Calado hasta los huesos es como se queda uno cuando termina de leer cada uno de sus libros o cuando asiste a la tristeza que ha coloreado su vida a lo largo de 84 años. Una vida de lluvias eternas para la que sólo parece estar preparada ella, Joan Didion, la mujer de dimensiones diminutas y mirada alucinada, aspecto frágil y consumido, que hoy en día sigue cargando a sus espaldas con la responsabilidad de haber sido la artífice de crónicas de estilo caótico, oscuro, neurótico, con cierto aire de ciencia ficción y deliciosamente narcisistas que a tantas generaciones han marcado.

La mujer que nació en Sacramento (California, Estados Unidos) pero se crió allá donde el trabajo de su padre como miembro del Ejército del Aire de Estados Unidos decidiera dar sus frutos, creció cultivando, a partes iguales, dos de los rasgos más representativos de su personalidad: mitad perfección, mitad inseguridad.

Así es Joan y así lo empezamos a entender en el momento en el que ella misma se ve confesando en numerosas entrevistas que todo empezó a la edad de cinco años: “Empecé a escribir cuando mi madre me regaló un cuaderno para que apuntara mis pensamientos. Me inventaba historias increíbles. Después, hice de ese infantil gesto mi profesión, pero reconozco que durante muchos periodos he sentido que la escritura, al final, era un acto irrelevante”, afirmación que deja entrever la poca estima que siempre se ha tenido, ya que, a día de hoy, es una de las escritoras norteamericanas más importantes y de mayor influencia dentro y fuera de las fronteras de su país.

Sólo un alma tan contradictoria como la suya podría hacer coincidir en una misma frase la necesidad de escribir más novelas para alcanzar la excelencia con sentir que hay que tomárselo con calma “porque aún queda tiempo, a pesar de mis casi 85 años de vida”, y que el resultado deje la miel en los labios en lugar de parecer la demencia propia de una señora de su edad.

Sin duda, su genio sigue vivo y su olfato como periodista y escritora no han abandonado sus carnes, aunque la vida, tal vez la muerte, le haya hecho enfrentarse a situaciones tan difíciles como las que la aclamada escritora ya lleva en su historial. Dos muertes en un intervalo de dos años son sólo una de las razones que han hecho de Joan una mujer aparentamente sumida en la infelicidad, casi, de forma permanente.

La desaparición de su marido Jon y de su hija Quintana dejaron a Joan expuesta a sus mayores miedos: la duda constante de haber llevado o no una vida plena, la creencia de no haber estado a la altura del matriarcado de su casa y la posibilidad de no haber hecho inmensamente dichosas a todas las personas por las que ha pasado a lo largo de su existencia.

Comida para 40

Escribir desde el corazón rozando la línea del desnudo emocional no es la única faceta de Joan Didion. También, y en contra de su propio pensamiento, ha sido y es una anfitriona de las que muy probablemente ya no queden. Hacer feliz a su gente es una de las medallas que esta octogenaria chic, como los amantes de la moda y la cultura podrían definirla, bien podría colgarse al cuello; siempre y cuando le dejara espacio la Medalla Nacional de las Artes y Humanidades con la que fue condecorada en 2013, por el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Porque si algo genera esta mujer de gesto triste es el sentimiento de admiración. Tal y como demuestra la ristra de nombres de celebridades que pasaron por su casa de Malibú, después en Nueva York, para formar parte de las numerosas fiestas y comidas de las que ella y su familia eran simpatizantes.

Si algo ponía de buen humor a la escritora era ser creativa fuera de las teclas de una máquina de escribir y dentro de una cocina. La misma mujer que empezaba su rutina diaria con un desayuno no apto para nutricionistas –una lata fría de Coca-Cola, siempre muy fría, y un puñado de almendras saladas, que su madre le mandaba por Navidad y que ella estiraba durante un año, eran el complemento perfecto a sus gafas de sol y pitillo mañanero–, disfrutaba anudándose el delantal para servir el mejor pollo asado con pimientos amarillos y patatas para Patti Smith, jamón al horno con mostaza para un serio Richard Roth, ensalada para 40 personas y algún que otro snack para un joven y, en aquel momento responsable de la carpintería de su casa de Malibú, Harrison Ford, quien llegó a decir de Joan que su atractivo radicaba en su inseguridad vital, misteriosamente para nada reflejada en sus elaboraciones culinarias.

Dominaba, claro está, el noble arte de dar bien de comer a sus invitados, de saber adornar una mesa con productos cocinados a base de salsas y guarniciones, mezclas coloridas y olores sabrosos de un horno que nunca dejó de funcionar, muy especialmente en Pascua, la festividad preferida de Didion y la que más veces se celebró tanto en su casa de la playa como en su apartamento neoyorquino.

Todo eran sonrisas en aquellas largas sobremesas creadas con buena gente, donde las anécdotas sobre sus hábitos alimenticios nunca dejaban de sucederse. Lo recuerdan amigos en el documental Joan Didion: El centro cederá (2017) para Netflix, homenaje de Griffin Dunne, sobrino de Joan, a su tía: “Joan y Jon, Jon y Joan. Cada uno hacía lo suyo cada mañana. Uno desayunaba algo rápido y llevaba a la niña al colegio, mientras la otra bajaba a desayunar silenciosa, con unas gafas de sol y sin decir una palabra. No hablaba con nadie, sólo se sentaba, abría una lata de almendras saladas que mandaba su madre cada fin de año y tomaba una Coca-Cola fría, siempre muy fría. Había que cuidarse de no beberse la última. ¡Era capaz de montar un numerito si no quedaba!”.

La inspiración al congelador

Mujer de contrastes, puede que hasta de ideas claras, aunque no siempre el tiempo apuntaba bien con su cerilla. Pero ella, resolutiva y calmada, tenía trucos infalibles, todavía sin explciación para el común de los mortales, para recuperar la inspiración cuando una novela decidía no continuar su argumento.

Si el neurotismo de la lata fría, siempre muy fría, de su bebida preferida arrancaba las carcajadas en aquellas reuniones, saber que embolsaba y congelaba sus manuscritos en el congelador cuando perdía de vista la inspiración, esperando encontrarla tras varios días de convivencia entre tuppers y helados, dejaba a toda una mesa ojiplática, a medias entre la incredulidad y el respeto más absoluto.

Y si algo podemos afirmar en el momento en el que se está tecleando este artículo es que sus extrañas artimañas en materia de inspiración dieron sus frutos. Prueba de ello son los más de 20 libros que componen la biografía profesional de esta autora; todos ellos de diferente temática y de distintas apuestas sentimentales en cada uno de ellos. Una fuerte implicación del lado más profundo de Joan Didion es el hilo conductor de cada uno de sus escritos, dejando entrever el requisito indispensable en la tarea del escritor: “Una novela es como un aviso. Si cuentas una historia y la resuelves bien, puedes evitar que eso te pase. Para ello tienes que ser muy observador, porque si observas algo bien, nunca te dolerá. Esto es lo único que sé sobre el dolor y sobre escribir. Metafóricamente se puede equiparar al ataque de una serpiente. Si no la pierdes de vista, no te atacará. Esto ocurre con el dolor; y es lo mismo que ocurre con la novela: si no pierdes de vista el enfoque que quieres darle, nada saldrá mal”.

Sopa de arroz

Un aficionado a las frases célebres de gente famosa se agarraría con soltura a cada una de las palabras de Joan Didion. No sería de extrañar. Una larga experiencia y una vida no apetecible en la mayoría de ocasiones deben, de alguna manera, otorgar el poder de hablar con sentencia moral sin miedo a equivocarse y sin opción a réplicas. “Cuando murió mi tío nos vi a mi tía y a mí frente al armario sabiendo que en algún momento habría que vaciarlo de su ropa. Un silencio después, me dijo “¿Y si vuelve?”. En aquel momento, cuando no había dado tiempo ni a empezar el duelo, todo era posible. No nos resultó descabellado a ninguno de los dos. Quien haya sufrido una pérdida lo entenderá”. Dos años más tarde, le llegó el turno a su hija. De quien dijo lo mismo, pero tampoco volvió.

Sólo quien se ve obligado a acostumbrarse a encajar una pérdida detrás de otra sabe a qué recurrir para soportarlo. Y, en el caso de Didion, el comienzo de curación estuvo en un puesto de comida en Chinatown. El barrio chino le empezó a dar lo que el maldito destino le había arrebatado: las ganas. A veces de seguir viviendo; otras, de seguir ganándose la vida.

Una sopa de arroz se convirtió en el sustento de vida de una mujer que, tras despedirse de Jon y, posteriormente, de Quintana, se movía por las calles con una preocupante falta de peso. 34 kilos y una piel convertida en pellejo mantuvieron en pie el nombre de Joan Didion. Y, para los más bucólicos y tranquilidad de sus seres queridos, algo nuevo y esperanzador estaba a punto de pasar: la última novela, hasta la fecha, de la escritora. Importante no sólo por el valor que uno tiene que incubar cuando las sonrisas dejan de formar parte de su ADN, sino por lo que un amasijo de letras, palabras, frases y páginas iba a suponer para ella: escupir el dolor que le generó la muerte de su hija y convertirlo en un homenaje a su pequeña de 39 años, en Blue Nights (HarperCollins, 2011).

Café Didion

Quizás una liberación sea el término que mejor defina esa novela. Y quizá lo sea si atendemos a una realidad aplastante en su vida: su manera de enfrentar sus miedos era escribiéndolos. Poniéndoles nombre. Dotándoles de vida y lanzándolos al público, a lo mejor, para pasar página y avanzar.

Por todos es sabido que el duelo es un lugar que no se conoce hasta que no lo visitamos; y que si queremos seguir vivos, tenemos que renunciar a los muertos, permitiendo que se conviertan en fotografías en la pared a las que mirar cuando la añoranza invada las entrañas. Eso hizo ella. Escribió y enterró, y de todo aquello nació una novela que permitió a Joan invertir todo su tiempo de trabajo en una ilusión: escribir obras de teatro.

Así, entre bambalinas y con una promesa sobre la mesa, la de aceptar la condición de ingerir algo más que una sopa de arroz al día a cambio de recibir ayuda para hacer realidad este nuevo sueño, Joan Didion vuelve a escribir en una pequeña cómoda situada detrás de un escenario, puede que para calarse de la magia y las voces que encierran los teatros.

Sus únicos compañeros eran los folios, los bolígrafos, una cafetera y cajas de vasos de plástico para que todos los que pasaran por allí pudieran servirse una taza de café caliente. Allí comía sándwiches y cruasanes de mermelada bajo la atenta mirada de quienes la querían sana. Ganó unos kilos y volvió a florecer. Se permitió bromear y encajar las bromas como la genial idea de poner sobre la mesa un cartel que diera nombre a lo que allí estaba pasando, el improvisado Café Didion. Su pequeño gesto de rebeldía cometido con la misma inocencia que un niño realiza una fechoría, porque, bajo el punto de vista de la timidez, eso es lo que fue: una mujer aniñada debido a su aspecto físico, que tuvo que hacer frente a los problemas de la gente mayor.

La olvidada feria de las vanidades

Adulta y castigada por el paso del tiempo, reconoce no ser creyente de lo increíble, pero sí de los logros humanos, como los suyos. Sus muertos la salvaron, al menos, sí literariamente, aunque desde 2003, su principio del fin, solo escriba desde el pánico y no desde la motivación con la que empezó su andadura en la profesión, un día de 1961, con un artículo sobre el amor propio para la edición americana de Vogue. Algo irónico para su actual autoestima. Ha pasado mucho tiempo desde entonces.

Tanto que ni su memoria es capaz de recordar los días adolescentes de paz mental donde una película de John Wayne prometiéndole a su enamorada una casa donde crecieran los álamos le pareciera el ideal de felicidad. Ya nada queda de eso. Ahora, si le preguntaramos por la manera más eficaz de ser feliz fuera de una cocina abarrotada de famosos sentados a una mesa compartiendo comida y anécdotas, nos diría que una buena manera de intentarlo sería darse cuenta de que la vida va en serio, y que nada tiene que ver con las promesas del séptimo arte.

Ella empezó a entender la vida cuando asistió a asesinatos y cubrió guerras, pero acabó por entenderla hace unos años. Entonces, se dio cuenta de que uno puede acabar cansándose de estar en la feria, porque tarde o temprano llegan las vanidades. La suya es no quedarle nadie a quien amar.

A nosotros sí. Nos queda una mujer que supo interpretar de forma soberbia el mundo que le tocó vivir; alguien que sigue con la mecha viva de la escritura, pero sin la vitalidad de esas mañanas de gafas de sol y pitillos de primera hora del día. Esa rutina ya se ha esfumado. Ahora es posible que Joan Didion esté dejando de teclear historias, observar serpientes o convertir miedos en novelas. El paso previo a que algún día sólo nos quede su eternidad en forma de libros que estén ahí, en la pared, como para ella están sus muertos, en fotografías a buena vista. El paso previo de recordar que las mañanas ya no son de Coca-Cola fría, siempre muy fría, y almendras saladas. Pero, ¿y si vuelven?