El imaginario yanki nos ha inundado con imágenes de su celebración de Acción de Gracias a través de la cultura popular, ya sea en incontables series de TV o en películas como Tienes un e-mail, Esencia de mujer o Dos viejos gruñones… Se trata, junto a Halloween, de la tradición norteamericana más exportable, quizá por su carácter inclusivo: consiste en dar gracias por lo bueno que nos haya traído el año, sin vínculos con la religión.

El plato icónico de la cena de Thanksgiving es el pavo, y si uno hurga en el origen de esta costumbre, se topa con rituales de agradecimiento a Dios por las cosechas. Aunque en casi todas las culturas hay celebraciones de este tipo, en Norteamérica se vinculan a la comunidad protestante. Y es que fueron los peregrinos que llegaron al Nuevo Mundo a bordo del Mayflower los iniciadores de dicha tradición.

Huyendo de las persecuciones religiosas en Inglaterra a comienzos del s. XVII, se instalaron en Plymouth en 1620. Su idea era llegar a Virginia, pero las tormentas y ciertos errores de navegación los llevaron 800 kilómetros al norte, hasta Massachusetts, una región notablemente más fría de lo esperado. El duro invierno causó hambrunas y epidemias que diezmaron sus filas. Sólo pudieron sobrevivir gracias a la hospitalidad de los indios Wampanoag.

Pese a todo, para octubre del año siguiente los peregrinos obtuvieron la primera cosecha en su nuevo hogar, y lo celebraron con lo que se considera el primer ‘Día de Acción de Gracias’. Así lo narró Edward Winslow, uno de los líderes colonos. A la fiesta fueron invitados 90 indígenas que, junto a 53 fundadores de Nueva Inglaterra, celebraron un banquete cuya repercusión se deja sentir hasta hoy. Habría que esperar hasta el siglo XIX para que el Día de Acción de Gracias alcanzara el rango de fiesta nacional. Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de EE UU, declaró, con librea y peluca, que “ningún ciudadano de los Estados Unidos se abstendría de comer pavo el Día de Acción de Gracias”. Pero, ¿por qué pavo?

Cuando el presidente Abraham Lincoln declaró el Día de Acción de Gracias como fiesta nacional en 1863, el pavo estaba predestinado a formar parte del menú. Y es que a mediados de ese siglo se reimprimieron los diarios de un colono, William Bradford, que en Of Plymouth Plantation describe cómo los peregrinos cazaban aves salvajes –patos o gansos– durante el otoño de 1621. Dado que el pavo salvaje es un ave nativa del norte de América, encajó a la perfección en el menú de la festividad.

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Eran más grandes que el pollo y, por tanto, podían alimentar a una familia hambrienta alrededor de la mesa. Y a diferencia de vacas y gallinas, carecían de un propósito adicional como dar leche o poner huevos. Siendo además menos comunes que el cerdo, eran idóneos para una ocasión especial. Y eran, sobre todo, americanos.

La receta original del pavo de Acción de Gracias

Para encontrar el menú característico de Acción de Gracias hay que husmear en American Cookery, el primer libro de cocina estadounidense autóctona (hasta entonces sólo había recetarios ingleses) donde se prefigura. La autora, Amelia Simmons, fue una especie de Simone Ortega de la época, con cara adusta y pelo peinado con tenacillas, y de la que apenas sabemos que firmaba como “huérfana americana”.

Junto a las recetas de especialidades de Nueva Inglaterra, como el budín indio o el johnnycake (un pan plano de maíz), Amelia nos da una receta primitiva del pavo de Acción de Gracias: habrá de rellenarse con pan de trigo blando y grasa de res, tres huevos, un poco de tomillo dulce, mejorana dulce, pimienta, sal y, opcionalmente, una agalla de vino. Para acompañarlo, salsa de arándanos, puré de patata y pastel de calabaza de postre. Simmons recomendaba colectar las patatas antes de otoño y almacenarlas en un desván seco. Y desaconsejaba el ajo, muy querido por los franceses, pero que para la autora tenía más virtudes medicinales que culinarias. Había fijado en letra impresa el menú prototípico de Thanksgiving. Salvo leves variaciones, el menú de la cena ha permanecido invariable en lo esencial.

El Día de Acción de Gracias, conocido coloquialmente como el ‘Día del Pavo’, es en el que más se come en los EE UU, lo cual es mucho decir tratándose de un país singularmente
tragón y habituado a raciones XXL. Los pavos mastodónticos suelen ser del tipo blanco de pecho ancho, criados especialmente para los banquetes debido a su gran tamaño (pueden llegar a los 18 kilos). Nadie se queda con hambre.

Educados en la periferia aculturada del Imperio, hemos crecido con las imágenes de grandes pavos en medio de una mesa opípara, y cada vez son más los restaurantes que ofrecen menús especiales para ese día. Quizá no tardemos en abrazar esa costumbre importada como hemos hecho con otras. Un suplemento calórico perfecto para combatir el frío y preparar el safari consumista del Blackfriday, al que justo precede en el calendario. Cenar pavo, ¿por qué no?

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