Nuestra conversación con Taz arranca con Ibiza como telón de fondo (cómo no, siendo el tema central de este número) y con una palabra que le persigue allá donde va: libertad. El actor nos cuenta que el salto de trabajar en una fábrica de tablas de surf a convertirse en el actor que es hoy nació, precisamente, de la idea de ser más libre. Aunque el resultado no fue el esperado… “Tengo mucho menos libertad que cuando hacía tablas”, confiesa, aunque matiza que no lo vive como una pérdida absoluta porque está profundamente agradecido por lo que hace.
Esa contradicción lo acompaña ahora mismo. Mientras cierra un periodo de ocho meses de trabajo, asegura estar diciendo que no a muchas cosas. “Cada sí supone ceder un poco tu libertad y ahora mismo quiero ser un animal salvaje”.

Cuando le preguntamos si sigue sintiéndose más surfero que actor, no duda. Lo verbaliza con rotundidad: “Me siento cero actor”. Todo el mundo asume que sabemos lo que estamos haciendo, pero yo no tengo ni puta idea”. Su entorno también lo refleja. El poco tiempo libre que tiene lo pasa rodeado de amigos que hizo practicando surf y otras disciplinas alejadas del cine, como Aritz Aranburu, a quien conoció en Mundaka, pidió un autógrafo y ahora, tras de más de una década sin contacto real, volverá a ver en un viaje organizado por el surfista, aunque con una condición que parece salida de una ficción de Netflix: no sabrá el destino hasta el último momento.
“Va a reservar los vuelos, me va a llamar y me va a decir a dónde vamos”. Pero para alguien que ha vivido cambiando de país, idioma y código postal constantemente, enterarse del destino a última hora no es ningún drama. Asturias, California, Portugal, Londres, País Vasco… Taz describe esa adaptación como algo casi instintivo: “Si estoy en Emiratos, soy árabe; si estoy en España, soy canario; en Inglaterra, anglosajón”. Dice que puede “cambiar de piel” con facilidad, pero que esa misma habilidad tiene un coste: nunca termina de pertenecer a un lugar.


Esa falta de anclaje lo ha llevado a necesitar más que nunca un hogar en los últimos años. “Antes no lo necesitaba, pero ahora que mi vida es tan caótica, sí”. La pertenencia, en su caso, parece expresarse más a través de la gastronomía. En cuanto vuelve a España, lo primero que busca es la tortilla de patatas. “Soy demasiado fanático de la tortilla, pero a nivel obsesivo. He llegado tarde a sitios por tener que ir a comprarme un pincho… Mi favorita es la del Museo del Vino, en Oiartzun, un garito dentro de un recinto industrial en San Sebastián. No tiene cebolla, solo patata, pero está brutal”.
Precisamente en San Sebastián, Taz estuvo alquilando una plaza de parking para dormir en el coche. Por aquel entonces no podía permitirse un piso, pero vivir con poco le ayudó a manejar su relación con el éxito y sus consecuentes lujos. “Me fascina el nivel de confort al que me puedo acostumbrar. Es cierto que ahora busco comodidades como tener aire acondicionado, pero, de repente, si me tengo que quedar en la selva, en una casa de paja y viviendo con una tribu (que es lo que hice el verano pasado), lo hago”, explica. Solo hay una cosa que echa de menos de esa época: lidiar con el estrés. “Es curioso, pero siento que vivo más estresado ahora que cuando dormía en el coche”.

El éxito de la primera temporada de ‘One Piece‘, donde interpreta a Sanji, ha contribuido a ello. Tras el estreno, llegó a atravesar momentos de ansiedad social y aislamiento. “Intentaba dar a cada persona la atención que me hubiera gustado recibir de niño por parte de mis ídolos, pero la escala lo hacía imposible. Siempre sentía que le estaba fallando a alguien”, admite.
Continúa leyendo la entrevista en nuestro especial «The Ibiza Issue», ya disponible en la tienda online de SpainMedia.