Hay que rebobinar casi tres meses para situarnos. Raúl Arévalo (Móstoles, 1979) estaba a dos días del estreno de Traición, de Harold Pinter, en el teatro Kamikaze de Madrid cuando se declaró el estado de alarma. Y todo se detuvo. Habrá que ver cuándo se estrenan este proyecto y otros: la película Los europeos, de Víctor García León; Black Beach, dirigida por Esteban Crespo para Netflix o la serie de Movistar+ Antidisturbios, en la que se puso a las órdenes de Rodrigo Sorogoyen. Mientras, él sigue trabajando en el guion del que será su segundo largometraje como director, desde que firmara la sorprendente Tarde para la ira.

Y en estos casi tres meses, la gente ha hablado de crisis, pero también de comida y de bares…

Tus padres tuvieron un bar, y cuando rodaste tu película contabas lo difícil que te resultó encontrar uno auténtico, de los de antes…
Me costó porque los bares de extrarradio, como aquellos que yo conocía, hoy están todos reformados. Creo que los bares tienen algo de nuestra identidad y nuestras raíces que a mí me gusta. Por contra, y seguramente como efecto de la globalización, a veces vas a un bar y no sabes si estás en París, Berlín o Madrid. Los bares antiguos tiene algo de ese encanto cañí que ya es difícil encontrar.

Y los conoces bien, te criaste en uno.
Sí, y he trabajado en un bar, en mi familia todos son hosteleros. Pero, como actor, creo que algo de lo que soy tiene que ver con haberme criado en un bar.

Una buena escuela, la barra.
Últimamente he pensado en eso. Al escribir un guion, sin decir que lo haga bien, sé manejar los diálogos, pero esto no tiene que ver con ser actor, sino más bien con haber estado acostumbrado desde niño a escuchar tantas conversaciones de gente diferente. De ahí que los giros, los chascarrillos, la forma de hablar de la gente, lo tenga muy incorporado. Así que si tengo que escribir un diálogo de gente de bar, de barrio o de pueblo, española y castiza, me sale muy natural. Y eso se lo debo al bar.

Y como actor, ¿cómo abordas tu trabajo?
No sabría explicar cómo lo hago. Racionalmente tienes un punto de partida claro, quién es el personaje y qué es lo que quiere hacer el director con él. Pero con respecto a lo que yo aporto… muchas veces ni lo pienso.

Dicho esto, cada vez estoy más convencido de esa frase que yo escuchaba en la escuela, que un actor necesita vivir, porque la experiencia es tu herramienta. La vida, los fracasos, los sufrimientos, el desamor… son cosas que de algún modo se notan en la mirada, en la voz. Y cuantos más años cumplo más sé de algunos sentimientos.

Por ejemplo, no es lo mismo haber pasado una depresión al interpretarla que hacer lo que te han contado. Pero es muy terapéutico. Lo bonito de ser actor es que te permite sacar de una forma sana cosas que a lo mejor no sacarías en tu vida real.

¿Y después, te despegas fácil de esas emociones?
Yo siempre he sido de los que decía que eso de llevarte el trabajo a casa no iba conmigo. Pero con los años también tengo que decir que determinados trabajos –no siempre y nunca sabes cuál– sí me afectan un poco más.

Por ejemplo, en mi última serie hago de antidisturbios y, como el director quería mucho realismo, nos llevábamos hostias por todas partes. Cuando te tiras seis meses, doce horas al día, haciendo eso, con gente que, cuando te escupe, te escupe, y cuando te empuja, también, muchos días llegaba con un cuerpo bastante malrollero

Estás viviendo un momento muy dulce, y para muchos actores el panorama no es fácil… ¿te sientes afortunado?
Hay una frase, que no sé si dijo Bardem, que decía que en la profesión de actor hay que procurar no caer en el rencor cuando no trabajas pero tampoco sentirte culpable cuando trabajas mucho. Y ahí te tienes que mover.

Yo me siento afortunado, pero no es una frase hecha, sino porque tengo un montón de amigos actores que no llegan a fin de mes. Y se me cae el alma a los pies. Y en ésas, me viene otra frase de mi madre: «Hijo, ahorra para cuando vengan las vacas flacas…», porque en esta profesión todo sube y baja.

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