Pam-plo-na no es una ciudad. La ciudad se llama Pamplona. Si le pongo unos guiones en medio lo que estoy describiendo es a un tipo con la boca llena de Polvorones la Estepeña intentando pronunciar la capital de Navarra. Y yo estoy enfrente, con mi cárdigan nuevo de Dehen (Portland- Oregón 1920) lleno de migas, muerto de la risa.

No pasa nada, se sacude uno un poco y a seguir la vida. La risa es ese instante de pedo químico que por un segundo –afortunados los que consiguen un minuto– te recuerda que somos burbujas de jabón o polvo de estrellas, la cursilada que se te ocurra.

El día –¿o quizá fue de noche?– que nos fijamos en la expresión ‘A mandíbula batiente’, supimos que había que editar un número de humor y papeo. Me veo con ganas de sacar la idea de estas páginas, constreñidas por la encuadernación que todo lo sujeta y por el envejecimiento del papel –que el de Tapas envejece bien–, y que nos la llevemos a un escenario, que es donde los cómicos viajan a ninguna parte para poder comer, y nosotros les pagamos con migajitas y un aplauso de esos que llenan el alma.

Si coméis mientras lo estáis leyendo, ojito con atragantarse. No nos quedemos sin lectores, que ahora que los quioscos flojean, es lo que nos faltaba.

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