De una experiencia que combina a iPhone y El Celler de Can Roca, solo cabe esperar cosas buenas. Excelentes. Así fue desde que comenzó, en el Hotel Casa Cacao, uno de los múltiples frentes abiertos de los Roca. Se podría decir que el hotel era una fábrica de chocolate, donde —a pesar de las temperaturas que azotan la península— los bombones no se derretían. Y es que en este hotel-boutique —pequeño, acogedor, sobrio y con muy buen gusto— todo está pensado al detalle: Anna Payet, esposa de Joan, lo cuida con mimo y te hace sentir como en casa. Como en una casa de chocolate. Una de esas de las fantasías que todos hemos tenido desde niños.

En el Hotel Casa Cacao, la vida fuera de la habitación transcurre en una muy agradable azotea con vistas en la que te apetece quedarse horas. Huelga decir, como no podía ser de otra manera, que las viandas que allí se ofrecen son de una categoría extraordinaria. Sin embargo, no es allí donde está el plato fuerte.

Al otro lado de la recepción, Damian Allsop, mentor de Jordi Roca, saluda mientras atempera sus chocolates. Tras Casa Cacao, llega La Masía, el departamento de I+D (I+R en este caso) de los hermanos Roca, situado al lado del Celler. Es un lujo poder ver los entresijos de este laboratorio, imprescindible, y sin el que no se podría entender toda la aportación del tridente junto con su equipo al universo gastronómico.

Maravillados por este pequeño, preciso y precioso terreno —con huerto y gallinero incluidos—, nos zambullimos en nuestro objeto de deseo, aunque no sin antes recibir por parte de Rodrigo Rivas, fotógrafo profesional especializado en fotografía móvil y profesor en EFTI, valiosas lecciones para sacar todo el partido a nuestro iPhone 13 Pro Max a la hora de fotografiar lo que te vas a comer.

Y tras las puertas del Celler, los tres hermanos Roca. Joan, Josep y Jordi, reciben a sus comensales como los grandes anfitriones que son.

Ya en la mesa

Como fotógrafo, en mis momentos de disfrute —para poder disfrutar con todos los sentidos— me obligo a no ser demasiado cansino con la cámara, por respeto a mis acompañantes y a mí mismo. Pero en esta ocasión se dio la combinación perfecta entre trabajo y placer. Todo estaba permitido. Así que me dispuse a cebar las tres lentes del iPhone, y al unísono deleitar mi paladar con los caprichos de los Roca. Y comenzó el festín.

Uno a uno fueron desfilando los increíbles bocados de un extenso menú, regados por un maridaje espectacular preparado por el mejor sommelier del mundo. Para finalizar con un gran postre a base de leche de oveja, que casi fue interrumpido por un toque de corneta que nos hizo levantar de la mesa repentinamente. Y es que había más.

La mayor de las sorpresas, preparar (y degustar) con Jordi Roca, el menor de los hermanos, cuatro postres más en La Masía. Todo esto en un ambiente de sobrecogedor silencio para poder escuchar con claridad las indicaciones del genial repostero. Y haciendo virguerías con el móvil: cámaras lentas, macro, grandes angulares dentro de un Bosque lluvioso. Diversión, en una palabra.

Y con el buche, el alma y el carrete de nuestro iPhone repletos, dejamos este paraíso. Deseando volver.

*Texto y fotos de Jaime Partearroyo

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