Ahora que los garitos vuelven a abrir hasta altas horas de la madrugada, me estoy resarciendo del mono de fiesta que he acumulado durante este año y medio sin salir. Ojo, que yo me conformo con muy poco; cuando dan las dos y media ya estoy deseando meterme en la cama. Y es que, señores, nuestros mayores no han sido los únicos en sufrir una aceleración del envejecimiento durante la pandemia. Yo doy fe de que a mis 33 años soy mucho más anciana que a los 31. Eso eh asín. En cualquier caso, lo que no falta nunca en mi ocio nocturno, ni a los 31 ni a los 33, es la recena. Antes las disfrutaba a las 6 de la mañana, y ahora a las 3, pero el gozo es el mismo, independientemente de la hora. 

El otro día, sin ir más lejos, satisfice a mi gorda interior –que andaba bastante achispada en ese momento– con una porción de pizza de estos sitios que abren 24 horas. Yo no sé si es que cuando como esa pizza mi paladar está tan saturado de brebaje que no juzga con propiedad… Pero, mira, a mí me parece que está más que decente. Tiene base crujiente, mucho queso, y una forma cuadrada muy ergonómica que facilita su ingesta a esas horas de la madrugada. Suficiente para hacerme feliz. 

Engullida la pizza y de camino a casa, pasé por delante de Iberia, más conocido como el bar de los taxistas, que solía frecuentar con mi compañera de piso a modo de after cuando vivía en Malasaña. Al contrario que con la pizza, en el caso de Iberia aconsejo no comer nada. Ya no sólo es que el pincho de tortilla sea repugnante, sino que, además, su ingesta no mitiga la resaca –segundo objetivo de la recena, después de saciar el hambre alcohólica–, sino que la acrecienta con una indigestión que se manifiesta al día siguiente. 

Rememorando aquellas noches, me acordé de la recena más gastronómica de mi vida. Y no me refiero a lo que comí, sino a la persona que me acompañaba durante la misma. Era un reputado chef extranjero del que no puedo confesar su nombre porque no me haría de comer nunca más en mi vida –y paso de renunciar a ese placer–. De él sólo puedo decir que su restaurante está entre los 10 mejores del mundo según los 50 Best de 2021. Le conocí durante el rodaje de uno de mis programas en su país, y después de grabar con él me sacó de fiesta por su ciudad. Me lo pasé tan bien que a la mañana siguiente casi pierdo el avión de vuelta a España. No digo más. 

El favor se lo devolví un año después, cuando paró por Madrid para recoger un premio o ser jurado de algún concurso culinario. Ya ni me acuerdo. El caso es que le saqué de tapas por lugares tan castizos como la taberna La Dolores, que a sus ojos resultaron muy exóticos. Reconozco que me sentí poderosa explicándole a un cocinero de su talla lo que era el matrimonio. Y no me refiero al de dos personas –que también habría sido útil, porque anda que no me tiró los trastos pese a la existencia de su novia–, sino al de la anchoa y el boquerón, unidos para siempre sobre una patata frita retorcida y crujiente, de las que me gustan a mí.  

Tras las cañas que acompañaron esas tapas, y los gin tonics que vinieron después en el Tony 2, acabó durmiendo en el sofá de mi casa, no sin antes gozar de la recena de rigor. Yo no tenía ni apetito, ni comida en la nevera, porque por aquel entonces vivía más en los aeropuertos del mundo que en mi propio piso. Para paliar el hambre voraz que mi amigo chef padecía, le ofrecí pasarnos por el Carrefour 24 horas que hay enfrente de mi portal. Es un local enorme, y pensé que seguro que entre tanto pasillo encontraría algo digno de su paladar, su expertise y su savoir-faire (y utilizo todos estos términos para ir ad hoc con la nebulosa rimbombante que envuelve a los cocineros A.K.A. rockstars de nuestra era). 

Cuál fue mi sorpresa al ver que su elección fue comprar dos sándwiches cutres y un perrito caliente en la sección de comida preparada. “¿Tienes kétchup en casa? ¿Mayonesa?”, me preguntó. “Si acaso tengo mostaza de Dijon”, le contesté. Su respuesta fue bajar al piso inferior del supermercado en busca de las salsas más guarras que hubiese. Kétchup, barbacoa, mahonesa… Se llevó todos en formato grande, como esos que salen en las pelis americanas. 

Una vez en casa, caí roque enseguida pero, al poco de dormirme, me despertó el ruido que salía de la cocina. Recuerdo levantarme de la cama y ver a mi amigo cocinero sacar el perrito caliente del microondas e impregnarlo en una gruesa capa de kétchup. Luego le añadió otra de salsa barbacoa, y lo culminó con una de mahonesa. Yo le miraba atónita mientras él, con mucha ansiedad, engullía tremenda gochada. “¿Esto es lo que come el chef de un 50 Best de recena? Pues qué básico…”, pensé yo.

Confieso que me llevé una gran decepción. Siempre había creído que alguien con tanto paladar sería siempre muy exigente con la comida, incluso estando ebrio. Ahora, años después, entiendo que por mucha sofisticación que desprendan sus restaurantes, sus platos, sus premios y sus cuentas de Instagram, los mejores cocineros del mundo también pueden tener momentos de debilidad y quieran pecar con los saturados sabores del fast food ocasionalmente.

Hace tiempo que no veo a mi amigo, el prestigioso chef extranjero. Esto de la pandemia nos ha alejado, porque él ya no viene mucho a España ni yo vuelo tanto como antes. Eso sí, sigo acordándome de él a menudo. No tanto por el cariño que le tengo, sino por esos botes de salsas asquerosas que siguen intactos en mi nevera. 

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