Conseguir una entrevista con Borja Iglesias —y, más aún, que nos abriera las puertas de la casa que ha alquilado después de la vorágine del Mundial para pasar unos días con los suyos— parecía imposible. Pero si hay algo capaz de conquistar al futbolista más allá de las barras de Kase.O, es una buena mesa. Y ahí TAPAS juega con ventaja.
Aterrizamos en Vigo a las nueve de la mañana y ponemos rumbo a Nigrán, donde nos esperan nubes, lluvia y una temperatura que, después de los más de 40 grados que no dan tregua en Madrid, se recibe como una bendición. Allí, lejos del ruido de los estadios, las celebraciones y las entrevistas que se agolpan a su alrededor, nos espera Borja. También María, su pareja; Maite y Marcelino, sus padres; su hermana Andrea; su cuñado Manu y su amigo Víctor.

Sobre la mesa del comedor hay una revista con Penélope Cruz en portada. Hace apenas unas semanas, el futbolista la veía con Bardem en los videomarcadores del Mundial y comentaba que le gustaría conocerles. Poco después, un mensaje de WhatsApp hizo su magia y ahora Borja ha vuelto a casa siendo amigo de la pareja y, de paso, campeón del mundo. Nosotros, sin embargo, hemos venido a hablar de todo lo demás.
“Con el Mundial en el foco he tenido muchas entrevistas hablando de fútbol y me apetecía salirme completamente de eso y simplemente charlar”, explica. También hay una razón más sencilla por la que ha decidido elegirnos: “Me encanta comer y siempre que me habéis invitado a algún evento me lo he pasado muy bien. Me caéis genial”, dice entre risas. La entrevista acaba de empezar y ya somos mejores amigos. Esto progresa adecuadamente.

JUGAR EN CASA
Si algo atraviesa los siguientes minutos de conversación con Borja, es una cierta resistencia a la idea de que vivir bien es sinónimo de vivir a lo grande. Para el futbolista, que ha pasado de perseguir un sueño a disfrutar de una vida económicamente privilegiada, el lujo cabe entre dos panes. Literalmente. “Todos idealizamos ciertas situaciones y pensamos que, cuando tengamos dinero, la vida se va a convertir en un desenfreno, lujos, viajes… Obviamente en mi vida también existen, pero lo que más disfruto es poder compartirlos con los míos. Generar situaciones en las que todos estemos cómodos y podamos disfrutar, ya sea de una buena comida o de un bocata en la playa. Muchas veces perdemos la perspectiva de lo que realmente significa tenernos los unos a los otros y eso es lo más importante”, reflexiona.
Quizá por eso, su casa se ha convertido en el restaurante favorito de sus amigos, que aseguran que, como allí, no se come en ningún sitio. “Tengo mucha suerte”, asegura. Y también tiene a Van y a Kike. “Comer bien y descansar son una parte fundamental de mi trabajo. Por eso tener a un chef en casa no lo entiendo como un gasto, sino como una inversión para mi bienestar, mi recuperación y mi mejora. Y claro, eso es extensible a la gente que está cerca de mí”.
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