Una de las grandes claves del atractivo del cine de Pedro Almodóvar, sobre todo en la primera mitad de su obra, es el ingenioso acierto con el que combinaba sus raíces y referencias más autóctonas con la rabiosa modernidad kitsch y punk del Madrid de los primeros ochenta. Y en ese sentido, la cocina era uno de los campos donde mejor sabía el director manchego jugar con los elementos, tanto a la hora de plantear situaciones como para ‘aliñar’ una escena con algún plato o receta determinada.

Y de toda su obra, sin duda, no hay momento ‘gastro’ más memorable que el gazpacho de ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ (1988), probablemente su película más popular y sin duda una de las mejores comedias del cine español.

La película, además, está plagada de guiños cinematográficos, especialmente al cine de Alfred Hitchcock. Por ejemplo, esa bailarina en la ventana observada por su amante secreto languideciente. Y sobre todo, ese gazpacho que prepara Carmen Maura en los primeros minutos del metraje y que está presente durante toda la historia. No es difícil recordar con ello al maestro británico y aquel vaso de leche —prodigio de la iluminación cinematográfica— que paseaba Cary Grant escaleras arriba en Sospecha, claro que en el caso de la cinta española de Almodóvar, la tradicional sopa fría causa más estragos y resulta mucho más apetitosa.

La viveza de los colores de toda la película, las refrescantes escenas en la terraza y el detalle con el que está rodada la preparación del plato provocan el inevitable antojo de darle un buen sorbo a un jugoso vaso del gazpacho. Incluso con el ‘aliño especial’ de tranquilizantes que aporta la Maura en su papel más memorable.

 

*Artículo de Javier Márquez Sánchez publicado originalmente en el nº 32 de TAPAS. Si quieres conseguir números atrasados de la revista, pincha aquí. 

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