Ane Berasategui

Nacida en 1990, es la única hija de Martín Berasategui. Se crió entre pucheros y cocinas, y aunque siempre se ha sentido atraída por este mundillo, confiesa que cocinar nunca ha sido su fuerte… “Estudié Turismo y me encantó. Y desde que me gradué, tanto mi formación posterior como mi vida laboral ha sido completamente enfocada a la comunicación”, nos explica Ane. Su andadura laboral comenzó en 2013 en Barcelona, en Condes Hotels, donde trabajó formándome en los departamentos de Eventos y de Comunicación, y fue en 2015 cuando se involucró de lleno en el negocio familiar como responsable de comunicación en el restaurante de su padre en Lasarte-Oria. Y aquí sigue a día de hoy.

“Llevo muy dentro desde pequeña la hostelería, la vida de un restaurante y todo lo que ello conlleva. Nuestra casa está en el mismo edificio, justo encima de la cocina. El parque donde los niños iban a jugar era para mí el restaurante. Me gustaba mucho ayudarles a montar las mesas, a repasar los cubiertos… todo lo que me dejaran hacer. Ese ambiente de trabajo en equipo me tiraba mucho”, recuerda.

Ane acumula buenos recuerdos y unas cuantas divertidas anécdotas entre las paredes de aquel restaurante, como aquella vez que terminó empapada de yogur porque un sifón explotó a su lado. O cuando, con tan sólo cuatro años, un día que estaba cansada le preguntó a uno de los críticos gastronómicos más importantes del país que cuándo se iba a ir…

Aunque ser ‘hija del jefe’ no siempre es tan divertido. “Tienes que demostrar por partida doble que estás a la altura, ya que se te cuestiona más tu trabajo o sientes que estás más en el punto de mira”. Algo que se compensa con creces con las ventajas que supone poder pasar  más tiempo con él (y con su madre): “Tengo un padre ejemplar tanto a nivel personal como profesional, un espejo donde reflejarme e intentar copiarle. Hay parte de tu familia, como tu pareja, a la que puedes elegir, pero tus padres te tocan… y yo no me puedo sentir más afortunada. Son la suerte más grande que he tenido en mi vida”, asegura orgullosa.

Marc Roca

Joan Roca junto a sus hijos. Foto: David Puig

No demasiada gente puede presumir de ser miembro de la cuarta generación de cocineros de una familia como Marc Roca (Girona, 1997), el mayor de los dos hijos del chef de El Celler de Can Roca, y Anna Payet, directora del recién inaugurado hotel-boutique de Casa Cacao.

Aunque comenzó a estudiar Ciencias Políticas, pronto se dio cuenta de que en su propia casa tenía una vía de incidir en el cambio a través de proyectos tangibles y se cambió a la Escuela de Hostelería y Turismo de Girona, siguiendo la tradición familiar. “Siempre he admirado el oficio de cocinero, va mucho más allá de lo que a primera vista pueda parecer. Exige liderazgo, sacrificio. Necesita de una generosidad extrema. Es una oportunidad para comprometerte con tu entorno, el planeta y las personas, ya que somos lo que comemos. Estoy muy orgulloso del proyecto de vida de mi padre y mis tíos, y del profundo sentido de hospitalidad heredado de mis abuelas”, explica.

Y aunque sentir la presión de la excelencia de su padre y sus tíos puede ser complicado, al final, según él, esto se convierte en “una ventaja, un reto, algo que no sólo te empuja sino que te dice: es posible”. Formar parte de esta estirpe supone recibir lecciones tan importantes como que “cocinar es cuidar, que sin amar lo que haces, lo que cocinas, lo que tocan tus manos y a aquellos para los que cocinas, este oficio no sería sostenible”.

Y toda la admiración que siente por su padre será celebrada el próximo 19 de marzo “cocinando un arroz con él, frente al mar, en una caseta de pescadores aquí en la Costa Brava”. Un plan difícilmente superable.

Regina y Pau Santamaría

Santi Santamaria

Hijos del genial y polémico chef Santi Santamaría, confiesan que en realidad ninguno de los dos quería dedicarse a los restaurantes, precisamente por “la esclavitud que eso suponía y que habíamos visto en nuestro padre”, nos cuenta Pau. Sin embargo, tras su muerte en febrero de 2011, no les quedó más remedio que arrimar el hombro y hacerse cargo de su mítico Can Fabes. “En parte lo hicimos por él”, explica Regina. “Pero recordamos que mi padre siempre nos dijo que teníamos que hacer lo que nos gustara, no lo que se esperara de nosotros. Él era cocinero porque era su pasión y no esperaba que fuera la nuestra”. Ésa fue una de las razones por las que decidieron echar el cierre definitivo del restaurante en 2013. “Era  su proyecto y solo él podía liderarlo”, recuerda su hija.

Pero a ambos hermanos les gusta el sector gastronómico y siguen involucrados en él tanto a nivel personal como profesional. Pau tiene una empresa de agricultura de proximidad que sirve a los restaurantes de su zona. Y Regina, por su parte, trabaja en Michael Page, consultoría de selección de personal en la que está especializada en contratar perfiles de mando intermedio y directivos para empresas de restauración y hotelería.

Muchos son los recuerdos que dejó Santi a sus hijos. Algunos muy divertidos, como cuando
se empeñó, durante un viaje familiar a Vietnam, en visitar un mercado local en un recóndito municipio cuyos lugareños, que no estaban acostumbrados a los turistas, se acercaban a tocarle para que les diera suerte, ya que pensaban que se trataba de un buda…

Otros recuerdos tienen más que ver con el gusto que con la risa. Y aunque ambos hermanos aseguran que es muy difícil escoger un plato favorito de su padre, puestos a elegir, Pau se queda con aquellos canelones que sólo se hacían una vez al año en Navidad, y Regina con los raviolis de gambas, que fueron servidos en su boda “como pequeño homenaje”, nos cuenta.

Aunque su mayor legado posiblemente fue el mejor consejo que les hizo llegar a sus hijos. “Siempre nos decía que había que disfrutar de la mesa y de la vida al máximo. Justo como él hizo”, concluye Pau.

Oihana Subijana

Pedro Subijana y familia.

De los tres hijos que tiene Pedro Subijana, ella, la mediana, es la única que trabaja codo con codo con él en su emblemático Akelarre, como directora del hotel y en la gestión de todo el restaurante. “Llevo ya más de 15 años trabajando aquí. Hemos vivido la profesión de mi padre en casa toda la vida y de forma muy natural”, nos explica.

Pero reconoce que el negocio familiar no siempre estuvo en sus planes: “De jovencita tenía muchas inquietudes, buscaba formarme también como persona, viajar, conocer otras formas de ver la vida… y siempre he sido una melómana empedernida. Estuve un tiempo trabajando en la industria musical, pero mi sitio siempre ha estado en Akelarre. No me cambiaría por nadie”, asegura.

Oihana afirma que tener como padre a uno de los mejores y más famosos cocineros del país son todo ventajas: “Tanto mis hermanos como yo estamos muy orgullosos de ello. Y hemos aprendido desde niños, casi sin darnos cuenta, muchas cosas que hoy valoramos muchísimo. Las conocemos sin haberlas estudiado, porque las hemos vivido en casa en nuestro día a día. Somos muy afortunados”.

Y más cosas que aprenden de él sin parar, porque confiesa que el grupo de WhatsApp de la familia siempre está activo con preguntas y consejos sobre cocina. ¿Y qué hay de enseñanzas más allá  de la gastronomía? Oihana lo tiene claro: “Nos ha transmitido muchísimos valores, pero destacaría la capacidad de sacrificio, la autoexigencia y la resiliencia”.

Francisco Javier Roncero

Paco Roncero – año 1997

Al ser hijo de un chef de la talla de Paco Roncero, Javi (1996) –como le gusta que le llamen– se ha sentido atraído por la gastronomía desde su infancia. Por eso, tras acabar la enseñanza obligatoria y el bachillerato, entró en la escuela de cocina Simone Ortega para cursar el grado superior de Cocina y actualmente compagina los estudios de Administración de Empresas con el trabajo en la cocina de banquetes del Casino de Madrid, aunque también ha estado de stagier en Ramón Freixa Madrid y en Paco Roncero Restaurante (es decir, en el restaurante de su padre).

Y es que ser ‘hijo de…’ tiene ciertas ventajas, como “la cantidad de puertas que se abren y la posibilidad de conocer mundo”. Y también, claro está, que comes cosas ricas. “Del restaurante me gustan todos sus platos. Y en casa no nos ha cocinado mucho porque siempre estaba trabajando, pero con cualquier cosa que hubiera en la nevera siempre hacía maravillas”.

Además de la comida, Javi recuerda alguna que otra anécdota graciosa junto a su padre, como aquella sesión de fotos que le hicieron en el Casino. “Era la primera vez que mi hermana y yo probamos la gelatina de aceite, y además nos hicieron comer unos fideos crudos únicamente para fotografiarnos. Sin embargo, nos los comíamos sin parar teniendo que repetir una foto tras otra”, rememora entre risas.

Asimismo reconoce que no todo es positivo de tener un padre tan mediático: “La gente siempre te analiza de otra manera por ser hijo de cocinero, y a veces te sientes juzgado”, confiesa. Algo que, por otro lado, a Javi seguramente le resbala gracias a los buenos consejos que le ha dado su padre: “Me ha enseñado a valorar lo que tengo, a saber lo que cuesta conseguir las cosas y lo que es trabajar. Su mayor lección sirve para todo en la vida y creo que en la cocina es muy importante: sin esfuerzo no hay recompensa”.

Rita Soler

Juli y Rita Soler en elBull en 2009

Hija de Juli Soler –que nos dejó en 2015–, Rita (1990) es la segunda de tres hermanos y hoy desarrolla su actividad en elBullifoundation, el proyecto de divulgación que nació como la evolución del mítico elBulli que fundó su padre.

En un primer momento ella decidió estudiar cocina, a pesar de que su padre siempre le decía que mejor se dedicara al mundo del servicio. “Decía que no había nada mejor que ver cómo el comensal disfruta y juega con tu trabajo, que desde una cocina nunca ves ese resultado… Después, con el paso del tiempo preferí ser camarera”. Pero al cabo de dos años, cansada de perderse todas las comidas familiares los fines de semana, empezó con Gestión y entró en elBullifoundation, donde se ha formado en diferentes áreas corporativas y actualmente desempeña el cargo de directora editorial. “Siempre quise estar vinculada con el mundo de la gastronomía, pero no quería ser como él, que se perdió muchos momentos de nuestra infancia y de nuestras vidas”, confiesa.

Al echar la vista atrás, Rita recuerda con cariño cómo su padre les animaba a ella y a toda su familia “a disfrutar de todos los momentos, a ser gamberros, a no tener miedos, a reírse de todo, a improvisar… ‘¡Pórtense mal!’, decía siempre”. Lo que sin embargo tenían prohibido era comer fast food. Algo que puede resultar una faena cuando se es niño… Pero, ¿quién iba a preferir una hamburguesa del McDonald’s teniendo a su alcance a un fantástico cocinero como era Juli? “Recuerdo su arroz con cigalas, sus guisantes con jamón y zanahoria, cualquier plato flambeado, o los banquetes que hacíamos por San Esteve”, cuenta Rita. Pero sobre todo recuerda de su padre su sentido del humor: “Juli tenía mil salidas divertidas, mil bromas muy suyas, como decir en los restaurantes que era inspector de sanidad para entrar a las cocinas a saludar a sus amigos”. Genio y figura.

Alberto Sandoval

Alberto y Rafael Sandoval

Aunque lleva la gastronomía en los genes por partida triple – es hijo del sumiller Rafael Sandoval y, por tanto, sobrino de Mario y Diego, chef y jefe de sala de Coque, respectivamente–, Alberto (1997) reconoce que nunca pensó en dedicarse a la hostelería. “Siempre había tenido claro que quería innovar, crear algo propio y diferente que me gustara. Pero tampoco tenía muy claro el qué… fue cuando comencé con ellos en el restaurante cuando mi perspectiva cambió por completo”.

Y es que con 16 años se preguntaba por qué su padre no tenía tiempo para pasar con él. Así que decidió que había llegado el momento de descubrir el mundo en el que él se encontraba sumergido y al que tanto tiempo le dedicaba. “Comprendí que la hostelería era mucho más que un mero negocio, que la unión, el respeto y la conexión que existía entre mis tíos y mi padre era superlativa… Comprendí tantas cosas que sentí que tenía que seguir aprendiendo sobre ese camino”, explica.

Ahora trabaja en Coque, en el turno de cenas, como jefe de rango de martes a sábado, y este año ha comenzado en la parte estratégica, de marketing y de desarrollo de productos en el restaurante. Todo ello además lo compagina con su último año de carrera –un doble grado en Marketing & Dirección y Creación de Empresas– y un puesto en una agencia de publicidad y marketing gastronómico como ejecutivo de estrategia y cuentas. Una actividad frenética que va en línea con uno de los grandes lemas de su padre: “La entrega no es entrega si no es total”. Un consejo al que podría sumar muchos otros, como “que es mejor formar un camarero aunque se vaya, porque los valores que le enseñes no se le olvidarán jamás, o que la psicología es fundamental a la hora de atender a un cliente, ya que estamos para hacerles felices”. Sabias palabras todas ellas.

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