Su ceja levantada es tan característica como el tono literario y evocador de sus piezas de cultura para los telediarios de Televisión Española, o esas imágenes que los cámaras han sabido descifrar para permitirse licencias artísticas –inusuales en otro tipo de noticias– para acompañar sus informaciones. Autor, también, de tres libros –el libro de relatos La vida a veces (Espasa, 2013), y las novelas El año sin verano (Espasa, 2015) y Confabulación (Espasa, 2017)–, Carlos del Amor (Murcia, 1974) es uno de esos periodistas que consiguen transmitir al espectador toda la emoción que oculta una noticia.

Empezaste en el centro territorial de Televisión Española en Murcia. ¿Ya eras conocido por el tipo de piezas que emitías entonces?

Sí, de todo tipo: de deportes, de cultura, incluso de política… Vine muy joven a Madrid para estudiar Periodismo a Madrid, pero regresé a Murcia y allí me terminé incorporando al centro territorial cuatro años. Lo dejé cuando me llamaron de Madrid para trabajar aquí. En Murcia hacía bastantes piezas para La 2 Noticias, que editaba Fran Llorente. Cuando le nombran director de informativos hay un hueco en la sección de cultura y se acuerda de que en Murcia hay uno que hace piezas raras. Y en todos estos años no me he movido de este edificio [el Pirulí].Tus piezas son muy características.

¿Tenías algún referente periodístico en mente?

Yo no tengo nada que sea especialmente característico. Cada uno tiene su propio estilo y cada uno hace las cosas a su manera. Los temas de cultura te permiten jugar con el lenguaje audiovisual. Aunque yo estoy a favor de que se experimente en todas las áreas, esta es, en concreto, la que más licencias te permite.

Pero no se trata sólo de que tengas una forma peculiar de decir las cosas, como podrían tenerla Felipe Mellizo, Andrés Aberasturi o Joaquín Arozamena. Es que tus piezas tienen “puesta en escena”…

¡La televisión es una puesta en escena! La televisión es imagen, lo primero, y eso nunca lo he olvidado. Nos ven a la hora de comer o cenar y puede que no nos presten especial atención. Pero yo cuento con que sí y procuro cuidar mucho los detalles. Quiero que todo sea, de principio a final, sin fallo y sin ningún tipo de nota discordante. Cada pieza es un pequeño producto pensado para el telespectador, para que cuando levante la cabeza lo pueda apreciar o criticar. Lo que hago es contar las cosas como a mi me gustaría que me las contaran, porque se corre el riesgo de que vayamos diez periodistas y todos contemos la “nota de prensa” oficial.

En la facultad enseñan lo del “¿Qué?”, “Quién?”, “¿Cómo?”, “¿Dónde?”, etc. ¡Pero eso se cuenta en una línea! A mí, lo de “esta mañana se ha inaugurado en el museo Thyssen la exposición dedicada a Monet” no me sale contarlo así. A mi me sale: “Monet quiso pintar el aire. ¿Y cómo se pinta el aire?”… Tirar de ese hilo es lo que a mi me interesa para contar todo el universo de Monet. Yo tengo un minuto y poco para contar la noticia; no tengo dos hojas de periódico para hacer mi tesis doctoral. En ese minuto y poco tengo que aprovechar cada segundo para contar lo que quiero contar y que la música encaje y que todo encaje.

¿Vas siempre con el mismo cámara?

No. Varía mucho, aunque los de producción procuran ajustar el equipo que va a cubrir una noticia. No es lo mismo grabar una exposición que una rueda de prensa política. Dicho esto, sí hay cámaras con los que suelo coincidir con frecuencia y nos entendemos muy bien: sin que les pidas nada, ya han tomado, por su cuenta, un tipo concreto de imágenes…

Al cámara casi nunca se le ve, pero también es un profesional. Y los espectadores no sabemos si lo que hace es lo que él quiere o si está siendo dirigido por el presentador o locutor…

Es un trabajo a medias. El cámara aporta sus planos y te suma. En otras ocasiones yo puedo tener en la mente un tipo de plano que voy a pedirle, como, por ejemplo, un plano muy cercano de los ojos de un actor, o un desenfoque determinado… Los dos aportamos y en montaje o post-producción se termina de producir el trabajo de equipo, con las ideas que les surgen a esos otros profesionales. La suma de todo es lo que se ve. Porque cuando yo voy a un sitio, no tengo ninguna idea predeterminada. ¡Jamás! En el sitio surgen. Por eso hay que ir a los sitios. Para hacer, por ejemplo, de un defecto una virtud, como esas exposiciones de fotografía en las que cometen el error de enmarcar las fotos con cristal y todas las imágenes salen con reflejos. Tenemos que procurar que esos reflejos sean nuestro aliado.

Lo curioso es que, dado tu uso del lenguaje visual, tu expresión personal vaya por la escritura –has publicado tres libros– y no por el video arte o el cine experimental…

Algún loco me lo ha dicho (risas): ”¿No has pensado hacer algún corto?”. Lo que yo hago en los informativos es muy sencillo: contar lo que has ido a ver. De ahí al video arte o al cine hay un trecho largo.
Pero yo soy un escritor accidental, “invitado”. Tengo tres libros, pero surgió sin buscarlo: estaba en Japón y recibí un correo electrónico en el que una editorial me decía que le gustaba mi forma de escribir y expresarme y quería saber si tenía algo escrito. Les comenté que tenía sólo relatos y eso fue lo que me publicaron inicialmente. Luego llegó una novela y una segunda novela. Formar parte de ese oficio, en el que yo soy un simple invitado, es maravilloso. Y tienes mucho feedback de los lectores, que es algo estupendo. De todas formas, no sé si voy a seguir y si va a haber un cuarto libro…

¿Echas de menos los productos de la huerta murciana viviendo en Madrid?

Lo bueno de la globalización es que los tomates de allí están aquí, y eso está bien. Echo de menos muchas cosas de Murcia y la comida es una: en Madrid es difícil encontrar una “marinera”, que es la rosquilla con ensaladilla y la anchoa encima. Los productos de
la huerta son los productos de la huerta, y son para presumir. El que no los haya probado, que vaya…

FOTOGRAFÍA: PATRICIA GARCINUÑO

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