La actriz norteamericana Ava Gardner cocinando en su casa en octubre de 1952.

Rodolfo Valentino murió el 23 de agosto de 1926 en el Hospital Policlínico de Nueva York. La causa de la defunción fue una peritonitis provocada por una complicación de una úlcera perforada. Tenía 31 años. Fue una de las primeras grandes estrellas de la incipiente industria cinematográfica. El primer latin lover documentado.

Valentino, cuyo nombre real era Rodolfo Alfonso Raffaello Pierre Filiberto Guglielmi di Valentina d’Antonguella, fue enterrado en la iglesia Campbell’s Funeral Church de Broadway. Se calcula que acudieron más de 50.000 personas a despedirle, millares de ellas haciendo cola desde la noche anterior para disponer de un lugar privilegiado en la procesión. Las crónicas reportan que hubo centenares de heridos y decenas de intentos de suicidio de sus fans más entregadas y apasionadas. Aquel 1926 Valentino había acumulado más de un millón de dólares en ganancias. Tan sólo cinco años antes trabajaba como extra por 7 dólares.

Érase una vez en Hollywood

A inicios de 1910, el director D. W. Griffith, padre del cine moderno y autor de una filmografía tan fascinante como infinita, se trasladó de Nueva York a Los Ángeles con su tropa de actores fetiche: Blanche Sweet, Lillian Gish, Mary Pickford, Lionel Barrymore (tío abuelo de Drew Barrymore)… La compañía viajaba hasta la soleada costa oeste de Estados Unidos para filmar In Old California, un melodrama ambientado en los días que California pertenecía a México.

Tras varias jornadas de rodaje cerca de Georgia Street, una avenida próxima al corazón de Los Ángeles, el equipo encontró un localización mucho más interesante para su historia una millas más al norte, en una zona semideshabitada y aún muy desconocida llamada Hollywood. Aquel paraje le fascinó tanto a Griffith, que se instaló ahí durante meses, tiempo en el que rodó diversas películas. El hallazgo fue un secreto a voces que corrió rápidamente entre la gente de la industria cinematográfica. Tan sólo unos pocos meses más tarde, el 27 de octubre de 1911, Nestor Film Company inauguraba los primeros estudios de Hollywood, que en pocos años se convertiría en la gran meca del séptimo arte.

Rodolfo Valentino llegó a Hollywood en 1917. Hasta entonces su vida había sido de película. Lo siguió siendo hasta su muerte. De padre italiano y madre francesa, Valentino nació el 6 de mayo de 1895 en Castellaneta, en la región de Apulia, una pequeña ciudad que no alcanza los 20.000 habitantes al sur del sur de Italia.

Crápula empedernido, en sus primeros años de juventud viajó a París con el deseo de prosperar. Incapaz de mantener un empleo más de dos semanas, en menos de un año se pulió todo el dinero con el que había viajado. Regresó a Italia pero sus tíos no tardaron en hacerle las maletas y facturarlo hacia Nueva York: “Si tiene que ser un criminal que lo sea lejos de casa”, argumentaron los hermanos de su padre, veterinario que murió de malaria cuando Rodolfo tenía 11 años.

Valentino atracó en los muelles del río Hudson en 1913. En la gran manzana trabajó de todo: camarero, jardinero, bailarín, actor de reparto, gigoló y amante de la aristócrata chilena Blanca Errázuriz, esposa del reputado hombre de negocios John de Saulles. Poco después de conocer al apuesto italiano, Errázuriz solicitó el divorcio de Saulles argumentando infidelidades por parte de su marido. Un triángulo de amor complicado cuya historia fue tomando tintes cada vez más dramáticos. El vodevil alcanzó su punto culminante cuando la noble suramericana asesinó a su acaudalado esposo. Inmerso en medio de un escándalo que durante meses llenó las páginas de los tabloides neoyorquinos, Valentino, todavía conocido por su auténtico nombre, Rodolfo Guglielmi, abandonó Manhattan a la carrera.

Sin norte fijo en su brújula vital, acabó recalando en Utah, donde se unió a una compañía teatral, que no tardó en dejar para poner rumbo a San Francisco, donde entabló amistad con el actor Norman Kerry. Valentino le explicó que en Nueva York había hecho de extra en películas de gánsteres de bajo presupuesto. Ante tal confesión, Kerry le sugirió que siguiera su peregrinaje, ahora camino al sur, hasta llegar a Hollywood, enclave en el que la industria cinematográfica estaba erigiendo su particular ciudad de los sueños. No tardaría en alcanzar la fama.

Fue en el rodaje de Stolen Moments. Valentino pasaba los ratos muertos de la filmación leyendo Los cuatro jinetes del apocalipsis. Fascinado con la novela del escritor español Vicente Blasco Ibáñez, el italiano se obsesionó con que se debía llevar al celuloide.

Casualidades, la Metro acababa de adquirir los derechos, algo de lo que el italiano se enteró poco después. Valentino se presentó en las oficinas de la Metro con la confianza de convencer a quien fuera de que él, aunque actor a quien nadie conocía, debía ser el protagonista de aquel proyecto. Acabó por engatusar y seducir a June Mathis, la guionista, que se encargó de convencer a Rex Ingram, quien a regañadientes aceptó que Valentino diera vida al personaje de Julio Desnoyers. No era el principal protagonista, pero Valentino fue el actor que más brilló en una película que fue todo un éxito de crítica y público.

Con más de un millón de dólares en recaudación (uno de los primeros filmes en conseguirlo) se trata de la sexta película más taquillera de la historia del cine mudo. Era 1921 y Valentino devino en uno de los mayores galanes del mundo, rol que no hizo más que crecer con sus papeles en cintas posteriores como El caíd y Sangre y arena, película, nuevamente, basada en un libro de Blasco Ibáñez.

El primer foodie

Más allá de ser la estrella más rutilante de su época, Valentino también fue un cocinero formidable y el foodie original. Stuart Holmes dijo de él que “lo único en lo que pensaba era en comida italiana. Podía fijar esos grandes ojos soñolientos en alguna mujer bella y ella se desmayaría de placer, pero a Rudy no podría importarle menos. Lo que verdaderamente le importaba eran los espaguetis y las albóndigas que iba a cenar esa noche”.

Legendaria fue la fama que se originó en torno a su receta secreta de salsa para espaguetis, para muchos la mejor de Hollywood durante décadas (dicen también que su pechuga de pollo a la parmesana era un auténtico orgasmo para el paladar). Si hacemos caso a su biógrafa Donna Hill, esta pócima mágica para sazonar pasta estaba elaborada a base de dos cucharadas de aceite de oliva, una cebolla blanca grande, dos tazas de champiñones baby bella en rodajas, una lata de salsa de tomate, otra de pasta de tomate, una libra de salchicha italiana, dos cucharadas de ajo picado, dos de orégano fresco, dos de romero fresco, una lata de anchoas cortadas en cubitos y escurridas y media taza de vino tinto. Ahora ya podéis probar a hacerla en casa.

Rodolfo Valentino puede que fuera el primero, pero detrás de él llegaron muchas otras estrellas que dejaron tras de sí una filmografía extraordinaria, un infinito reguero de amantes y una deliciosa lista de recetas. Uno de esos fue Errol Flynn, un personaje único, con un recorrido vital similar al del icono italiano, aunque procediendo de la otra punta del mundo: Australia.

Nació el 20 de junio de 1909 en Battery Point, en la isla de Tasmania. Su padre era profesor universitario de biología, su madre una amante del mar. Tal vez por ello a Flynn siempre le gustó fantasear con la idea de que era descendiente de los protagonistas del motín del Bounty. Lo repetía, repetía y repetía y seguramente él mismo se lo acabó creyendo, pero era mentira.

Curiosamente, su primer trabajo en el mundo del cine fue en In the Wake of the Bounty (1933), del cineasta Charles Chauvel, cinta que reproducía justamente la legendaria sublevación de la tripulación del navío británico en 1789. Pese a su inexperiencia como intérprete, Flynn dio vida a Fletcher Christian, el sargento que lideró la insurrección.

Era 1933 y previamente Flynn había hecho de todo, y de todos los lugares había tenido que huir corriendo. Ya de adolescente le echaron de la escuela por mantener relaciones con la responsable de la lavandería del centro. Aventurero por vocación, tomó un barco hacia Papúa Nueva Guinea donde pretendió hacerse millonario con el negocio del tabaco. Tenía tan sólo 17 años pero era suficientemente atractivo y caradura como para seducir a la mujer de un alto funcionario británico.

Todo aquel entuerto se resolvió en un palea a puñetazo limpio. La reyerta acabó con el marido ultrajado ingresado en el hospital y Flynn retornando de inmediato a Australia y de ahí a Londres, donde participó en diversas películas que ya nadie recuerda. Fue tan sólo la escala previa antes de llegar a Hollywood, donde recaló a mediados de la década de los años treinta.

Primero fueron producciones menores, hasta que acabó conquistando la pantalla con The Adventures of Robin Hood. Con los años se convertiría en uno de los grandes de
la meca del cine gracias a su participación en filmes como Murieron con las botas puestas u Objetivo Birmania. Flynn murió en 1959, a los 50 años, víctima del alcohol y las drogas. No todos los placeres de los que gozó en la vida fueron tan nocivos. La gastronomía, el buen comer y el buen beber fueron una de sus pasiones, resolviéndose como un chef más que aceptable. Dicen los que lo probaron, que pocas cosas podían superar a su pata de cordero, su pescado al estilo Havanaise al horno y sus tomates rellenos al estilo francés.

Una galaxia de estrellas

El año 1927 se estrenaba El cantante de jazz, no sólo el primer largometraje comercial con sonido sincronizado sino la película que dio origen a La Era Dorada de Hollywood, época de grandes películas y mayores estrellas que se extendió en el tiempo durante cuatro décadas. Marilyn Monroe, Rita Hayworth, Audrey Hepburn, Paul Newman, Elizabeth Taylor, Sophia Loren… son algunas de las figuras más ilustres en aquel firmamento de mitos del celuloide. Catálogo de grandes nombres del séptimo arte que además tienen como segundo gran común denominador su dominio de los fogones.

Rita Hayworth se llamaba realmente Margarita Carmen Cansino. Apodada ‘La diosa del amor’, ocupa el puesto decimonoveno en la lista del American Film Institute de las grandes estrellas de cine. Hija del bailarín sevillano Eduardo Cansino Reina, y de la también bailarina, pero de origen irlandés, Volga Margaret Hayworth, tras unos primeros pasos en el mundo de la danza, Hayworth se adentró en el universo del celuloide a mediados de la década de los treinta, convirtiéndose en toda una estrella con una nueva adaptación del clásico de Blasco Ibáñez Sangre y arena de 1941.

Estatus de icono que alcanzó todo su esplendor con el estreno de Gilda, todo un referente ineludible del cine negro que dejó dos secuencias para la posteridad: la de Hayworth quitándose un guante al ritmo de Put the blame on Mame en la que sigue siendo una de las escenas más sensuales de la historia, y la del bofetón de Glenn Ford a Hayworth.

La actriz de ascendencia española, no sólo era una intérprete descomunal sino que también fue una gran cocinera, siendo todo un deleite su Angel Foof Cake, pastel cuya receta han recogido a lo largo de los años diversos libros de cocina: una taza de harina, media taza de azúcar, media taza de clara de huevo, una cucharada de sal, una cucharada de tarta de crema y una cucharada de vainilla.

Ava Gardner fue coetánea de Hayworth y tan glamurosa (Frank Sinatra, que perdió la chaveta por ella, la llamó “el animal más bello del mundo”) y magnífica actriz como ‘la sevillana’. Y eso que se adentró en el mundo de la interpretación por casualidad.

La hermana de Ava Gardner, Beatriz, vivía en Nueva York casada con un fotógrafo. Éste le realizó una sesión a Ava y colgó las fotos en el escaparate de su tienda en la Quinta Avenida. Un día un cazatalentos de la Metro-Goldwyn-Mayer pasó frente al estudio del cuñado de Gardner y se quedó prendado de la belleza de aquella joven. El resto es una filmografía plagada de incunables: Venus era mujer, Pandora y el holandés errante (rodada en Tossa de Mar), Las nieves del Kilimanjaro, Mogambo, La condesa descalza, 55 días en Pekín

Originaria de Carolina del Norte, como buena dama del sur, más que de cualquiera de sus películas, Ava Gardner siempre estuvo orgullosa de sus esponjosos pancakes. Su receta incluía tres tazas de harina, una cucharada de sal y tres cucharadas de levadura. Paralelamente se debían batir tres huevos, tres tazas de leche y una cucharada de mantequilla derretida.

Recetarios de cine

En 1960 Spohia Loren, que en realidad se llamaba Sofia Constanza Brigida Villani Scicolone, tenía 26 años y se encontraba en el momento más álgido de su carrera. Fue el año en el que estrenó Dos mujeres, película por la que le fueron concedidos 22 premios, ente ellos su primer Oscar. Su carrera como actriz se remonta a diez años antes, a 1950, cuando fue descubierta por el productor Carlo Ponti, quien tiempo después se convertiría también en su marido. A mediados de aquella década dio el salto a Hollywood, convirtiéndose casi de inmediato en una de las grandes damas del celuloide trabajando para algunos de los más grandes cineastas de todos los tiempos: Vittorio De Sica, Stanley Kramer, Henry Hathaway, Sidney Lumet, George Cukor, Michael Curtiz…

La actriz italiana Sophia Loren cocinando un plato de pasta (¡qué si no!) en el año 1960.
Getty Images

Más romana que la Fontana di Trevi, Loren también es una experta cocinera, especialmente diestra, muy lógicamente, cuando se trata de cocinar pasta al dente. Su secreto: no fiarse del tiempo de cocción que indica el envoltorio de los espaguetis. Y aumentar la potencia del fuego cuando se echa la pasta en la olla. Unos consejos que dejó recogidos en La cocina con amor, un libro de memorias a través de los fogones.

Son muchas las estrellas que han llevado su pulsión por la cocina al papel impreso. Uno de ellos es Paul Newman, uno de los más grandes actores de todos los tiempos con una lista de películas imprescindibles más larga que la guía telefónica de Bombay: El largo y cálido verano, La gata sobre el tejado de zinc, Éxodo, El buscavidas, La leyenda del indomable, Dos hombres y un destino, El golpe, El coloso en llamas, El color del dinero, Al caer el sol, Camino a la perdición

Tipo polifacético, más allá del celuloide, Newman también ha brillado como piloto de coches de carreras y como empresario de la restauración: es propietario de diversos restaurantes y de su propia marca de salsas y aderezos, la Newman’s Own. Un proyecto completado con el libro Newman’s Ownbook, recopilatorio de recetas de creación propia bañadas todas ellas con alguna de sus salsas.

Talentos actuales

No sólo de clásicos se alimenta el hombre y el actual Olimpo de Hollywood está plagado de estrellas Michelin en potencia. Una de las más diestras en la materia es Julia Roberts. “Me gusta cocinar, puedo hacer cualquier cosa”, dijo a la revista E! News. “Mis hijos también lo creen. De hecho, piensan que soy tan buena cocinera que debería abrir mi propio restaurante”.

Alicia Silverstone, protagonista de ese clásico adolescente que es Clueless, se ha destacado también como una gran chef, pero en su caso, de cocina vegetariana. Pericia que ha ilustrado en los libros The Kid Diet y The Kind Mama.

Compañera generacional, pero en las antípodas en lo que a preferencias gastronómicas se refiere, Reese Witherspoon es una maestra en lo que a cocina sureña se refiere. En el libro Whiskey in a Teacup nos descubre sus recetas de galletas de mantequilla, lasaña o pollo frito.

“A veces, sí me molan, los sigo en secreto durante un año o así y luego les escribo un email”. Así confiesa Emma Stone su afición por descubrir blogs de cocina interesantes, quien, como muchos otros, ha descubierto en la cocina una manera de controlar la ansiedad.

Pero si hay un cocinero realmente competente en Hollywood actualmente, éste es Bradley Cooper. Indiscutiblemente uno de los mejores actores de su generación (con algún que otro fiasco en su carrera), en 2015 protagonizó Burnt, auge, caída y redención de un chef prodigioso. Las habilidades de Cooper en los fogones son tales que no necesitó un doble para suplantarle en las escenas de cocina.

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