En verdad, todos los panes integrales alargan la vida y todos valen, en el sentido más estricto de la palabra. Pero existe un problema que nos lleva a poner esta afirmación en cuarentena: los panes integrales que, habitualmente, consumimos no son integrales al 100%.

Lo bueno de la última noticia gastronómica relacionada con la salud es que la longevidad también podría estar en el grano entero; lo malo es que no sabemos dónde encontrarlo porque la mayoría de los panes integrales que consumimos no están elaborados con granos enteros sino con un 25% de salvado y un 75% de harina refinada, lo que nos lleva a hablar de panes integrales en esencia pero falsos nutricionalmente hablando.

Según una investigación publicada en la British Medical Journal la conclusión es clara: el grano entero integral (pasta, arroces, panes) reduce hasta en un 17% el riesgo de padecer enfermedades cardíacas, infecciosas y respiratorias, también cáncer de colón y diabetes; reduciendo, además, las muertes prematuras en un 7% al añadir sólo 16 gramos de este componente en la dieta diaria.

El problema no está en consumir este grano entero o no, la complicación viene cuando tenemos que encontrar un alimento elaborado con grano entero en su totalidad.

La mayoría de los panes integrales no dispone de tal ingrediente, suelen estar elaborados con harina refinada y salvado, gastronómicamente legal y aceptado pero no nutricionalmente para poder realizar tal afirmación.