Hay algo maravilloso en El milagro de P. Tinto que enternece la historia de P. Tinto y su señora, Olivia Prieto (Silvia Casanova). Ambos, desde niños, siempre buscaron formar una familia numerosa, por lo que se encomiendan a San Nicolás López, el único miembro del santoral español que tiene apellido propio y que no obra los milagros cuando se le piden, sino cuando le da la gana.

«Ya sabe usted, San Nicolás, que hace setenta años que no le pido nada, pero es que empezamos a encontrarnos ya mayores y esta parece una oportunidad buena. Solo queremos un hijo, para educarle y para darle nuestro amor […] y si es posible, que le gusten las ranas», le pide P. Tinto (Luis Ciges) al santo.

Y el milagro se obra, pero a medias (tarde y mal). En lugar de un pequeño P. Tinto, llegan al hogar dos seres de baja estatura y calvos (el teniente Félix y José Ramón) que resultan ser dos extraterrestres que se aprovechan de la hospitalidad de Olivia, que además de ser ciega es muy tacaña. Con esta ‘virtud’ toma las riendas del hogar, estirando la economía doméstica, sobre todo con la llegada de estos dos personajes que el matrimonio acaba adoptando con resignación.

El teniente y José Ramón proceden de un planeta en el que la comida no es buena («porque no es buena»), motivo por el que la Tierra les parece pelotera-pelotera. Pero no todo el monte es orégano; los platos de Olivia son raquíticos, como sus albóndigas. Después de bendecir la mesa, Olivia distribuye los alimentos (una albóndiga para cada miembro de la mesa). José Ramón, estupefacto por lo que ve en la pequeña sartén, pregunta con sarcasmo: “Eh… Perdone, señora, ¿podría indicarme cuál es la albóndiga y cuál es el guisante? Es que soy daltónico”. Olivia no responde, solo resopla.

*Artículo de Enric Atienza publicado originalmente en el nº 44 de TAPAS. Si quieres conseguir números atrasados de la revista, pincha aquí. 

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