El día se nubla y Félix Gómez nos refugia en Lakasa, su casa durante el mes y medio que se metió en las cocinas de César Martín para aprender todo lo que pudiese antes de entrar en MasterChef. Exhaustivo en todo lo que hace, confiesa que hubiese estado seis meses para aprender más: «La cocina es un puñetero mundo». Pero se fue formando bien, con el amor y el respeto por la profesión metido hasta los huesos. Se apoya sosegado y reflexivo en la sofisticada barra del restaurante, sin perder nunca una sonrisa que le achina la mirada cuando habla de su madre, la verdadera impulsora de toda esta entrega a los fogones.

¿Qué quieres tomar?

Un cortado.

En la obra La Golondrina, tu personaje acude a clases para cantar en el funeral de su madre. ¿Qué cantarías en el funeral de la sociedad contemporánea?

Cantar no cantaría. No dejaría de llorar. Sería todo un coro de llantos.

¿De qué mal moriría esta sociedad?

Nos vamos a cargar el planeta. Me dan ganas de abofetear a la humanidad.

¿Y los síntomas?

Partes del planeta serán inhabitables y esa gente se moverá a las habitables, y podemos ser nosotros, España es mitad desierto, podemos tener que ir al norte Europa y nos van a cerrar las puertas como hemos hecho nosotros.

Volviendo a la obra, ha sido un paso importante en tu carrera. Ya empezaste fuerte con Al salir de clase. Has dicho que aprendiste «a base de mamporros» que el éxito es efímero. ¿Cómo se supera que a veces te dé la espalda?

Asumiéndolo. Si eres joven, como nos pasó a nosotros, y te llega al éxito muy rápido, piensas que vas a estar encima de la ola todo el tiempo. Pero no, un día te caes y no lo entiendes, y después viene otra ola y tienes que coger la tabla. 

¿Qué trabajo supondría un éxito para ti?

Hay un par de proyectos personales: una comedia romántica y una serie sobre gente de mi generación donde se plantea este nuevo modus vivendi de gente de 40 que no vivimos con las reglas de nuestros padres porque no nos sirven. Puede ser interesante.

Has hecho varias series de época, ¿hemos aprendido algo de la historia?

Está claro que no. En Europa podemos hacer una comparación con esta ultraderecha de los años 30 y da miedo. Hay dos series que ahora mismo me llaman la atención: El cuento de la criada y Years and Years que es bastante creíble…

De hecho, los creadores dijeron que se han dado caña porque lo veían viable…

Es que no es tan exagerado. Mi madre aprendió a leer mayor y dice, «hijo, es como ese libro sobre la II Guerra Mundial. Cómo alguien puede votar a un partido que dice casi lo mismo». Es importante no olvidar, pero no interesa. Te cambian cualquier referencia que hagas, y no, perdona, ultraderecha es ultraderecha, con matices; no somos ismos, no hay nazismo, pero sí primos hermanos.

Hablando de historia, de Alejandro Magno, uno de tus personajes favoritos, dicen que comía sin lujos. ¿Tú eres de cuchara o de grandes platos?

Soy de cuchara, la cocina de vanguardia se me da regular. Soy del movimiento real food: comer lo que hay y poco cocinado. Pero disfruto cuando vengo a sitios como Lakasa, donde se da valor al producto.

Entraste en MasterChef por tu madre. ¿El gusto por la cocina se hereda?

Ella me enseñó a cocinar. Y he heredado esa cosa que ella tiene de reunir en torno a la mesa y cuando tienes eso, hay también un gusto por cocinar.

¿Y la capacidad de hacer sus croquetas?

[Risas] No, asúmelo. Mi madre hace un pollo asado riquísimo, que a todos los hermanos nos recuerda casa. Todos hemos intentado reproducir esa receta durante años y nunca lo hemos conseguido. Ella cocina a ojo y siempre le sale igual.

Llevas una vida saludable pero ¿queda algún placer del niño gordito que fuiste?

El otro día me comí un Pantera Rosa. Hacía que no me comía un pastel unos 15 años… Pero para mí, mi infancia es huevos fritos con patatas fritas y mucho pan.

En el crossfit encontraste salida a la ira, que reconoces como uno de tus defectos. ¿Qué has encontrado en la cocina?

La cocina ha ampliado mi mundo. Significa familia, cuidar y proteger. Por eso me considero cocinitas y en casa tengo cocina abierta, porque forma parte de mi vida.

La ira es uno de los pecados capitales. ¿Qué hay de la gula?

No la tengo. Soy muy espartano. Hay una sensación de tener el estómago vacío que a mí me hace sentir claro.

¿Y si hay que pecar en la mesa?

Cualquier carne a la brasa con mucha salsa barbacoa. Una buena hamburguesa, unas costillas… Pecado capital.

Fotografía: Guillermo de la Torre.

*Entrevista realizada por María G. Aguado y publicada originariamente en TAPAS nº 46 (octubre 2019). 
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