Que H. G. Wells nos permita, allá donde esté, jugar con su máquina del tiempo. Sentemos al último emperador coronado por un papa, Carlos V, en una mesa del extinto Comedor Ruperto de Nola, en la planta 23 del edificio Torres Blancas de Madrid. Por esa suerte de panóptico brutalista de hormigón y ventanas ovaladas aparece la capital de los años 70 en color sepia. La fatua escena de camareros con filipina inmaculada y servilleta blanca podría estar escrita por el mismísimo Ionesco.
Todo resultaría hoy absurdo, sí. El lujoso menú del día –295 pesetas– se le quedaría corto, a todas luces, al primer monarca Habsburgo de España. Crema de langosta, pollo en cacerola, sorbete de naranja y pan y vino del país. Lo curioso es que casi nada de lo que se llevara a la boca, en el que fuera uno de los primeros estrellas Michelin de la capital, le resultaría tan exótico. Que se quedaría con hambre es un hecho probado o, al menos, documentado por testigos tan cercanos como sus ayudantes por testigos tan cercanos como sus ayudantes de cámara. Uno de ellos, Guillermo van Male, atestiguó que “su gula, su voracidad maldita, llega al punto de que aún con mala salud, en medio de crueles dolores, no se abstiene de comer ni de beber lo que le es perjudicial”. Y a pesar de padecerla con hastío, en su retiro en el Monasterio de Yuste, no le mató la gota sino un mosquito –y las fiebres palúdicas–.
Pese a la distancia con los gustos de épocas tan espaciadas, no se ha inventado tanto desde entonces. Por jugar a contentar en este ejercicio literario a este césar habría que añadir gran parte de la carta del comedor: sopa de tortuga, ostras de Arcade –él las prefería de Ostende–, jamón de Jabugo, foie de Las Landas, caracoles de Borgoña, liebre al vino tinto, chuletas de jabalí asadas, solomillo de corzo a la austriaca… Y las crónicas señalan que no sería suficiente para contentar su voraz demanda de viandas. Sus fauces, con un marcado prognatismo y dificultades para encajar las mandíbulas, signo de sus antecesores alemanes, habrían afeado además sus modos en la mesa. El emperador, por ello, siempre comía sin invitados.
El nombre del espacio citado no es baladí. ¿Quién fue Ruperto de Nola y qué tiene que ver con Carlos V? La primera pregunta tiene una críptica respuesta más allá de ser el autor del primer libro de cocina impreso en la península ibérica –y el cocinero del rey Fernando I de Nápoles (1423-1494)–. Fue en Barcelona, en 1520, cuando el Mestre Robert –así se firmó en la primera edición en catalán del Llibre del Coc– puso orden al recetario renacentista que copaba las mesas de grandes palacios.

Ese título de libro pionero de cocina, aún más si pudiera demostrarse la tesis de que hubo un incunable anterior de 1477, se sostiene siendo muy riguroso con el concepto de un manual culinario. Lo cierto es que casi un siglo antes, en 1423, el marqués de Villena ya había escrito otra joya bibliográfica, su Arte Cisoria. Este tratado, aunque profuso en las técnicas de despiece, trinchado y servicio, también se adentró en conceptos propios de la cocina.
El lío es aún mayor cuando investigadores como Ana Vega –alias Biscayene–, entre otros, ponen en tela de juicio si ese Mestre Robert y Ruperto de Nola –el apellido sería un añadido topográfico en la traducción al castellano– son el mismo ‘Roberto’. No hay forma de comprobarlo. La destrucción durante la Segunda Guerra Mundial del Archivo Real de Nápoles hace imposible seguir la pista de este cocinero en la corte napolitana.
Este nombre, también del restaurante al que hemos sentado a Carlos V, apareció hace 500 años escrito en el Libro de guisados, manjares y potajes. El primer ejemplar, traducido y ampliado con 33 recetas (en total 236), salió de la imprenta de Ramón de Petras de Toledo por noviembre –exactamente el 21 de noviembre de 1525–. Manjar blanco, escabeche de conejos, pólvora duque, salsas de todo tipo, guisados, cocina cuaresmal y hasta platos para enfermos que, a tenor de la cabezonería pantagruélica del monarca, no debió de probar.
La coincidencia del glotón Habsburgo en la ciudad imperial y la publicación del libro están estrechamente relacionadas. La sospecha de que este manual renacentista ya estaba esperando su llegada a Toledo por orden de su corte la sostienen algunos estudiosos como la bibliotecaria Isabel Moyano. El Carlos V gastrónomo habría sabido un lustro antes de su existencia en su paso por Barcelona en 1520. Que tendría el aval regio lo atestigua la presencia del propio escudo imperial en la portada de esa primera edición en castellano que cumplió el año pasado cinco siglos.