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Champán aparte, no hay bebida más sofisticada que el Dry Martini, cuya historia comienza hace más de 120 años en Estados Unidos. Se convirtió rápidamente en la bebida americana por antonomasia y lo sigue siendo; el periodista Robert Simonson le dedicó un volumen, nada menos que la cuarta monografía sobre el tema. Sin embargo, en su fascinante libro, Simonson no habla del lugar del Dry en la imaginación europea. Y es que el trago se convirtió rápidamente en una de las puntas de lanza de la penetración cultural americana en nuestro continente en la década de 1920, gracias en particular a las comedias hollywoodenses, en las que su nombre y su copa triangular se convirtieron en sinónimos de modernidad y prosperidad.

Pocos saben hoy que en la primera época dorada del cóctel en España, justo antes de la guerra, todos los cines de la madrileña Gran Vía contaban con un bar americano. En el pack estadounidense all in de los años locos, el Dry Martini ya era imprescindible. Cuando, en 1928, Chicote describe el ambiente de su bar, menciona este cóctel más que cualquier otro. En aquella época, la receta que tanto gustaba a los madrileños se hacía con tres partes de ginebra por una de vermú seco, unas gotas de angostura y siempre removido, nunca agitado. Es menos seco que el Dry Martini actual, pero considerablemente más que los que se bebían en los mismos años en París o Londres, por poner dos ejemplos europeos.

Ese amor por el Dry muy dry es una constante española. Justo después de la guerra, Jacinto Sanfeliu explica que “en España se bebe algo más seco que la verdadera fórmula”, y señala que ya se preparan los Dry Martinis no con tres, sino con cuatro partes de ginebra. Por supuesto, esta carrera hacía la sequedad absoluta no se quedó ahí.

Luis Buñuel, que descubrió los Martinis en el Madrid de la preguerra, lo demuestra en el documental El náufrago de la calle Providencia, en el que se le ve ‘perfumando’ el hielo con vermú antes de deshacerse del vino aromatizado sobrante y finalmente añadir la ginebra. A ojo, estamos hablando aquí de nueve a diez partes de ginebra por una sola parte de vermú seco…

La obsesión de Buñuel por el Dry Martini no era solo doméstica: el difunto Fernando del Diego se refería al régimen de terror que el cineasta imponía durante sus visitas a Chicote, donde se formó el barman. Se podría descartar como la excentricidad de un excéntrico. No. Buñuel era ante todo visionario, y en esto de los bares también: el Dry Martini a su manera es el estándar actual en la mayoría de nuestros bares, del Dry Martini de Barcelona al Salmón Gurú de Madrid.

Si eres íntimo amigo de este trago, es probablemente bajo esta forma como lo aprendiste a conocer. Más de cien años después de su llegada a España, el Dry Martini es a la vez referencia visual del bar y receta de culto; no es un cóctel de moda, es un cóctel para enterados, entusiastas y bebedores con criterio. Para puristas también: mientras los mixólogos se sienten con derecho a reinventar cualquier clásico, el Dry Martini se mantiene alejado de este torrente de creatividad gracias a su longeva historia. Incluso la más radical de estas reinvenciones, el Supercool Martini del Paradiso, en Barcelona, debe su fama a una técnica de refrigeración patentada; la receta en sí, mientras tanto, sigue siendo reconocible.

Y así tiene que ser. A los iconos no se les toca.

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