Gastro

La Copita Asturiana, el restaurante de Madrid donde ‘La bola negra’ dejó una mesa para la historia

Más de seis décadas sirviendo cocina asturiana en La Latina y, ahora, una nueva legión de visitantes atraídos por el universo de Los Javis.

Los protagonistas de La bola negra, frente a La Copita Asturiana, el restaurante de La Latina que se convirtió en escenario de la película. Foto: generada con la IA.

La tercera mesa de la izquierda. Esa es la que buscan algunos de los nuevos visitantes de La Copita Asturiana, en el número 13 de la calle de Tabernillas, en pleno barrio de La Latina. No porque sea especialmente luminosa, ni porque tenga las mejores vistas, ni siquiera porque sea la más próxima a la barra. La razón está en una película.

En esa mesa, Lola Dueñas y Carlos González protagonizan una de las escenas de La bola negra, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, Los Javis, en la que una conversación entre madre e hijo termina saltando por los aires –literalmente, al menos en lo que a la cerveza se refiere–. La escena tiene la tensión, la incomodidad y ese punto de exceso emocional que atraviesa buena parte del universo de los cineastas. Y tiene, además, un escenario que parece haber estado esperando al cine mucho antes de que llegaran las cámaras.

Porque La Copita Asturiana no nació para ser un decorado. Lleva allí desde 1959.

Más de seis décadas después de su apertura, esta taberna asturiana conserva buena parte de la fisonomía con la que empezó a formar parte de la vida de La Latina: azulejos, mostrador de estaño, botellas detrás de la barra, mesas de mármol, una imagen religiosa junto a la caja, elementos decorativos de otra época y una fachada protegida por el Ayuntamiento de Madrid. Un interior que no necesita ser recreado porque ya cuenta, por sí mismo, una historia.

Ahora esa historia tiene también una escena de cine.

El Madrid de los Javis cabe en una mesa de mármol

La elección del restaurante tiene algo especialmente coherente con La bola negra. Frente a la idea de un local creado específicamente para parecer antiguo, La Copita Asturiana conserva una autenticidad difícil de fabricar. No es una reproducción del Madrid castizo: forma parte de él.

El establecimiento nació de una familia procedente de una aldea del concejo de Valdés, en Asturias. Sus primeros años estuvieron ligados a ese modelo de taberna de barrio en el que se iba a tomar un vino, compartir unas raciones o echar una partida de dominó. Con el tiempo, la cocina fue ganando peso hasta convertir el negocio en restaurante. Y ahí está una de las claves de su supervivencia: mientras la ciudad cambiaba a su alrededor, la casa permanecía.

La fachada sigue siendo reconocible desde la calle. El interior conserva buena parte de sus elementos originales. Y la cocina continúa mirando hacia Asturias, con una carta en la que aparecen fabada, fabes con almejas, verdinas, pote, callos con garbanzos, carnes, pescados y postres caseros.

Foto: La Copita Astuariana.

Es precisamente esa mezcla entre barrio, memoria y comida la que hace que el restaurante funcione tan bien en pantalla. En La bola negra, la mesa no parece un decorado porque no lo es. Parece una mesa de un restaurante madrileño en el que perfectamente podría estar ocurriendo una discusión familiar. Y eso, en el universo de Los Javis, es lo que importa.

La escena que convirtió una mesa en destino

El rodaje tuvo lugar aproximadamente un año antes del estreno de la película. Para hacerlo posible, el restaurante tuvo que alterar por unas horas su rutina habitual y abrir de madrugada para recibir al equipo.

Después llegaron las cámaras, los actores, los técnicos y una escena que terminaría teniendo un detalle especialmente recordado: Teresa, el personaje interpretado por Lola Dueñas, acaba lanzando su cerveza sobre Alberto, encarnado por Carlos González.

Ese gesto no estaba planteado inicialmente de esa manera y terminó incorporándose a la escena durante el rodaje, según el relato de los responsables del establecimiento recogido en la información de origen. Es uno de esos momentos que funcionan precisamente porque parecen demasiado espontáneos para haber sido diseñados.

La consecuencia es curiosa: una mesa que durante décadas fue simplemente una mesa pasó a formar parte del imaginario de quienes han visto la película. Y algunos espectadores han empezado a ir a buscarla.

El restaurante ha recibido incluso visitantes extranjeros atraídos por la película después de verla fuera de España. El caso de una clienta japonesa que llegó tras haber visto La bola negra en Toronto resume hasta qué punto una localización cinematográfica puede ampliar de repente el mapa emocional de un restaurante de barrio. De pronto, La Copita Asturiana ya no solo pertenece a La Latina.

Antes que escenario, una casa asturiana en Madrid

Pero quedarse únicamente con la anécdota cinematográfica sería perderse lo verdaderamente interesante. La Copita Asturiana pertenece a una generación de establecimientos madrileños que han sobrevivido a la transformación de la ciudad sin necesidad de convertirse en otra cosa. Su identidad procede de una cocina concreta, de una familia y de una manera de entender el restaurante que no depende de las modas.

Su plato más reconocible es la fabada, elaborada con fabes seleccionadas y productos de diferentes procedencias que buscan reproducir el carácter de la cocina asturiana tradicional. En la despensa aparecen también embutidos de Tineo, cecina leonesa, carnes y pescados, además de ingredientes como el azafrán manchego o el pimentón de La Vera.

Foto: La Copita Astuariana.

Las fabes con almejas forman parte igualmente de esa cocina de cuchara que ha dado fama al establecimiento, junto a las verdinas, los potes y otros platos de raíz asturiana.

No es una carta pensada para explicar tendencias. Es una carta pensada para comer. Y quizá por eso resulta tan interesante que ahora comparta espacio con uno de los fenómenos culturales más reconocibles de la ficción española reciente. La película ha descubierto el restaurante para nuevos espectadores, pero el restaurante ya tenía su propia película desde mucho antes.

Una taberna que no necesitó hacerse antigua

En Madrid existe una fascinación creciente por los locales con historia. Se buscan las barras antiguas, los azulejos originales, las fachadas que han sobrevivido a décadas de reformas y esos interiores que parecen conservar una ciudad que ya no existe.

La Copita Asturiana encaja en esa categoría, pero con una diferencia fundamental: no ha tenido que construir una estética vintage. Su fachada original está catalogada como Elemento Protegido por el Ayuntamiento de Madrid y el establecimiento ha conservado elementos que forman parte de su identidad desde hace décadas. Incluso el rótulo de vidrio exterior ha sido objeto de trabajos de restauración para preservar su aspecto.

Dentro, la sensación es parecida. El mostrador, las botellas, los azulejos, las mesas y los pequeños objetos que sobreviven al paso del tiempo construyen un escenario cotidiano, no una escenografía.

Quizá sea eso lo que vieron Los Javis. Un lugar que ya tenía personajes, memoria, textura y una cierta teatralidad cotidiana sin necesidad de añadirle nada.

De los vecinos a los espectadores de medio mundo

Durante años, la clientela de La Copita Asturiana estuvo vinculada sobre todo al barrio y a quienes llegaban atraídos por su cocina. Después fueron incorporándose comensales procedentes de otros puntos de Madrid y viajeros internacionales.

Ahora aparece una nueva categoría: quienes llegan porque han visto una película.

Es un fenómeno que se repite cada vez con más frecuencia en la gastronomía. Una localización puede transformar un restaurante en un pequeño destino cultural. La gente ya no busca únicamente qué comer, sino dónde ocurrió aquello que vio en una pantalla. Pero en este caso hay algo especialmente bonito.

Quien llegue a La Copita Asturiana siguiendo las huellas de La bola negra encontrará la mesa de la escena, sí. Encontrará también el espacio donde se rodó, la barra que aparece en pantalla y hasta a parte de la familia que participó, de una forma u otra, en aquel día de rodaje.

Pero después tendrá que enfrentarse a la parte menos cinematográfica y más importante: sentarse y comer. Pedir una fabada. Probar unas fabes con almejas. Compartir un cachopo. Mirar alrededor. Y entender que antes de que una cámara apuntara hacia aquella mesa, ya habían pasado por ella generaciones de madrileños, asturianos, vecinos, viajeros y clientes habituales.

La mesa de La bola negra tiene otra historia que contar

Eso es, probablemente, lo más interesante de esta nueva fama.

El cine ha añadido una capa a La Copita Asturiana, pero no ha inventado su identidad. La escena de Lola Dueñas y Carlos González ha convertido una mesa concreta en objeto de curiosidad, mientras que las seis décadas anteriores explican por qué esa mesa podía existir allí. Una película ha llevado a los espectadores hasta una taberna. Y la taberna, a cambio, les devuelve una historia mucho más larga que la de una escena.

La de una familia asturiana que llegó a Madrid. La de un negocio que abrió sus puertas en 1959. La de una cocina que ha resistido al cambio de los tiempos. La de un barrio que continúa transformándose sin borrar del todo sus lugares de siempre. Y ahora también la de Teresa y Alberto, sentados frente a frente, con una cerveza en medio y una discusión a punto de desbordarse.

La tercera mesa de la izquierda ya no es solo una mesa. Es el lugar donde la ficción de Los Javis se encontró con un pedazo real del Madrid que lleva más de sesenta años sirviendo fabada.