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Hay tradiciones que continúan imperturbables en estos tiempos modernos. Y la de comernos las doce uvas al son de las doce campanadas en Nochevieja es una de ellas.

Este año de pandemia la Puerta de Sol de Madrid estará desierta, pero las cámaras de televisión no le quitarán ojo a su emblemático reloj, al tiempo que los espectadores harán lo propio con la Pedroche y su modelito de turno (otra de las grandes tradiciones navideñas que se han asentado en los últimos años).

Porque en el fondo todo sigue igual, con o sin virus: te entrará la risa cuando tu suegra se atragante con la cuarta uva, como siempre, aunque quizá este año lo veas por Zoom en vez de en directo; serás testigo de cómo tu cuñado descorcha torpemente una botella de champán, otra más, echándolo a perder; y, cómo no, al acabar las campanadas recapitularás todos los buenos propósitos que tienes en mente para este nuevo año y que abandonarás antes de que acabe enero. Benditas tradiciones.

¿Pero por qué diablos comemos uvas en Nochevieja? El origen de este ritual, como sucede con tantos otros, no está del todo claro. Aunque tras uno de nuestros exhaustivos trabajos periodísticos de investigación, hemos llegado a la conclusión de que son dos las teorías más solventes. Y, por supuesto, ninguna de ellas está exenta de cierta guasa; que al fin y al cabo estamos hablando de una costumbre española y no podía ser de otra manera.

Una protesta satírica

Parece ser que los primeros atisbos que existen de comer uvas en Nochevieja datan de 1882, provocado por el afán recaudatorio de los políticos (¿veis como hay cosas que nunca cambian?). Resulta que aquel diciembre el alcalde de Madrid, José Abascal y Carredano, tuvo la ocurrencia de imponer el pago de 5 pesetazas a aquellos que quisieran salir a recibir a los Reyes Magos.

Existía la tradición de echarse a las calles la madrugada del 5 de enero con la excusa de dar la bienvenida a sus majestades de Oriente para, básicamente, ponerse el personal como las grecas en un gran jolgorio en el que las autoridades daban prácticamente carta blanca al desfase (de nuevo, muy tipical spanish). Y bien es sabido por todos que con esas cosas no se juega en estos lares.  

El caso es que no fueron pocos los chulapos y chulapas que aprovecharon que aún estaba permitido reunirse en la Puerta del Sol para escuchar las campanadas la noche del 31 de diciembre, para darse cita allí (nadie les iba a privar de una buena y gratuita farra). Y a medio camino entre la protesta y la burla, algunos tuvieron la ocurrencia de parodiar la costumbre importada de Francia entre la alta sociedad de tomar champán y uvas, y se echaron al gaznate una docena de ellas, coincidiendo con cada campanada del reloj.

La cosa cuajó entre las clases populares y se comenzó a repetir año tras año, reclutando más adeptos cada Navidad. Hasta el punto de que se pueden encontrar vestigios de ello en los periódicos de la época (cuando aún no había Twitter y la gente leía diarios en papel). Y el resto forma parte de nuestra historia.

Marketing vintage

Otro hecho que fue relevante en este asunto, sobre todo a la hora de potenciar y afianzar la incipiente tradición, sucedió en 1909, fecha que muchos consideran como el momento en el que se empezaron a consumir masivamente uvas en la Nochevieja española.

Aquel año hubo un excedente de la cosecha de uvas en Alicante, por lo que los productores tuvieron que rebanarse lo sesos para dar salida a tanta fruta. Hasta que a alguien se le ocurrió la genial idea de sacarse de la manga que comer doce uvas en Nochevieja, una por cada campanada, una por cada mes del año venidero, traería buena suerte. Ríete tú de Don Draper.

Si aquel hombre o aquella mujer hubiera nacido hoy en día, trabajaría en una multinacional como director de márketing y nos convencería para renovar nuestro smartphone (o cualquier cosa) cada año y medio. Y en su mesa de Nochevieja no faltarían doce uvas, por supuesto, pero tampoco varias botellas del mejor y más caro champán francés.

 

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