Eva Soriano posa en exclusiva para Tapas en Casa Orellana (Calle de Orellana, 6, Madrid). Foto: Elisa S. Fernández

Hablar y hacer reír es una de las debilidades de Eva Soriano (Reus, 1990), y así lo hace saber durante la sesión de fotos, cuando nos pide que, por favor, la paremos cuando sea necesario. Una faceta clara de su personalidad que ha profesionalizado y que le ha llevado a colaborar en un buen número de espacios de televisión y de radio: Ese programa del que usted me habla, Las que faltaban, yu, No te pierdas nada o La Resistencia.

Actualmente es posible disfrutar de su humor random los lunes en Late Motiv, con sorpresa final incluida en forma de actuación musical, y dos veces al mes en el Palacio de la Prensa de Madrid, donde presenta su espectáculo El Pecado de Eva, en el que explica, con pelos y señales, por qué dejó el paraíso.

Considera que su filosofía de vida se resumiría en un “agárrame el cubata que voy a bailar”, porque le encanta bailarse los problemas, lidiar con ellos, pero gustándose. Una actitud que quizá, algún día, le traiga la mejor noticia posible: tener un espacio en Netflix para hacer lo que le dé la gana.

Hablar sin parar y hacer chistes es una faceta de ti que te ha llevado un poco por el camino de la amargura, sobre todo cuando tenías que atender en clase. ¿Qué te dijo tu familia cuando llegaste con la noticia de que querías dedicarte a la comedia?

Mi familia se lo tomó muy bien, porque vieron que podía tener un trabajo basado en lo que siempre estaba haciendo, bromear, hablar, contar tonterías… Así que yo creo que ellos están orgullosos de mí y de que haya conseguido monetizar la estupidez que me caracteriza.

¿Cuál crees que es el papel principal del cómico?

La comedia aparece de una necesidad de quitar hierro a ciertos problemas, intenta liberar tensión sobre temas que son difíciles de hablar y también normalizar ciertas situaciones. Si ahora hacemos chistes sobre la covid no es porque queramos burlarnos de ello sino porque queremos quitarle seriedad a un problema que es muy grande. Luego está la otra cara, que yo llamo la ‘enfermedad de los cómicos’: de una forma inconsciente tratas todos los temas con comedia y llega un punto en el que piensas “vamos a relajarnos e intentar llevar las cosas como una persona con una buena salud mental”.

¿Y dónde está el límite del humor?

Creo que se debe hacer comedia de todo, siempre y cuando tengas en cuenta el tiempo, que la herida no esté demasiado reciente, porque si no estaríamos entrando en un problema de libertad de expresión. Lo que sí creo que se debería dejar de hacer es criminalizar al cómico, no buscar siempre la ofensa y la herida, y no tomárselo como algo personal.

¿Tienes alguna pesadilla recurrente relacionada con el momento de salir al escenario?

Me preocupa mucho la voz, si pudiese me la aseguraría, como J.Lo hizo con su culo. Me genera mucha inquietud pensar que me quede muda y vivo agobiada con que me ocurra o que mi voz se resienta. La primera cosa que hago al levantarme es emitir un gritito.

Imagino que el escenario de Late Motiv la noche que hiciste el monólogo de apertura con motivo del 8-M te impuso especialmente.

Te puedo asegurar que ése fue uno de los momentos en los que más nerviosa he estado en toda mi vida. No sólo por hacer el monólogo que lleva tantos años haciendo Buenafuente y que a mí me genera un respeto tremendo, sino también por la presión de querer evitar que el discurso quedase frívolo. A nivel empaque cómico no lo consideraría mi mejor monólogo, pero sí fue en el que más sentimiento puse por estar contando algo que me afecta tanto en mi día a día, y lo cierto es que la aceptación fue buenísima.

Eva Soriano posa en exclusiva para Tapas en Casa Orellana (Calle de Orellana, 6, Madrid).
Foto: Elisa S. Fernández

¿Quién dirías que sería tu crush en el mundo de la comedia y el humor?

Uf, es muy difícil elegir. Cada vez que veo actuar a mis compañeros de Late Motiv me digo que son genios. A Patricia Sornosa, Patricia Espejo y Valeria Ros, las admiro. Luego, Broncano me hace muchísima gracia a nivel ‘tontuno’, porque se mete en marrones tremendos, pero tiene una gran habilidad para salir de ellos.

Imagina el mejor regalo que se te podría hacer como humorista…

Siempre me ha tirado la comedia musical y creo que en España aún no se ha dado con la tecla de desarrollar una como pueden hacer en EE UU con Saturday Night Live. Estoy muy golosa de hacer algo así. Pero si te dijese que lo quiero ya, te estaría mintiendo, porque creo que aún me quedan muchas cosas por hacer y aprender, para que, cuando llegue, esté a la altura.

Crees que lo épico está en lo cotidiano y abanderas el humor random. ¿Una situación muy random y muy ‘graciosa’ que hayas vivido?

Una vez perdí un tren, pero realmente no lo perdí, llegué dos minutos antes de que saliera cuando ya habían cerrado las puertas y no hubo forma de subir. Yo pensaba: “¿pero qué clase de complejo de avión tiene este tren?, que yo sepa las puertas como se cierran se pueden abrir”, así que me quedé en el andén mirándole al azafato de manera desafiante hasta que el tren se fue, y encima salió con cinco minutos de retraso.

Me fastidió muchísimo porque iba a trabajar a Valencia, pero me había cogido el tren de antes para aprovechar y comerme una paella.

Un escenario muy cotidiano que has utilizado varias veces en monólogos es el de los mercados.

Me flipa el mercado, voy al de Mostenses. Antes iba a los supermercados del centro, pero son bastante malos, así que cuando descubrí el mercado se abrió ante mí un abanico de posibilidades culinarias a precios mucho mejores. Ya conozco la jerga y sé diferenciar el buen género, aunque ya traía conocimiento de cuando trabajé en Mercadona.

Siendo de Reus, ¿cómo te gusta tomar el vermú?

Me gusta el rojo, un poco afrutado, servido con una rodajita de naranja y acompañado de patatas y aceitunas. Por ejemplo, el vermú Cori es la excelencia hecha vermú. En Madrid, en el bar del Golfo Comedy Club, del que soy socia, hacemos el mejor vermú de toda la ciudad, te lo digo como catadora oficial que soy.

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