Cultura

Sal, ajos, huevos, uvas… Estos son los alimentos a los que rodea la superstición

Pasar bajo una escalera, que un gato negro se cruce, pero ¿qué hay de esas supersticiones que tienen que ver con los alimentos?

Unas alegran las situaciones. Otras tiran a la basura un buen día… Existen obsesiones para todos los gustos (nunca mejor dicho). Como nos cuenta María Victoria Sánchez, directora del centro GrupoLaberinto Psicoterapia para la Salud: “Hay un componente muy importante cultural y familiar de aprendizaje; en este sentido se pueden ‘heredar’ de nuestros padres, abuelos… pasando de generación en generación. Estas serían colectivas e históricas. También están las supersticiones personales, influyendo la personalidad, estrategias de afrontamiento, sensación de autoeficacia, optimismo o pesimismo, entre otros factores”.

Se mueven en una nebulosa en la que es complicado rastrear una causa clara, objetiva: “Es menos probable que una persona con alta autoconfianza tenga supersticiones, ya que está más enfocada en sus propios recursos, en la repercusión de sus acciones y en su capacidad para afrontar problemas, además de que puede estar más receptiva a contar con la ayuda de otros cuando lo necesita. En algunos casos puede haber una negatividad de base que se externaliza y se achaca a determinadas situaciones. Por ejemplo, de cara a preparar un examen, si el día de la prueba se me olvida un amuleto o cruzar
los dedos y suspendo, achacaré el fracaso a eso y no a que la falta de confianza
quizá ha generado menos motivación, más distracción, falta de concentración, ansiedad, bloqueo…”.

«Es menos probable que una persona con alta autoconfianza tenga supersticiones, ya que está más enfocada en sus propios recursos».

María Victoria Sánchez, directora del centro GrupoLaberinto Psicoterapia para la Salud.

El problema con esto de las supersticiones viene cuando desembocan en algo patológico, casi enfermizo: “Dependerá de la influencia que tiene en la vida de una persona. Podemos diferenciar varios parámetros. Uno es la frecuencia, es diferente que sea algo muy puntual a algo casi cotidiano en la vida, por ejemplo: tener que hacer determinadas acciones de una manera muy concreta para disminuir la ansiedad convirtiéndose en rituales, compulsiones…). Por otro lado surge la magnitud y duración de su influencia, desde algo casi anecdótico, cuando dejamos de pensar en ello segundos o minutos después, a algo que tenga una gran repercusión emocional. A mayor frecuencia e intensidad, más impacto tendrá en la existencia de la persona, pudiendo ser algo muy problemático en algunos casos, llegando a afectar al ámbito social, laboral, familiar…”. Venga, refuercen su confianza en sí mismos y vamos a sentarnos a la mesa, que para esto estamos aquí:

La sal: derramarla invoca al diablo. Para contrarrestar el mal augurio, el que ha cometido tal desfachatez tiene que esparcirla por detrás del hombro izquierdo. ¿Lógica? Bueno, en el Imperio Romano la sal era un bien muy preciado, moneda de cambio y preservación de alimentos, y malgastarla era un sacrilegio.

El agua: brindar con ella trae mala suerte. Los antiguos griegos honraban a los muertos con vasos llenos de agua para simbolizar su viaje hacia las profundidades del Hades. Así que hacerlo con alguien supone desearle mala suerte e incluso la muerte. Si no realiza el chinchín con agua, mírese a los ojos o le viene una época de mal sexo.


El pan: colocarlo boca abajo es una ofensa al cuerpo de Cristo y lleva consigo desgracias. Si se cae al suelo, béselo o santígüelo. Los espaguetis: aparte de que cortarlos antes de echarlos al agua hirviendo es un ‘pecado’ para los puristas italianos, para los chinos, los fideos largos simbolizan longevidad. Si los corta, resta tiempo de vida. Por lo mismo, en Japón y China no los muerden, se sorben. Usted verá…

Las uvas: comérselas al ritmo de cada campanada de fin de año trae buena suerte y prosperidad (aparte de provocar peligrosos atragantamientos). Pero si derrama su zumo, o sea el vino, en la mesa tiene dos caminos mentales a tomar: el chungo, porque está tirando la sangre de Cristo; o señal de bonanza si moja
la yema de los dedos y se toca con ellos la frente. Y nunca, ¡nunca! servirlo –también vale para el champán o el cava– con la mano izquierda. Hacer esto en el medievo significaba falta de respeto. Si encima le da la copa primero al de su siniestra, le está acusando de traición, vamos, que se lo digan a los de la mafia.

Los huevos: ¿No quiere que llueva un día en concreto? Sitúelos en las esquinas de la estancia más grande de la casa o llévelos a un convento de clarisas. Antañonas leyendas sostienen que si casca un huevo y tiene dos yemas… boda cercana o nacimiento de gemelos. En ambos casos, vaya preparando dinero.

El arroz: con lo bueno que está en una suculenta paella y malgastarlo tirándoselo a los recién casado para que su vida se colme de riqueza, felicidad y fertilidad…En la vieja Roma se les arrojaba trigo como señal de buena cosecha, lo que era decir buena suerte. Y en la Edad Media apareció la costumbre del arroz.

Los palillos: nos referimos a los palillos chinos o chopsticks. Estos hay que descansarlos siempre sobre el platillo de al lado o apoyarlos en el hasioki, el soporte destinado para dicho menester. Si se clavan en el arroz (o en cualquier condumio) de un bol es presagio de muerte prematura y mala suerte, ya que ésa es la manera en que los asiáticos colocan el incienso para honrar a sus fallecidos.

El ajo: comerlos ahuyenta a la pareja de turno al inflarle a besos, pero colgados tras la puerta de entrada de casa o del trabajo son considerados un amuleto, ya que se dice que espantan la envidia, las malas vibraciones y el mal de ojo.


El té: Asia es un manjar de supersticiones y no podían faltar en su icónica bebida. Si la tapa de la tetera se deja destapada, recibirán malas noticias; si se derrama al servirlo, indica que un secreto va a ser revelado. ¿Que queda azúcar en el fondo de la taza? Una persona está enamorada de usted.

Calabaza: sus vaticinios se asemejan a los del ajo. En su casa o en el trabajo, sitúelas en lugares de paso y las cucurbitáceas (también valen calabacines o ahuyamas) se ‘tragan’ las malas energías. Cuanta más mala leche hay en el ambiente, más se oscurecen. Y ése es el momento de desecharlas y recambiarlas por otras frescas.