El verano siempre sabe a infancia, a buñuelos, arroz, aguacates y helados (mejor dos). Para Daniel Grao (Sabadell, 1976) esos sabores además marcan su eje vital: el plato favorito de su abuela, el de su padre y también los de sus hijos. Y el actor los evoca para Tapas en sus pequeñas –y merecidas– vacaciones porque, al acabar la cuarentena, el equipo de la serie que estaba rodando tuvo que concentrar en apenas un mes de trabajo el resto de la temporada.

En HIT, ficción creada por Joaquín Oristrell, interpreta al profesor Hugo Ibarra Toledo y su acción se desarrolla en un centro educativo con problemas de convivencia. Pero además, este otoño –si los virus lo permiten–, también le espera el estreno teatral de La máquina de Turing, dirigido por Claudio Tolcachir, y la película El año de la furia, de Rafa Russo.

Últimamente te hemos visto en papeles muy dramáticos y en situaciones complicadas (Gigantes, Perdida…). Qué interesante ponerte en esas pieles… pero qué difícil.

Este trabajo tiene un poco eso, que te invita a aprender un montón de cosas a las que tal vez en tu vida normal no te acercarías si no es por un personaje. Y eso es maravilloso. Sin embargo, creo que hay un núcleo esencial, que es lo que tú le otorgas al personaje y que está en ti, al menos si no lo censuras. Todos amamos y odiamos… Las emociones primarias están en ti y, para abordar cualquier papel, sólo tienes que tener el coraje de no juzgarlas. No decir: ‘yo de eso no tengo porque soy bueno’… sino atreverte a preguntarte ¿qué hay de mí en ese personaje?

Hermano mayor

Y en ‘HIT’, ¿qué has descubierto?

Otro aspecto de nuestro trabajo tiene que ver también con una pequeña formación sobre lo que estás contando. Por ejemplo, en HIT hay una inmersión en la educación –algo que, como soy padre, no me pilla tan lejos–, pero más allá de la parte académica, mi personaje es casi un terapeuta. Con lo que tuve que abordar algunas cosas relacionadas con líneas terapéuticas o de psicología, porque de alguna manera están en esta ficción.

Digamos que mi personaje casi funciona como un “hermano mayor”. Porque donde pone la lupa esta serie es en que, si estas personas tienen problemas de comportamiento tan graves, normalmente se debe a algún tema emocional y familiar, hay un dolor o un pequeño trauma que hay que intentar sanar. Y en la serie, aunque me enfrento a unos bicharracos con problemáticas distintas, mi personaje tiene también una parte juguetona y luminosa, incluso infantil a veces. Tiene muchas capas.

Daniel Grao y sus compañeros de reparto en la serie ‘HIT’.

Como padre, parte de tu misión educadora pasará seguramente por la alimentación. ¿Con tus hijos, has cambiado tu manera de entender la cocina?

Yo creo que siempre he tenido una alimentación bastante equilibrada y variada y en casa lo hemos hecho extensible. Con mi hijo mayor, por ejemplo, tengo que tener un poquito más de cuidado con el tema de los dulces porque si fuera por él los comería a todas horas; pero el pequeño en cambio es un caso particular –y para mí es como un abuelo–, porque a media tarde lo que me pide es un aguacate con ajo, aceite y sal o una tostadita con anchoa, cosas así… Pero comemos de todo.

¿Y qué tal te apañas en la cocina?

Pues me cuesta improvisar. Admiro mucho a esa gente que dice ‘a ver qué tengo’ y con lo que pillan hacen cosas muy ricas, como mi pareja. A mí me cuesta más, pero tengo algún plato que se me da bastante bien, como un arroz meloso con marisco. Y mis hijos son fans de mi tortilla de patatas.

Últimamente has rodado mucho, en España, Colombia, Uruguay… ¿Qué tal se come en el set?

Hay de todo, y depende del catering, pero entiendo lo difícil que es dar de comer a mucha gente. Sin embargo, me han tocado algunos caterings muy buenos, como el de Valencia durante el rodaje de Perdida, que era de comida muy sencilla pero buenísima, como hecha con amor y con gusto. O en Colombia, donde a base de empezar jornadas de madrugada me acostumbré por primera vez a desayunar fuerte.

¿Y qué es lo más raro que te has tenido que comer?

Pues también en la serie Perdida hay una secuencia realmente asquerosa, en la que mi personaje se dispone a comer un plato de arroz lleno de gusanos. Y cuando estábamos viendo cómo hacerla, el director me dijo con toda naturalidad: “Tranquilo, que son comestibles…”.

Ese sí que es un gaje del oficio. Pero no el único. También te piden engordar o adelgazar para un papel, ¿no?

Yo tengo mucha suerte, porque mi metabolismo me permite comer mucho y de todo, que me encanta, y mi tendencia desde hace años es mantenerme en mi peso. Así que, si necesito bajar unos kilos, no me cuesta tanto, y en ese caso lo que procuro es tener cuidado en las cenas, más que con la cantidad con el tipo de alimentación, evitando dulces o hidratos. Pero engordar es otra cosa… ahí sí me cuesta, y si el personaje requiere que esté más grande, además tengo que ir al gimnasio.

¿Dónde comemos?

Pronto también te embarcarás en una gira de teatro. ¿Eres de los que traza una ruta gastro en paralelo?

Es que las giras de teatro son básicamente eso: ‘a ver dónde vamos a comer’. Ahora estoy preparando la obra que estrenamos en octubre en Teatros del Canal, en Madrid, pero el preestreno normalmente suele ser en Avilés, un maravilloso sitio para comer bien.

¿Y tienes alguna rutina especial relacionada con la comida antes de subir a escena o rodar?

En los rodajes, a mí me gustan mucho las jornadas en las que empiezas pronto y haces todo casi de tirón para irte a comer a casa. Pero eso no es algo que se pueda elegir. Así que, si hay parada para comer, por norma general intento comer un poco ligero. Sobre todo si después tengo alguna escena, no sólo física, sino con alguna intensidad emocional… si he comido mucho me es más difícil entrar ahí. Y si hago teatro, la cena no me la salto. Un buen japo y un gin fizz después del trabajo es una maravilla. 

Entrevista publicada originariamente en TAPAS nº 56 (septiembre 2020). Puedes comprar números antiguos de la revista en nuestra tienda.

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