Los otros diez ya te los sabes. Es un error otorgarle al teléfono tanto protagonismo durante la comida. El placer de comer solo, mascullando pensamientos, desapareció. Ya nunca se come solo, se come con el teléfono. Hay que ponerle freno al consumo de internet desaforado. Llegar a un restaurante y decidir qué pedir, con tu pareja, con tu socio, con tus hijos, con tu enemigo… es un momento de placer intelectual previo a la degustación. ¡Imprimid las cartas!

Todo buen marino sabe que no puede confiar al cien por cien en el GPS, tiene que llevar a bordo sus cartas náuticas. Siempre ‘juzgué’ los restaurantes por la calidad de la impresión de su menú, por su diseño gráfico, por la elección del papel. Será porque la tinta me gusta tanto como un Castillo de Ygay del 2010. Será porque creo que una tipografía excita mi imaginación. Los bodegueros también lo creen cuando imprimen sus etiquetas. ¿Entonces? ¿Te imaginas la carta de vinos de Atrio en digital? ¡Qué embriaguez de bits! ¿Te imaginas la carta de Eleven Madison Park en Nueva York? O de Estimar en Madrid. O de Casa Jondal en Ibiza en un código. No son los menús de Arzak o los que conservo de elBulli una pieza más de biblioteca emocional.

Los creativos, los diseñadores, los impresores, los papeleros, los lectores, los tipógrafos y sus familias y sus parejas, y sus hijos, todos, todos hemos sido y seremos buenísimos comensales, amantes de los detalles y la buena mesa. La oportunidad de volvernos a seducir con un menú bien impreso es inmejorable. ¡No dejéis, restauradores, que internet se cuele en los manteles! ¡Impriman los menús o pronto nos declararemos en huelga de mandíbulas!

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