En el corazón de Chueca, en la calle Libertad, hay lugares que no necesitan reinventarse para seguir siendo relevantes. Celso y Manolo es uno de ellos: una tasca castiza que sabe convivir con el presente sin perder su forma de entender la hostelería.
El local ocupa el antiguo espacio del Restaurante Argüelles y conserva ese aire de Madrid que ya no se fabrica. La barra de mármol, ocho metros de historia desde los años 50, no es un detalle estético, sino el verdadero eje del lugar: aquí todo ocurre de frente, sin distancia.
La historia se remonta a 1965, cuando un joven de 16 años llegado desde Cangas del Narcea aterrizó en Madrid con la intención de empezar de cero. Se llamaba Manolo. Entró en una pequeña tasca de la calle Libertad y aprendió el oficio desde abajo, entre cajas, cañas y cocina de batalla.
Con los años, aquel aprendizaje se transformó en proyecto propio. Manolo tomó el relevo del local, incorporó a su hermano Celso y construyó una manera de entender la hostelería basada en el trabajo constante, la cocina honesta y una barra como punto de encuentro. De ahí nace la historia que hoy sigue viva en Chueca.

La experiencia arranca, como debe ser, con un vermut servido sin artificios, que marca el ritmo de una propuesta centrada en el tapeo. Aquí las tapas no acompañan: sostienen la identidad del lugar.
Entre los entrantes, destaca la tortilla de Santander con pulpo del Cantábrico y alioli, una elaboración que no busca el impacto gratuito, sino el equilibrio entre producto, textura y sabor. El pulpo aporta profundidad marina, mientras que el alioli suma untuosidad sin dominar el conjunto, en una combinación que refuerza la idea de cocina reconocible, pero bien pensada. Es una tapa con intención. La ensalada de tomate refuerza esa misma idea de sencillez bien entendida: tomate de calidad, tratado con respeto y servido sin distracciones, donde el producto habla por sí solo.
La carta se mueve entre lo tradicional y lo actual, con producto cuidado, ingredientes ecológicos y una bodega bien resuelta que acompaña sin imponerse.
Lo que define a Celso y Manolo no es solo lo que se sirve, sino cómo se habita. En sala, los jefes de equipo, con Samuel al frente, mantienen ese trato cercano que forma parte del ADN del local: si dudas, te orientan sin ruido, con criterio y naturalidad.
En la barra, en el ritmo del servicio y en el tipo de clientela, permanece una forma de entender Madrid donde no se viene a impresionar, sino a estar, a disfrutar.
En un contexto de aperturas constantes y conceptos cada vez más efímeros, Celso y Manolo recuerda que la verdadera modernidad también puede ser continuidad: oficio, memoria y una manera de hacer que resiste al tiempo.