©Jaime Partearroyo

Fue una de las principales cronistas parlamentarias de la Transición, y de eso habla en Los años que amamos locamente, un retrato autobiográfico de los setenta editado por Plaza y Janés que saldrá en Navidades.Se la jugó abandonando la seriedad del parlamento por los cascabeles de la prensa rosa, donde se convirtió en una de las firmas máspremiadas. Es autora de diez libros y sigue escribiendo todas las semanas una columna política. Sus opiniones son contundentes: la crisis no ha acabado de ninguna manera, hoy somos menos libres que ayer, y la prensa se ha convertido, mayormente, en una guerra de trincheras dominada por los partidos. Queda mucho por hacer.

Usted vivió la Transición como cronista parlamentaria. ¿Cree que hay ahora un clima similar y que merece las críticas tan duras que se están haciendo?
Todo es mejorable, pero es que veníamos de una dictadura férrea de 40 años y no de 40 años de democracia como ahora. Entonces existía una extrema derecha muy fuerte que se oponía a cualquier avance, y se tomaron decisiones muy difíciles como la legalización del Partido Comunista o la renuncia del propio régimen a seguir en el poder. Poner en el mismo plano los dos momentos históricos, el de antes y el de ahora, y criticar con tanta dureza lo que se hizo entonces es ignorancia. Por cierto, me pareció fatal que al Rey emérito, después de todo lo que hizo, no le dejaran participar este año en el aniversario de nuestra democracia.

Ya que menciona al Rey emérito, ¿qué piensa de la Reina Letizia?
Es una mujer con ambición que lo está haciendo muy bien, que se ha atrevido a contestar a su suegro cuando ha hecho falta y que le ha dado a su marido una sensibilidad y un conocimiento de la sociedad que no tenía más allá de sus diez amigos privilegiados de siempre. Además, ha renunciado a una vida de libertad por amor… ¿y aun así no nos gusta? ¿Qué queríamos? ¿A una niña guapita que no hubiera hecho nada en su vida, que no supiera lo que es un divorcio, pagar una hipoteca y vivir en un barrio de clase media? ¿A una mujer que aguantase todo lo que aguantó la madre del rey actual sin comerse vivo a su marido?

¿Cree que hoy somos menos libres que al inicio de la democracia?
Somos menos libres y la prensa de hoy, simplemente, es una prensa de trincheras, que no distingue entre la información y la opinión, donde muchos profesionales tienen que estar al servicio de los principales partidos. En los setenta, los periodistas se jugaban la vida y la cárcel por discrepar del poder. Ahora muchos buscan la bendición del gobierno local, autonómico o central de turno y estos les dan licencia para decir lo que quieran, especialmente en las redes sociales.

Dicen que las redes sociales son más agresivas con las mujeres asertivas y también que en los medios se discrimina especialmente a la mujer.
A mí, cuando me insultan en Twitter, es porque he comentado algo que no les ha gustado en la televisión. No creo que ni a mí ni a Julia Otero o Ana Pastor nos ataquen por ser mujeres, sino porque discrepan de nosotras. Yo me considero feminista, pero en mi profesión, si no alcanzamos ahora cargos de máxima responsabilidad en las redacciones, no es por discriminación. Es porque o nos falta ambición o porque este oficio exige las 24 horas del día y resulta muy difícil compatibilizarlo con la vida familiar. Yo estudié con beca y empecé a trabajar a los 16 años embuchando sobres. En mi generación, muchas de las mujeres periodistas –no sólo yo, sino también Rosa Montero, Maruja Torres y muchas otras – sacrificamos muy gustosamente la posibilidad de ser madres para dedicar ese tiempo a nuestro trabajo. ¿Cuántas chicas jóvenes están dispuestas a hacer lo mismo?

¿Por qué dejaste la crónica parlamentaria por la prensa rosa?
Porque en los años ochenta los políticos y los periodistas estábamos tan mezclados –comíamos, desayunábamos, tomábamos café y también copas– que era imposible tener perspectiva. Me fui a la información general, a recorrer las autonomías, y al final acabé en la prensa del corazón. Empecé por casualidad, y no sólo descubrí que me gustaba, sino que me sentía mucho más libre que cuando me dedicaba a la información política. Los políticos, especialmente si te conocen, te montan cristos cuando los criticas o, peor aún, llaman a tus jefes. Los protagonistas del corazón, sin embargo, comprenden su papel y asumen las críticas con toda normalidad. Hablo de críticas, no de insultos.

Pues da la impresión de que la política cada vez se parece más a la prensa rosa.
Hay que matizar. La vida privada de los políticos interesa poquísimo y, en concreto, sus escarceos y aventuras sexuales. Somos el país más liberal con los políticos de cintura para abajo. Es verdad que la prensa digital suele abusar de los titulares más escandalosos para conseguir audiencia: se aprovechan de que los españoles en internet sólo leemos los titulares. En cuanto a los programas de televisión, las tertulias políticas son una versión de lo que fue Tómbola para la prensa del corazón, es decir, un formato donde los tertulianos se agrupan en bloques y discuten a muerte. Esos bloques están divididos por partidos políticos y, cuando un periodista no se alinea claramente con un partido, o no encuentra trabajo o lo pierde.

Aquí las empresas informativas también tienen algo que decir…
Los medios en general exigen que las crónicas parlamentarias reflejen los ataques de unos políticos a otros; les piden bronca, no análisis en profundidad. Esto se traslada a una sociedad muy polarizada que no ha superado, digan lo que digan, la crisis. Millones de personas viven aún en la precariedad y el desempleo.