Vinculado popularmente a la comedia, aunque él destaca las tablas de teatro como su ecosistema preferido; Pepe Viyuela (Logroño, 1963) es uno de los actores más sublimes de nuestra escena interpretativa (además de licenciado
en Filosofía y Bellas Artes). Nos acompañó durante más de una década en Aída, una de las series más seguidas de nuestra historia catódica, y acaba
de regresar al cine con García y García (ya en cartelera). Formato en el que
nos ha regalado momentazos con sus personajes en títulos como El milagro de P. Tinto o las dos entregas de Mortadelo y Filemón. En esta clásica comedia de enredos trabaja con José Mota. Dos titanes de nuestro humor que por primera vez comparten pantalla.

¿Nunca antes habías trabajado con él?

Hemos llevados caminos paralelos que no se habían cruzado. Empezamos en televisión en el mismo momento, en 1988 en el programa ¿Pero esto qué es? Pero desde entonces no habíamos tenido más oportunidad de trabajar juntos y conocernos. Pero si miro a mi alrededor, hay muchos más compañeros con los que he tenido vidas paralelas pero con los que no he coincidido aún. Aunque en este oficio parezca que estamos muy cerca los unos de los otros, no lo estamos tanto.

Cuando me veo, nunca me gusto. Disfruto del trabajo de todos, pero del mío no.

Hacía tiempo que no hacías cine…

Es que no hago mucho. Me muevo funda- mentalmente en el teatro. Ése es mi habitat natural. Lo que siempre he hecho y no he dejado de hacer jamás. Incluso durante los diez años que hice Aída, nunca dejé el teatro. Eso sí, el cine es maravilloso y me encantaría hacer más.

¿Y por qué no lo haces?

Pues porque no he sabido moverme o no han pensado en mí como actor como para que me llamen más. Pero el cine es un arte que nos ha regalado momentos maravillosos. Me muero por hacer cine, pero no surgen más proyectos. Pero ni yo rechazo el cine, ni el cine me rechaza a mí. Simplemente no se ha dado.

Una vez estrenas una película, ¿le das muchas vueltas a qué podrías haber hecho diferente?

Mi problema es que, cuando me veo, nunca me gusto. Dis- fruto del trabajo de toda la gente que me ha rodeado, pero del mío no. Imagino que tiene que ver con la inseguridad.

¿Eres inseguro?

No sé si inseguro, pero sí que extremadamente autoexigen- te. A veces crees que estás haciendo una cosa y cuando te ves te das cuenta de que no, de que realmente no te conoces tan bien. La primera experiencia que tuve en este sentido fue siendo aún estudiante.

¿Qué sucedió?

Estudiaba Arte Dramático y el profesor de interpretación nos grabó y luego lo puso delante de nosotros mismos. Estoy convencido de que la mayor parte de nosotros no disfrutamos de lo que vimos. He seguido manteniendo esa sensación a lo largo de los años.

No te gustas.

Cuando me veo, descubro muchos defectos: el movimien- to de una ceja, la expresividad hiperbólica… Pero es algo muy difícil de corregir, porque nunca te ves cuando estás rodando. Te ves una vez la película ya está acabada y ya no hay remedio. Podría mejorar muchísimas cosas de mi labor como actor, pero la lista sería tan larga que aburriría.

Pero eres un actor consagrado.

Con los años, si las cosas salen bien, sigues viéndote todos los defectos pero acabas asumiendo que parece que lo haces lo suficientemente bien como para que te sigan lla- mando. Me gustaría ser perfecto, pero eso no es posible.

¿Para un actor rodar una película es un acto de fe?

Totalmente, es un acto de fe y de confianza. Pero un acto de fe muy bonito. Cuando hay un acto de creación artística colectiva, en el que el resultado final depende de la colaboración de los unos con los otros, sientes esa vibración especial de que necesitas tener confianza con aquellos con los que estás trabajando. De hecho, creo que ésta es la úni- ca manera posible de trabajar. De no ser así, entraríamos en guerras constantes y enfrentamientos de egos. Y, ojo, esto también ocurre: se desconfía, se duda…

Al final todos tenemos algo de vanidosos.

Un actor no lo puede hacer todo. Actuar en el cine, pero también en televisión y en el teatro, en creaciones en las que intervienen equipos muy grandes, ni siquiera es un acto de generosidad, es un acto de confianza. En el engranaje de un película, el intérprete tiene su parcela, como los directores y técnicos las suyas. Es sumando las unas y las otras cuando conseguimos lo mejor. Eres una pieza más en la máquina, perfectamente sustituible. Y si se crea un ambiente lúdico, entretenido, de juego, todo va mejor.

Los anglosajones a intepretar le dicen ‘jugar’ (to play).

Es exactamente eso. Divirtiéndote todo es mucho más fá- cil porque te quitas responsabilidad. Te sientes más libre.

La interpretación no deja de ser una búsqueda de uno mismo a través de los personajes que interpreta, ¿no?

Siempre te metes en las pieles de otros. Es un ejercicio bonito, que ayuda al autocrecimiento, porque descubres visiones de entender la vida muy alejadas a las tuyas. A mí me sirve para relativizar mis propios pensamientos. Defender un personaje que en la vida real no defenderías jamás es un ejercicio enriquecedor, porque acabas descu- briendo que todos tenemos motivos para hacer cosas que estamos convencidos que nunca haríamos.

Y este ejercicio de mimetización con otras personalidades, ¿no pone en riesgo vuestra propia salud mental?

Eso no lo he experimentado. Y en la mayor parte de la gente con la que he trabajado tampoco he visto un desequilibrio. Creo que para eso ya debes venir con un desequilibrio.

Con un defecto de fábrica.

Si ya previamente estás ahí… Pero la interpretación no te desequilibra. Si retrocedemos, nos daremos cuenta de que, casi desde que nacemos, jugamos constantemente a ser otros. Nos encanta transformarnos y adoptar otras personalidades y realidades y no nos volvemos locos. Todo lo contrario, es muy sano.

Tu carrera está vinculada a la comedia, un género que se tiende a ningunear…

La comedia es un género brillante para trabajar como actor y disfrutarla como espectador. A través de la comedia se puede colocar la lupa en problemas que te pueden trauma- tizar pero que gracias al efecto sanador de la risa pueden acabar siendo liberadas. La tragedia tiene un componente más terrenal, de destino inalterable. En cambio, con la comedia todo se vuelve más ligero, más humano. No hay ejercicio más sano en la vida que reírse de uno mismo.

García y García es un película que crece a partir de un juego de confusiones. ¿Cuántas veces te han llamado José Mota por la calle?

¡Muchas! No nos conocemos de nada, pero a mí me han pedido autógrafos y fotos creyendo que era José Mota.

¿Y qué le dices?

Muchos no se lo creen y piensan que les estoy gastando una broma.

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