Ahora que todo el mundo está pendiente de los resultados de las elecciones de EEUU, se hace difícil elegir por dónde comenzar a hablar de las malas relaciones de Trump –tanto como presidente, como ciudadano o como hombre de negocios– con la comida, porque los ejemplos son abundantes y demoledores.

Donald Trump obedece a los tópicos más negativos del ugly American, comenzando por su amor por la “comida basura –le gustan las hamburguesas con extra de queso, sin unos malos pepinillos que atenúen con un poco de agrio el sabor grasiento– y continuando por sus erráticos hábitos de consumo, que consistían en ayunar durante doce horas y romper el ayuno con un menú de casi 2.500 calorías del McDonald’s. Aunque, eso sí, durante toda la jornada bebía hasta doce latas de Coca-Cola light.

Esta afición por la comida rápida, según cuenta el escritor Michael Wolff en el libro Fuego y furia: En las entrañas de la Casa Blanca de Trump, es consecuencia del miedo del magnate a ser envenenado. Trump tampoco bebe alcohol, porque perdió a uno de sus hermanos a causa de complicaciones derivadas de su alcoholismo y, al parecer, éste le pidió en su lecho de muerte que no bebiera. Eso no le ha impedido, sin embargo, haber sido propietario de unas bodegas y de una marca de vodka.

Hoy en día, la Trump Winery, cerca de Charlottesville, Virginia, está, para evitarse conflictos de intereses, en manos de su hijo Eric. Sin embargo, el presidente suele seguir mencionando la bodega en sus visitas al estado, obviando ese dato. Peor suerte corrió su vodka. Presentado con el modestísimo eslogan de “el éxito, destilado”, y presentado en una hortera botella dorada, Trump aseveró que iba a batir en ventas a Grey Goose. Pero la empresa con la que se asoció para fabricar y distribuir su vodka no tenía la infraestructura necesaria para una gran producción. Y tampoco ayudaba que su prescriptor insignia no quisiera beber el producto en público, así que el vodka de Trump pasó a mejor vida.

Cuando Donald Trump logró la presidencia de Estados Unidos tras las elecciones de 2016, se vivió un súbito y renovado interés por esa bebida. Que, cuentan quienes saben, en realidad no era de mala calidad. Lo que hizo que se disparara el precio de las pocas botellas que había en eBay. Pero ése fue el poco glorioso final de la marca.

Sus negocios hosteleros

Ése no ha sido el único fracaso de Trump en materia gastronómica. Su brasería en la torre Trump neoyorquina fue calificado por la revista Vanity Fair como –agárrense– “el peor restaurante de América”. La crítica Tina Nguyen no ahorró los mamporros contra un establecimiento que calificó de hortera y quiero-y-no-puedo. LLegó a decir que su comida “no hace que lo de ‘Make America Great Again’ suene muy prometedor”.

Quizá debiera cerrarlo, tal y como hizo años atrás con uno de los bares tiki más queridos de Nueva York, el Trader Vic del Hotel Plaza. En 1989 Trump decidió que el bar y restaurante del Plaza debía reconvertirse en restaurante de comida japonesa, porque se había vuelto –agárrese otra vez el lector– “hortera”. Así que, ni corto ni perezoso, uno de los iconos de la comida y los cócteles pseudopolinesios, que muchos neoyorquinos apreciaban justamente por su encanto retro, se fue al cielo de los restaurantes.

Igualmente, tras ganar las elecciones de EEUU, Trump hizo desaparecer también el huerto que Michelle Obama había presentado a bombo y platillo en los jardines de la Casa Blanca. La cruzada de la ex- primera dama por cambiar la dieta de sus compatriotas, a fin de hacerla más sana y que incluyera más verduras, pasó a la historia.

Los intereses de Trump parecen situarlo más cerca del big food –la gran industria agroalimentaria– que del kilómetro cero. Aunque alguna de sus políticas, como la del proteccionismo a los productos yanquis, han provocado ya consecuencias poco agradables para los productores del país. El ejemplo más flagrante son los aranceles sobre el bourbon, que han escalado hasta un 35% en la Unión Europea. Aunque el consumidor todavía no los note demasiado, por el acopio que hicieron las grandes distribuidoras ante la perspectiva de una subida, después de que Trump anunciara su política arancelaria.

Pero todas estas historias son quizás la dimensión más anecdótica de la mala relación de Trump con la gastronomía, que tiene todavía aspectos más oscuros y que están en total sintonía con quién es él como persona y cómo es su administración como forma de gobernar una de las potencias mundiales. Los negocios de Trump incluyen varios hoteles y campos de golf. Y un grupo de ciudadanos de Washington presentó una petición a la junta que concede las licencias para dispensar alcohol, para que revocara las de Donald Trump en ese estado. La razón es que las normas que regulan la concesión de estas licencias exigen que la persona a la que se conceden demuestre “buen carácter”.

Los firmantes de la petición argumentan que el sinfín de batallas legales en las que se encuentra inmerso Trump desmienten dicho buen carácter. Algo que cuenta conprecedentes, aunque pocos. Aunque la petición fue desestimada, en primera instancia, lo cierto es que sus impulsores ya han declarado que intentarán volver a insistir para que la licencia se revoque. No es una simple batalla moral, puesto que la venta de alcohol es una de las principales fuentes de ingresos de cualquier empresa de hostelería. Y en las de Trump, además, hay numerosos empleados de origen extranjero, muchos de los cuales cuentan con visados temporales –que el Trump presidente tiene poca, o ninguna, voluntad de hacer permanentes.

Se estima que dos millones de trabajadores del sector de la restauración en los Estados Unidos son inmigrantes ilegales, porque el trabajo en locales de comida y bebida  ha sido –en cualquiera de los periodos de la historia– una de las puertas de entrada al mercado laboral de la mano de obra sin papeles o cualificación. No se entiende la historia de la gastronomía estadounidense sin los deli judios, los grandes restaurantes de maître francés, las pizzas en versión italoamericana, los hotdogs y las hamburguesas de origen alemán… América tiene el estómago mestizo.

José Andrés, el enemigo de Donald Trump

Todo lo anterior lo sabe bien José Andrés, nacido en Mieres (Asturias), pero afincado en Estados Unidos desde hace un cuarto de siglo, y ciudadano estadounidense desde 2013. Andrés se ha convertido, algo accidentalmente, en la némesis de Donald Trump. Todo comienza cuando el cocinero rompe el contrato que tenía con Trump para establecer un restaurante en uno de sus hoteles. Lo hizo después de que Trump calificara a los mexicanos de “criminales y violadores”. El  “amor” es mutuo: la marca de mezcal ilegal llevó a cabo una exitosa campaña con el lema “Donald, eres un pendejo” para protestar por la reforma migratoria de la administración Trump.

Aunque la disputa entre Trump y José Andrés, tras demandas y peticiones de resarcimiento cruzadas, pareció cerrarse al año siguiente con un acuerdo amistoso, lo cierto es que, sin prisa pero sin pausa, el chef ha ido poniendo sistemáticamente el dedo en la llaga en los no pocos defectos y actitudes de Trump.

Andrés, que recibió la Medalla de Humanidades de manos del presidente Obama, declaró que invitaría a comer en sus restaurantes a los galardonados con los premios a la “prensa deshonesta y corrupta”. Galardones que Trump instituyó en su particular cruzada contra el periodismo. Pero Andrés también ha cuestionado a Trump de modos más elegantes. Como por ejemplo su labor humanitaria en la distribución de comidas de campaña a los afectados por el huracán María en Puerto Rico.

Tres millones de servicios cocinados in situ por el chef, que sirvieron para aliviar en parte la dejadez del gobierno federal. Y que pusieron en evidencia las mentiras de Trump, quién sostenía que el fenómeno sólo había acabado con sesenta y cuatro vidas. Una vez más, un desprecio a la verdad que deja un malo, terrible sabor de boca. El sabor Trump, que podría permanecer cuatro años años más en los paladares de los norteamericanos, y del mundo entero, sin se alza con la victoria en estas elecciones de EEUU.

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 23, mayo 2017 y escrito por Mar Calpena.
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