España, más cerca que nunca. Las circunstancias nos abocan a unas vacaciones de corto alcance que, contra pronóstico, podrán convertirse en inolvidables. Carretera y manta para redescubrir(nos).

Ahora nos acordamos de que nos estaban esperando los paisajes más evocadores, las playas más interminables o las calas más recónditas, los pueblos que siempre tienen paciencia, los castillos de nuestra niñez o las llanuras que querríamos cabalgar si no hubiéramos cambiado el botijo por el aire acondicionado. Tiempo de siesta bajo un árbol. O de hacer chof en el río. Humedales, acantilados, desiertos, caminos hacia ninguna parte. Sin señalizar. Sin ruido. Sólo nosotros.

De repente, el primer verano de nuestras vidas. Otra vez

ARAGÓN

Monasterio de piedra

De la poza al embalse y de la cascada otra vez a la poza. Un Aragón vasto y poco frecuentado que refresca el cuerpo y despeja la mente. En Teruel, el Matarraña es río y piedra. De ahí lo de la otra Toscana, que puede que sea mucho decir pero es que nunca defrauda. También se combate el calor en cualquiera de las muchas cuevas que de norte a sur ocultan el espectáculo imposible de la naturaleza más creativa. Arquitectura subterránea como colofón a la de mil pueblos con encanto. Los visitaremos todos. Recordamos que cueva del Oso nos llevaría directos al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, palabras mayores, mientras la Gruta de la Maravillas nos colocaría a un paso del Monasterio de Piedra (con su cascada en la foto), pa- labras mayores también. Pero para emociones más fuertes que el chilindrón, la que nos deparan los cañones de Guara.

CATALUÑA

Los valles de Lleida, tanto para ir otra vez a la búsqueda de pantocrátores en el Vall de Boí como para lograr en lo posible el aislamiento de una montaña de verano en el Val d’Aran. Todos estos caminos nos llevan a los Pirineos. Cielos despejados. Naturaleza exuberante. Sentirse un piojo en el mundo. Y contar cientos de lagos en Aigüestortes.

Otra muy buena opción es tirar al Priorat y marearse en un paraje inaccesible de curvas, con mucho vino de alta personalidad y caracoles bien sabrosos. Como retirarse en la sor- prendente Cartoixa d’Escaladei, a la sombra del macizo de Montsant. Desembocar luego en Ametlla de Mar para bañarse con cientos de atunes, una Costa Dourada vitaminada pero sin necesidad de tiburones. Qué lejos nos queda Cadaqués… pero intentaremos llegar en nuestro viaje.

LEVANTE

Pueblos entre barrancos y montañas. Desde la monumentalidad medieval de Morella, un pueblecito pequeño pero matón en Els Ports de Castellón, con el castillo erigido sobre la Mola de piedra, a Les Useres, rodeado de restos ibéricos. En la Sierra de Irta tocaremos más castillos y nos asomaremos a más acantilados sobre el mar.

¿Valencia? Fácil: tenemos la muy instagrameable Albufera (en la foto), aunque no baste. Bueno, también tienta perderse en la Sierra Calderona, donde subir y subir para acabar oteando el Mediterráneo.

De Alicante nos quedamos con sus paellas rurales, a ser posible con conejo. La de Casa Elías, en Monovar, lleva también caracoles. Nos encantan los caracoles, de eso no hay duda. El escarpado Guadalest, en la Marina Baja, sabemos que es pintoresco a más no poder. Y ya que estamos, igual nos desviamos hasta allí desde Altea para recorrer la Sierra de Aitana. En Dénia, una fórmula que resulta perfecta: la zona de Les Rotes + gamba roja = verano.

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