La tasología tiene su origen en la cultura china. Consiste en leer el futuro a partir de los posos del té que quedan adheridos a la taza. También existe la catefomancia, un tipo de ‘videncia’ que aplica el mismo proceso a los posos del café. La  bibliografía sobre este tema podría llenar varias estanterías con ejemplares que fueron perseguidos durante décadas al ser considerados como ‘moralmente peligrosos’. En la actualidad, resulta bastante sencillo acceder a este tipo de información. Sin embargo, vivir en primera persona y entender la cultura que rodea la tasología no lo es tanto.

Esta es la historia de Carmen Tacoronte, quien leyó miles de tazas de té hasta el día de su muerte, y de cómo la Guardia Civil le pidió ayuda para resolver la desaparición de un niño durante el carnaval de Tenerife.
Lo cuenta su nieta, sentada en el patio del hostal que regenta en La Laguna.

LA FAMILIA TACORONTE

Mi abuelo Miguel medía casi dos metros. Y mi abuela Carmen 1,78. Eran, para la época, verdaderos gigantes. Por eso su mayor miedo durante años fue tener un hijo de tres metros, una especie de monstruo al que no fuesen capaces de alimentar y cuyo tamaño le impidiese vivir en casa. Así, con este terror instalado en sus vidas, nació mi madre. Y dicen que muchas noches, hasta que cumplió 16 años, uno de los dos se despertaba a gritos en mitad de la noche y se iba a toda prisa hasta la cama de la niña para comprobar que todo mantenía su tamaño normal. Entonces murió mi abuelo. Y nadie volvió a levantarse jamás para comprobar que mi madre seguía midiendo lo mismo que el día anterior.

El día que me contaron esta historia, me acerqué a la abuela Carmen y le pregunté por qué dejó de ir a la habitación ‘de madre’ cada noche. Ella me miró y dijo: “porque el abuelo lo hacía por mí. ¿Qué sentido tiene montar guardia junto a un fantasma? Además, al rato venía a mi cuarto y me contaba todo. Incluso lo que todavía no había ocurrido”.

UN SECRETO EN LA MONTAÑA

Cerca de La Laguna, en mitad de una ladera en la que el verde de los árboles se turna la presencia con el blanco de la niebla, nació la abuela Carmen. Su padre trabajaba en el campo y repartía, entre la familia y el alcohol, las pocas horas libres que le quedaban. Era un hombre bueno, pero dicen que muy triste. Solía sentarse en la escalera de entrada por las noches. Desde allí gritaba “¡Carmencita!”, y mi abuela corría a sentarse con él. Comenzaban entonces las historias de monstruos y espíritus que paseaban por aquel lugar, escondidos entre las hojas y la tierra húmeda. A todos ellos aprendió a quererles la abuela Carmen. Salvo a uno: el guaraifo. El padre decía haberlo visto una noche cuando tenía ocho años, la semana en que desapareció un niño del pueblo.

“Vive allá en lo alto. Me lo contaron mis padres cuando era más pequeño que tú. Detrás de la roca grande, al llegar al pico, existe un agujero que no tiene fin. De ahí vienen los luchos, los magos y los tafarones. Ya sabes que a esos no debes tenerles miedo porque cuidan de nosotros. Pero no todo lo que sale del agujero es bueno. Hay males que la tierra deja escapar porque no es capaz de encerrarlos. Y el peor de todos es el guaraifo. Yo lo vi una noche. La niebla estaba muy abajo y no se oía ni un solo ruido. Entonces resonó un bufido, como si la montaña respirase, y algo, como una sombra enorme, pasó junto a la valla y se perdió en el pueblo. Aquella semana desapareció un niño. No lo encontraron jamás. Por eso le dejamos siempre una botella a nuestros amigos en la puerta, porque se pasean durante la noche y nos protegen del guaraifo. Y ahora, vete a dormir”. “Padre”, le decía mi abuela desde la puerta, “no se olvide la botella para los amigos, por favor”. A la mañana siguiente, allí estaba la botella. Siempre vacía.

DE PADRES A HIJOS

“Hoy ha venido la muerte a buscarme”. Eso le dijo la madre de la abuela Carmen a su hija cuando esta cumplió 15 años. “Le he dicho que necesito tiempo para ordenar las cosas, que tú eres todavía una niña y ahora me viene mal morirme. Pero te aviso: me queda poco. Así que ya puedes aprender todo lo que tengo que enseñarte y dejar que me vaya tranquila. Porque como me marche así de este mundo, me va a tocar volver y molestaros a ti y a tu padre todo el tiempo. ¿Es eso lo que quieres?”.

La mujer vivió trece años más. Aun así, cuando la encontraron tendida en el patio trasero, tuvo tiempo de decirle a la hija: “ya te avisé, que no me quedaba nada”.
Se fue con la sensación de que no había tenido el tiempo suficiente para enseñarle a la abuela Carmen todas esas cosas que antes le había enseñado su madre a ella. Algunas tenían que ver con rituales de protección y extrañas costumbres. Otras con la medalla que hacía oscilar sobre cuatro cartas cuando alguien del pueblo se lo pedía.

Todo eso se perdió. Pero lo más importante sí que logró explicarlo con detalle: “los posos del té saben de ti más que tú misma. No lo olvides. Cuando aprendas, podrás ayudar a la gente. Pero no cobrarás jamás. Porque entonces perderás La Luz. ¿Lo has entendido?”.

UN POCO DE HISTORIA

La taseografía, taseomancia o tasología podría definirse como ‘el talento de ver el futuro en los posos del té’. Un buen ejemplo es The Art of Unkonwn (Robert Hendricks, 1897), libro que durante mucho tiempo estuvo prohibido en algunos países al considerar que se sumergía en el terreno de la magia negra. Algo parecido le pasó a Shaajr Ben-Du muchos siglos antes, cuando publicó su tesis sobre el tema y fue juzgado por ‘prácticas esotéricas’. Mala suerte. La misma que tuvo Joseph Beanne con su Beyond the Courtain (1905), Madamme Dauphine con su From the other side (1923) y Patrick Foster con Help my soul (1951), un libro que, además, le colocó en la lista de los mayores enemigos de América por su supuesta relación con grupos de extrema izquierda.
Lo curioso del tema es que los primeros documentos  que registran ‘actividades taseográficas’ en Europa se remontan a la Edad Media. Cierto es que por aquel entonces se leían manchas de cobre, cera y otras tantas sustancias. Luego llegaron los mercaderes cargados de té desde China y la cosa cambió. Comenzaba entonces la taseografía tal y como se ve en las películas, con sus tazas pintadas y su ritual característico.

Cuando uno coge un manual -de los citados anteriormente o de los miles que aparecen en internet-, lo primero que encuentra es una descripción más o menos detallada del tipo de taza que debe usarse. En resumen, existen tres grandes grupos de ‘tazas para tasología’.
El primero presenta dibujos ‘astrales’ en el interior y ‘zodiacales’ en el plato. Sí, el plato también es importante -luego se verá por qué-. El segundo grupo de tazas muestra cartas ilustradas en el interior. Y el tercero, unos símbolos que pueden buscarse fácilmente en el manual y comprobar qué significan. Todas ellas, dicen los libros, ayudan al ‘interprete’, aunque muchos taseógrafos utilizan tazas blancas de las que cualquiera tiene en su casa. Aclarado esto, llega el siguiente paso: el ritual. Pero lo mejor es entenderlo con una historia.

PASO A PASO

Decía mi abuela que el fantasma del abuelo Miguel sólo dejó de ir a verla por las noches durante un año, el tiempo que duró la enfermedad de mi madre. Luego murió y yo me quedé a vivir con ella. Al principió me costó adaptarme, sobre todo por las visitas de la gente que venía a pedir ayuda. La abuela Carmen les atendía en el salón y a mí me dejaba ir a jugar a la calle. Después me llamaba y me pedía que le ayudase a limpiar los restos de té que quedaban sobre la mesa. Entonces me explicaba el significado de aquellas cosas: “¿Ves eso? Parece una chimenea, ¿verdad? Pues significa que se nos viene algo encima”. Yo no entendía nada. Como tampoco comprendía que todas las noches sacase una botella a la puerta o que de madrugada se la escuchase hablar a una esquina de la habitación. Mi abuela se comportaba de un modo incomprensible, pero la gente que iba de visita se volvía a su casa mucho más tranquila. Aquello no podía ser tan malo. El recoger las tazas dio paso a más explicaciones. También comenzó a contarme historias sobre la montaña, sobre mi abuelo y sobre mi madre. Me habló del dolor que provoca perder a alguien y de cómo ese vacío se transforma en una incertidumbre que devora a las personas. Pero eso sólo les pasa a quienes no creen. Porque no creer es perder toda esperanza.

La primera sesión que vi al completo fue con un hombre de unos 40 años. La mujer le había dejado con tres críos y quería saber si ella regresaría en algún momento. La recuerdo por ser la primera, pero también porque me llamó mucho la atención ver llorar a aquel tipo tan grande, que trabajaba en el campo y saludaba a la gente con gruñidos en vez de palabras. El proceso, algo resumido, fue el siguiente:

1_Preparación. Sobre la mesa había una taza y un plato. No tenían nada de especial. Eran una taza y un plato sin más. El té, sin colar, estaba listo en la cocina.
2_El señor le contó sus problemas y quiso hacerle unas preguntas a la abuela Carmen, pero esta le interrumpió diciendo que ‘el té habla de lo que quiere; no responde interrogatorios’. Lo sirvió y se sentó frente a él.

3_A su ritmo, el hombre se bebió la taza -con cuidado de no tragarse las hojas- mientras hablaba de su vida y sus problemas. Ella le escuchó sin decir nada.
4_Cuando hubo terminado, removió ligeramente el recipiente, lo colocó boca abajo sobre el plato y le dio unos golpes en la base. Cayeron algunas hojas y otras quedaron en el fondo. Miró a la abuela como pidiendo consejo, y ella extendió las manos para que le diese la taza.

5_ Comenzó a leer los posos desde el borde, justo bajo el asa, y siguió todo un camino, trazando una espiral, desde este punto hasta el fondo. El inicio simboliza el presente. Y el futuro se descubre a medida que esta espiral desciende. Los acontecimientos más lejanos se encuentran en la parte más profunda de la taza.

No recuerdo qué vio. Sólo sé que aquel vecino rompió a llorar y se fue al rato dando las gracias. Este proceso lo vi repetirse miles de veces. Siempre era así. Del punto 1 al punto 5. Los resultados, claro, eran diferentes. Algunas personas salían felices y otras no. Supongo que muchas se iban decepcionadas, como si hubiesen entrado con la idea de que aquello iba a ser un espectáculo de luces y sonido. Pues no lo era. Diría más bien que todo lo contrario.

Pero resultaba mágico. La abuela no vivía de ello. No les cobraba nada. Sólo quería ayudar.
Así pasaron dos años hasta el día en que la Guardia Civil llamó a la puerta y preguntó por la abuela Carmen. “Ha desaparecido un crío. Tiene seis años y ya no sabemos dónde mirar”.

EL GUARAIFO

El niño desapareció de su habitación durante la segunda noche del carnaval. Afuera estaba toda la familia y varios amigos. Nadie vio nada. Se les interrogó, tanto a ellos como a los vecinos, durante dos días. También se organizaron grupos de búsqueda que recorrieron la zona por cuadrículas. Se reforzaron los efectivos en las salidas de la isla y las carreteras se llenaron de controles. Detuvieron a un pederasta que vivía por la zona, pero le soltaron porque no había nada contra él. Recuerdo que aquel hombre tuvo que marcharse de la isla por lo que le hicieron una vez estuvo en la calle. Prácticamente fue el único sospechoso. Él y los padres, aunque estos de forma indirecta. Se habían criado en una zona donde se movía droga y la Guardia Civil pensó que quizás tuviese alguna relación. Pero no fue así. Al quinto día llamaron a mi abuela. Estaban desesperados. Sólo querían encontrar al niño. Como fuera. La abuela Carmen recibió al sargento del puesto en el salón de casa. De lo que hablaron, no tengo ni idea.
A mí me sacaron de la habitación y me mantuvieron apartada en todo momento. Sé que se la llevaron a varios interrogatorios. La abuela me contó alguna cosa, pero no muchas. Intuyo, entre lo que me dijo ella y lo que luego se supo, que ‘leyó a los padres’ y a algún otro miembro de la familia. Tampoco sé lo que le dijo a la Guardia Civil exactamente, pero entró en nuestra finca diciendo “han sido los padres. Te lo digo. Han matado al niño. Esos hijos de puta han matado al crío y lo tienen escondido. Son el guaraifo. Hazme caso. Y se lo han llevado al agujero”. Lo mismo debió decirle al sargento, a los agentes del puesto y a los efectivos que vinieron de la línea a investigar.

Al padre le detuvieron por un altercado violento esos días. Se peleó con otro tipo en un local cerca de casa y todo apuntaba a que podía estar relacionado con la desaparición de su hijo. De alguna forma, la gente se había programado para creer a la abuela Carmen. Pero todo se vino abajo cuando un vecino se entregó por el asesinato del niño. Llevó al sargento hasta un pozo y les dijo que estaba ahí abajo. Tardaron un día entero en sacarlo. Según dijeron, el tipo entró en la casa por la noche, aprovechando que todos estaban bebiendo, y quiso llevarse al crío porque ‘los padres le daban mala vida’. Al despertarse, el niño gritó y el vecino se puso nervioso. Lo mató por accidente, tratando de hacer que se callase. Y cuando se vio con el niño muerto en los brazos, decidió deshacerse de él en un pozo, al sur de la isla. Eso era todo. Los padres no tuvieron nada que ver.

Durante días, la abuela Carmen no dijo ni una sola palabra. Sólo deambulaba por la casa, miraba por la ventana y dormía. Pasado un tiempo, me cogió la mano mientras leía en el salón y me dijo: “Niña,  me equivoqué de guaraifo”.

DESPEDIDAS

Después de aquello, se redujo bastante el número de visitas para que les adivinaran el futuro. Algunos se acercaban a casa, puede que sólo por la curiosidad o por matar el tiempo. La mayoría eran mujeres mayores que creían en los mismos cuentos que mi abuela. Pero gente joven, nunca. Esos se hartaron de historias. Y si quieren saber algo del futuro, lo buscan en internet.

A los padres del niño les volví a ver alguna vez. Paseaban en silencio por el borde de la carretera, de su casa al mirador de Los Dos Cielos y del mirador a su casa. Siempre iban de la mano. Dicen que encontraron el uno en el otro la razón para no morirse de pena. Creo que acabaron vendiendo la casa y yéndose de la isla. Normal. Algunos lugares no nos dejan avanzar.

Yo aprendí a leer los posos del té por amor a la abuela Carmen. Jamás me creí que el fantasma de mi abuelo se acercase a verla todas las noches, y mucho menos que le hablase del futuro. Ella mantuvo toda la vida que era cierto. Y una mañana, preparando café para el desayuno, se acercó muy sonriente y me dijo que el abuelo Miguel había ido aquella noche a buscarla para marcharse. Le recordé que a su madre le había pasado igual, y que, al parecer, existía cierto margen entre aviso y ejecución. Pero en menos de una semana mi abuela estaba muerta. Se fue sin hacer ruido, tumbada en su cama. Todo el mundo vino a despedirse, incluido el sargento de la Guardia Civil, con quien tuvo muy buena relación durante todos los años que siguieron a aquel caso. La enterramos en el cementerio que hay a los pies de la ladera en la que se crió. No tuvo tiempo de conocer a mi hija, aunque a veces le cuento sus historias. Le digo que no tenga miedo, que sólo son eso, historias. Y ella siempre me acompaña, cada noche, a dejar una botella en la puerta.

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 42, abril 2019.
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