Nunca hubiera imaginado lo que estoy viviendo en estos momentos… no creo que lo hubiéramos intuido ninguno. El pensamiento jamás habría diseñado una realidad tan frustrante, tan sorpresiva y devastadora, ni en nuestras peores pesadillas habríamos reconocido a la dulce Naturaleza, tan madre, tan comprensiva, tan lógica y bella, alzarse con la rabia y la contundencia de la mano del Hijo en la Capilla Sixtina. Pero aquí estamos viviendo en ciencia-ficción, con las lágrimas más líquidas que nunca y las ganas de vivir exaltadas…

Nunca imaginé que tendría que rogarle a mi padre que no abriera la puerta de su casa para abrazarme al dejarle las bolsas de comida en la puerta, o que los ojos se me humedecieran al encontrarme con una querida amiga en una gasolinera y sonreírnos a distancia; nunca sospeché que echaría tanto de menos un paseo tranquilo o una buena cerveza helada en una terraza o besar a los que más quiero… nunca llegue a concebir que el mundo que creí inamovible durante décadas, la forma de vida sólida y aparentemente eterna se desmoronaría como un gigantesco castillo de naipes… como una broma pesada, como un teatro macabro al que uno asiste al principio con indiferencia, luego con sorpresa, más tarde con negación, al poco con estupor… para dar paso a la resignación y la aceptación y finalmente explotar con lo que nos hace humanos… el rechazo, la lucha y el espíritu.

Pero la magia de la vida, a veces benévola otras misericordiosa, también me ha sorprendido con detalles que tampoco hubiera imaginado, pequeñas satisfacciones que llenan nuestra pobre alma y que nos ayudan a mantener la cordura: viejos juegos de mesa para llenar las largas tardes grises de una recién estrenada primavera; disfrutar de mi familia o de óperas desde el Metropolitan que nunca me hubiera podido permitir; orden en unos olvidados armarios que me hacen viajar por el tiempo y a veces sonreír y a veces llorar; libros que aguardaban sin mucha esperanza a ser leídos; emocionantes ciberquedadas, y redes llenas de amigos y de aliento.

No negaré que duermo mal, que me preocupa el futuro, la evolución de esta pandemia y lo que venga una vez que el coronavirus haya sido definitivamente abatido; que me preocupa el mañana más literal e inmediato tanto como el más lejano; que tengo miedo y prefiero disciplinarme en el día a día, en el socorrido vivir el momento. Tampoco negaré, como ser humano débil y egoísta, que el futuro de ‘lo mío’ acapara una cuota más que importante de ese insomnio. No negaré que más presente que nunca tengo las palabras del gran Ortega: «Yo soy yo y mis circunstancias».

Esas mismas noches, largas y crueles, negras y agoreras, dan paso a la luz y a la mañana y me obligan a buscar lo que hay y abandonar lo que no hay, me dan la certeza y la confirmación de que existen cosas tangibles que están muy cercanas a mí y que me empujan a buscar y me retan a luchar. ¿Cuánto? La verdad es que no importa.

De repente me sorprendo tecleando febrilmente y pensando en qué podemos hacer. Empiezo a imaginar. Todos empezamos a imaginar, motivados y activos que podemos hacer cosas. Algunas ahora, otras para mañana y las más difíciles para cuando despertemos de esta pesadilla.

Somos un equipo, somos una familia y sé que juntos podremos afrontar mejor lo que estamos viviendo y más lo que todavía nos queda por vivir. Si hay alguna oportunidad, por pequeña que sea, vamos a luchar por ella. Así, nos hemos puesto manos a la obra. El destino nos ha concedido la gracia de trabajar con un producto maravilloso, sano, rico y enormemente versátil: el aceite de oliva virgen extra; un elixir único que acompaña las soledades, levanta los ánimos y los platos, que tiene cabida en esta tristeza y tedio y que nos prepara para elevar y exaltar nuestros hogares, nuestros negocios y nuestro país.

Estamos trabajando sobre aquellos mercados y canales que todavía tienen capacidad de poder llevar nuestros productos, agilizando pedidos, creando puentes con los hogares españoles mediante un delivery. También enviando AOVES a comedores donde los necesitan y abriendo nuevos canales de comunicación que nos ayudan a no perder la energía. Y hablamos a diario con nuestros socios asiáticos, para aprender y motivarnos y celebrar con ellos el triunfo de la perseverancia. Porque no hay jaque mate… La partida acaba de empezar: ahora nos toca a nosotros mover nuestra mejor pieza y ganar.

Rosa Vañó es copropietaria, junto a su hermano Paco, de Castillo de Canena, empresa familiar que elabora uno de los mejores aceites de oliva del mundo, y perteneciente a la Asociación Grandes Pagos de Olivar.

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