España, más cerca que nunca. Las circunstancias nos abocan a unas vacaciones de corto alcance que, contra pronóstico, podrán convertirse en inolvidables. Carretera y manta para redescubrir(nos). Ahora nos acordamos de que nos estaban esperando los paisajes más evocadores, las playas más interminables o las calas más recónditas, los pueblos que siempre tienen paciencia, los castillos de nuestra niñez o las llanuras que querríamos cabalgar si no hubiéramos cambiado el botijo por el aire acondicionado. Tiempo de siesta bajo un árbol. O de hacer chof en el río. Humedales, acantilados, desiertos, caminos hacia ninguna parte. Sin señalizar. Sin ruido. Sólo nosotros. De repente, el primer verano de nuestras vidas. Otra vez.

Galicia

Aunque nunca querríamos renunciar a O Grove, pongamos rumbo a Rías Altas, que las de abajo suelen estar imposibles: un lugar que se llama Cariño no puede tratar mal a nadie; al sur, la playita esmeralda de Fornos; al norte, el faro de Cabo Ortegal como hito del fin del mundo; al oeste, perseguimos la tortilla de Taberna do Puntal, en Cedeira, o el marisco de Casa Caneiro. Esperan los arenales grandiosos como Pantín para una jornada de surf, los acantilados de Herbeira, dignos de una serie de HBO, y los percebes (en la foto) de San Andrés de Teixido. Entre medias, las curvas serpenteantes que se recorren entre bosques… Galicia a lo bestia.

Cantabria

Recorremos la región de casona en casona, o de sobao en sobao, como se prefiera. Imposible no sucumbir a la paz del mundo pasiego: ni un alma y muchas vacas.
Como el valle de Liébana, al otro lado de los Picos de Europa, al que accedemos por el desfiladero de La Hermida para desmentir que Cantabria sea de paisajes dulces y amables. Ya si vemos algún urogallo será de premio. O un oso pardo, quién sabe.
Para trepadores, la Pared del Eco, el muro liso de Ramales de la Victoria. Para místicos, la ermita rupestre de Santa María de Valverde. Todo es silencio. Ah, y dejamos el cocido para cuando llegue el frío. Ahora mejor un atracón de anchoas.

Navarra

Las Bárdenas Reales, sin bajarse mucho del coche por lo que pueda quemar el paisaje, que no es Death Valley pero a veces se acerca. ¡Y ya quisiera Death Valley ser tan fotogénico como este desierto lunar!
Como imagen opuesta, la Selva de Irati. En otoño es otra cosa, pero qué más da si Irati no es de este mundo.

País Vasco

Querremos perdernos en los bosques encantados del Parque Natural de Gorbea y Urkiola, y si están envueltos en la niebla nos lo creeremos más. Para cualquier excursión en condiciones, un trozo de queso de Idiazábal siempre en el zurrón. Más bosques y para toda la familia, en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Y será por surf, que es práctica obligada en Sopelana, esa playa que los guays llaman “La Salvaje” (en la imagen). No nos dejamos la Rioja Alavesa, por si hay sed. Pero si eres de los que el vino te hace sudar demasiado, txakolí en vena, que el vasco es de campeonato.

La Rioja

El peso de la historia, en San Millán de la Cogolla, arriba y abajo; y del vino, en todo lo demás. Ya que estamos, hasta el peso de los dinosaurios, cuyas huellas no podrás dejar de seguir si tienes hijos pequeños.
La hora del vermut en Ezcaray, pueblo que nos gusta en cualquier estación (y con arcoíris). Más que nunca, la colorida nube que cada final de julio se eleva sobre los tejados de Peroblasco en su Fiesta del Humo.

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