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Los dictadores están de actualidad, lamentablemente, y esto nos brinda la oportunidad de hablar de las costumbres en la mesa y de los gustos culinarios de algunos de estos personajes que suelen tener por hábito oprimir al pueblo mientras ellos disfrutan de los placeres de la vida. Y la comida, qué duda cabe, es uno de ellos.

Por ejemplo, una de las mayores fuentes de información sobre el opaco líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, ha sido Kenji Fujimoto, el que fuera cocinero de su padre, según cuenta la periodista Anna Fifield en su ensayo El Gran Sucesor (Capitán Swing). En este ensayo en el que nos ilustra sobre los diferentes aspectos de la vida del amado líder, Fifield cuenta que Fujimoto estuvo viviendo en Corea del Norte durante un año antes de que naciera Kim Jong-un.

“Luego regresó en 1987, y permaneció allí hasta 2001. Vivía en el denominado Bloque Residencial de la Secretaría, un complejo de Pyonyang que también albergaba las oficinas del Partido de los Trabajadores de Corea y una de las residencias de Kim Jong Il. Las comidas que preparaba su equipo de cocineros para Kim Jong Il solían ser abundantes. Había faisán a la parrilla, sopa de aleta de tiburón, carne de cabra a la barbacoa al estilo ruso, tortuga al vapor, pollo y cerdo asados, y queso raclette al estilo suizo fundido sobre un lecho de patatas. La familia real sólo comía arroz producido en una zona especial del país, donde un grupo de trabajadoras seleccionaban los granos a mano uno a uno, asegurándose de elegir siempre granos perfectos y del mismo tamaño”.

Imaginad el nivel de excentricidad para que sólo ingieras granos de arroz de un tamaño determinado que además debían cocinarse con fuego hecho con árboles que crecían en una montaña cerca de la frontera con China. Pero había más. “El sushi se incluía en el menú una vez a la semana. Fujimoto preparaba sashimi de langosta con salsa de soja wasabi, y nigiri con atún graso, hamachi (un pez de cola amarilla), anguila y caviar. El pescado favorito de Kim Jong Il era el suzuki, o lubina japonesa”. O sea, parece que allí no se escatimaba en gastos a la hora de comer…

También se sabe que el padre del actual dirigente era amante del coñac (mandaba a Fujimoto a comprarlo en Francia y disponía de una bodega de unas 100.000 botellas de todo tipo de brebajes que descorchaba en sus numerosas borracheras). En una ocasión el cocinero tuvo que ir a comprar una hamburguesa del McDonald’s… ¡a Pekín! Porque ya se sabe, lo occidental es malo hasta que uno tiene un antojo de un Big Mac. Al mandatario también le gustaban el caviar iraní y los pasteles de arroz de Japón y se le llegaron a enviar langostas vivas cuando se desplazaba en su tren.

El cocinero estuvo además al cuidado de los hijos, entre los cuales el actual dirigente del país, con el que compartió vivencias desde los 7 hasta los 18 años. Los hijos disfrutaban del mismo tren de vida que su progenitor: así, Fifield cuenta en su libro que cuando Kim Jong-un era pequeño, en las cocinas había tarta y pastelillos de nata, salmón ahumado y paté y toda clase de frutas, como mangos y melones.

Los caprichos del Führer

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Pero cambiemos de país y de época histórica, porque personajes de este pelaje ha habido en todos los momentos y en todas las latitudes. Adolf Hitler fue tan oscuro fuera de la mesa como en ella. Sus gustos en la mesa dicen mucho de su personalidad, bastante retorcida desde nuestro punto de vista: aunque se ha dicho a menudo que era vegetariano (el dictador pensaba que una dieta sin carne podía ser beneficiosa para sus flatulencias y su estreñimiento), en realidad no lo era. Más bien todo lo contrario, porque le encantaba la casquería: su comida favorita eran los pichones rellenos de lengua, hígado, pistachos y nueces. También idolatraba la empanada de hígado. Como uno de sus mayores temores era ser envenenado, contaba con un equipo de 15 personas para probar la comida antes que él según relata el libro Dictators’ Dinners (Gilgamesh Publishing) que recoge las aficiones gastronómicas de estas figuras. Sólo una de las probadoras de Hitler, Margit Wolf, sobrevivió a la guerra.

Pero no vayamos a pensar que lo de tener uno o varios probadores de comida era cosa únicamente del nazi, esa figura ha sido muy habitual a lo largo de la historia (de hecho, se dice que Vladimir Putin también tiene unos cuantos).

Lo de la paranoia por saber qué nos llevamos a la boca es algo muy extendido, Nicolae Ceausescu también la sufría. Al líder rumano le gustaban la lasaña de espinacas, las carpas y un simple filete acompañado de ensalada verde con tomates y cebolla. Su temor a ser envenenado se convirtió en paranoia a finales de los años ochenta: cuando tenía que desplazarse, le acompañaba un químico que llevaba un laboratorio móvil para comprobar cada trozo de comida. Ésta era siempre preparada por alguien de su entorno y le llegaba en un carrito sellado que disponía de un candado, cuya combinación se cambiaba cada día.

De Stalin a Fidel

Las comidas con Stalin eran una fiesta que podía alargarse en el tiempo, se sabía cuándo empezaba pero no cuándo acababa el ágape. Se bebía, sin moderación, un rojo semi-dulce que era uno de sus favoritos, el Khvan-chkara, a los que los invitados debían entregarse sin mesura para soportar las anécdotas que Stalin repetía hasta la saciedad. También era costumbre el lanzamiento de tomates y de bolitas de pan a los miembros del politburó. Por supuesto, había bailes y canciones. El plato preferido del ruso era pollo con nueces y especias, un plato relativamente modesto.

Viajemos ahora a Italia para descubrir qué el gustaba a Benito Mussolini. El primer sentimiento que tenemos es el de decepción porque, a pesar de ser italiano, a Mussolini no le gustaba la pasta, ya que le generaba dolor de cabeza (al igual que el puré de patatas). O sea, los hidratos le sentaban mal. Al poco de llegar al poder, los médicos le diagnosticaron úlcera de duodeno y le aconsejaron beber un litro de leche al día. Años después otro médico, que también le diagnosticó anemia y azúcar en la sangre, le impuso una dieta que incluía carnes blancas como pollo y conejo. No era gran amante de la carne, pero le gustaba la ternera marinada en hierbas aromáticas. Su postre favorito era el ciambellone, una especie de bizcocho que llevaba limón y Mistra, un tipo de licor de anís.

Y, ¿qué podemos decir de nuestro dictador nacional? De nuevo según el libro Dictators’ Dinners, siempre sospechó que los vegetarianos tenían una tendencia hacia el socialismo así que, con semejante tesitura no es de extrañar que Francisco Franco fuese carnívoro y con buen apetito, además. Con los años desarrolló pasión por la pesca y si eran peces grandes, mejor. Respecto a su herencia culinaria no hay mucho escrito al respecto, salvo esa leyenda que dice que muchos restaurantes de Madrid ofrecen paella los jueves porque ése era el día que el dictador abandonaba El Pardo para comer en la capital y la paella era uno de sus platos preferidos…

Sigamos con nuestra ruta totalo-gastronómica. Saddam Hussein también era un amante de la buena mesa. Cordero, vaca, gambas frescas, langosta… eran viandas habituales en su mesa. Le gustaba la comida beduina, en el desayuno tomaba leche de camella acompañada de pan y miel. Era goloso y una de sus debilidades eran los caramelos Quality Street. Otro plato favorito era el manjar nacional llamado Masgouf, que es carpa asada, que en una ocasión probó el francés Jacques Chirac y le gustó tanto que Hussein tuvo que mandarle un cargamento a París. Cuando Hussein fue capturado, en su frigorífico se hallaron huevos, miel, pistachos y una caja casi vacía de chocolatinas Bounty. No hay duda, le iba el dulce…

A Gaddafi también le gustaba y mucho la leche de camella pero al parecer le sentaba como un tiro en su digestión y le generaba muchas flatulencias. No consumía alcohol, que estaba prohibido en Libia. Era amante de la comida italiana (le gustaban especialmente los dulces y la pasta, en particular, los macarrones) pero su plato favorito era uno de su país, el cuscús con carne de camello.

Vayamos a Cuba y visitemos la mesa de Fidel Castro. A Castro le gustaban la comida y la bebida y no era extraño verle dando consejos a las mujeres sobre cómo cocinar tal o cual plato. Intentó que en Cuba se fabricase queso francés, foie gras y whisky, pero no lo consiguió. En sus años jóvenes era un devorador de sopa de tortuga. Y ojo que su animadversión a los Estados Unidos no era tal en la mesa, donde podía degustar un plato acompañado de una Coca-Cola y de hecho hay testimonios gráficos al respecto. Para el líder cubano la chispa de la vida parecía no estar reñida con los principios de la Revolución.

Rabiosa actualidad

Pero volvamos al principio de este artículo, como si se tratase de un guion circular como el de aquella fabulosa cinta de 1994, Before the rain. Hemos arrancado este tour gastronómico por las mesas de los dictadores haciendo mención a la actualidad. Así que vayamos al presente y preguntémonos, ¿qué le gusta comer a Vladimir Putin? Y es que si bien el dirigente ruso ha sido elegido en las urnas, cada vez está haciendo más méritos para pasar a la Historia como parte de ese selecto grupo formado por los nombres anteriormente citados en este artículo.

Pues bien, sabemos que a Putin le gusta hacerse fotos en las más insospechadas situaciones, lo mismo sacando un ánfora del fondo del mar que cabalgando torso desnudo a lomos de un corcel, pero, ¿qué come? No se sabe mucho de las aficiones culinarias de Putin, pero comparte, junto con otros líderes totalitarios, el gusto por la opacidad.

Lo que sí le distingue de otros es que se cuida y no es dado a los excesos en la mesa. Le gusta desayunar porridge, zumo de frutas, tortilla y café, aunque otras veces improvisa una barbacoa y empieza el día con proteína animal en forma de un buen filete. También es un devoto de los helados, en concreto, del de pistacho. Le gustan también los tomates, los pepinos, la ensalada y si hay opción entre carne y pescado, prefiere el pescado. ¿Bebe vodka como si fuese agua? Pues según parece, no; y le iría más la cerveza. También le gusta beber kéfir y algunas fuentes afirman que, a veces, es su única cena.

Lo que sí tomó alguna vez a lo largo de su vida fue la sopa de pescado y el cordero con hierbas del Cáucaso que cocinaba su abuelo, Spiridón Putin, que falleció cuando él tenía 12 años. Por cierto y por seguir con lo del guion circular que mencionábamos más arriba, el abuelo de Putin fue chef. Para más detalles, el chef favorito de Stalin. Al final los dictadores parecen tener más características en común de lo que pueda pensarse a primera vista, ¿verdad?

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