Tuvo su momento de gloria hace más de 7.000 años pero su manipulación y proceso de transformación a la hora de darle vida en la cocina era más complejo que el del trigo común. Conocida como trigo verde o salvaje, la espelta o escanda mayor fue una especie muy cultivada en la antigüedad, sobre todo en tiempos de los romanos para la elaboración de pan.

Ya en la Edad Media, su uso se expandió por Europa y Asía gracias a la gran adaptabilidad y resistencia a climas húmedos, fríos y muy duros, pero su consumo fue cayendo en desuso. Hasta hoy, que ha vuelto a coger fuerza y ha conseguido posicionarse entre los cereales más comunes.

 

Consumido principalmente en Francia y países del este, la espelta es un cereal con numerosas propiedades para nuestro interior como nuestra dermis. Tiene más proteínas que el trigo, sin embargo, al tener una concentración en gluten menor, facilita la digestión.

Rica en vitaminas y minerales, la espelta destaca por su alta composición en magnesio, un potente anti estrés que combate además la aparición de migrañas y alergias. Y también por acelerar el metabolismo (gracias a su elevado contenido en fibra) y reducir los problemas de intestino (destacando el estreñimiento), siendo un ingrediente esencial a la hora de controlar el peso en las dietas de adelgazamiento.

Existen dos tipos de espelta, la integral y la blanca, que se suelen utilizar en forma de harina para elaborar panes, pastas, bebidas ecológicas y postres. Sin embargo, también acepta otro tipo de usos en la cocina como es el caso de las ensaladas. Eso sí, para poder masticarla sin necesidad de dejarse uno los dientes, lo mejor es añadirla a modo de grano o en forma de germinados, multiplicará sus propiedades nutricionales. Así que ya sabes, la próxima vez que bajes a comprar el pan, aproveches para preparar una crema o una ensalada que sea con espelta.