos históricos recuperados. Se estaba dibujando otra España. Quizá la que mejor explica nuestra vieja civilización agrícola. Fue como un vendaval. Los periodistas y compradores británicos no daban crédito. Todo esto contrastaba con lo que ellos habían conocido en los últimos 40 años en las catas de vinos españoles, donde comerciales de chaqueta ofertaban jereces y riojas corrientes de buena relación calidad-precio. Terminé la semana contando nuestros vinos en Miami. Volviendo a casa, se declaró el lockdown.

Después de más de 40 días de parón, pienso en esa semana y me da vértigo. En el campo estamos viviendo la crisis de forma muy rara: por un lado asustados con el mundo que se nos viene encima, por otro fascinados por el espectáculo de una primavera exultante. Hay más águilas que aviones. Jamás habíamos visto cielos azules tan limpios. La naturaleza nos manda un mensaje de vida muy alejado de lo que leemos en la prensa.

Esta primavera nadie me espera en ningún sitio y estoy donde tengo que estar. De repente tenemos tiempo para pensar en lo que hacemos y lo que nos gusta. Tiempo para leer, revisar la biblioteca donde descubrimos las láminas originales de Rojas Clemente y sus variedades de uva, los antiguos tratados de fabricación de vinos como los de Hidalgo Tablada, los clásicos franceses como Julien o Guyot que tan bien describen los mejores viñedos de Francia. Pasamos del siglo XIX al siglo XX y volvemos a aprender cómo se falsificaban los buenos vinos o cómo se usaba el cianuro. Disfrutamos de esas cosas tan lejanas pero que dan perspectiva.

Aparte de revisar los clásicos, es interesante volver a leer lo que se escribía en nuestro país hace apenas 30 años. Estudiar guías de vinos de entonces, incluso hojear las cartas de vinos de los grandes restaurantes. Nos damos cuenta de cuánto ha cambiado nuestro mundo del vino. Tan rápido que a los que escribían que había que arrancar las garnachas de nuestro país les ha dado tiempo a convertirse en los grandes defensores de esta variedad tan nuestra. Los que predicaban las bondades de las cepas francesas, hoy reivindican lo ‘autóctono’ y se muestran espantados con lo de fuera.

Ahora, encerrados, nos estamos dando cuenta que no hemos consumido bien. El consumidor siempre tiene la última palabra, construye o destruye. El bebedor culto abandonará las vacías marcas y, bebiendo bien, participará en la restauración de uno de los paisajes vitícolas más insólitos del mundo. El tren de los grandes vinos ha llegado.

Telmo Rodríguez es una de las referencias mundiales del vino español, propietario –junto a su socio Pablo Eguzkiza– de pequeños viñedos repartidos aquí y allá por buena parte de la península: La Rioja, Ourense, Alicante, Málaga, Burgos, Ávila…

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