La Selva Negra es el principal destino turístico paisajístico de Alemania (en ciudades, gana Berlín). Debe su nombre a la densidad de sus bosques, pero la zona puede presumir, también, del verdor de sus prados, sus cascadas y lagos, y los relojes de cuco (que son originales de la región). Y en invierno, además, puede presumir de pistas de esquí.

No son los Alpes, pero ni falta que le hace: no es casualidad que el primer club de esquí de Alemania, el SC Todtnau, se fundara en 1891, precisamente, en esa ciudad alemana situada a apenas diez kilómetros de la cumbre más elevada de la comarca. Son unos 1.493 metros de altura, pero su climatología continental permite que sus sesenta y tres kilómetros de pistas permanezcan nevadas durante cinco meses y sin las aglomeraciones de esquiadores que encontramos en los Alpes.

Más allá de las pistas

En el punto más alto del monte Feldberg se encuentra la Feldbergturm, o torre de Feldberg, una antigua torre de televisión que cayó en desuso y que fue rescatada de la ruina para convertirla en el mirador mas privilegiado de la región. En la primera de las once plantas se encuentra el Schinkenmuseum, el museo del jamón ahumado de la Selva Negra, una de las exquisiteces de una comarca que cuenta con una gastronomía única en el país germano.

La cercanía a Francia de la Selva Negra ha hecho que ahí surja una cocina muy peculiar, en la que se elaboran productos tan curiosos como el Spätzle (pasta, muy diferente a la italiana), el Apfelsaftschorle (zumo de manzana con agua mineral con gas), los guisos de venado o la inevitable Schwarzwälder Kirschtorte, la famosa tarta Selva Negra, que consiste en diversas capas de nata y bizcocho empapado en kirsch (licor de cerezas). Es tanta la producción del licor en la región que buena parte de las cerezas que se precisan para su elaboración se importan… ¡del valle del Jerte!