No necesitábamos un sismógrafo para intuir que, el viernes, Barcelona iba a vibrar alto. El tercer asalto de Rosalía en la que es su casa no era una noche más. Por varias razones.
El del 17 de abril amanecía con LUX (Complete Works), un recopilatorio de temas inéditos (y que hasta ahora solo podían escucharse en los formatos físicos del álbum), como Focu’ranni, Novia robot, Jeanne o Stalker (francotiradora version).


Un punto de partida que se coronaba con la presencia de las “mujeres de su vida” (su madre y su hermana Pili —de la que en Tapas ya nos hemos declarado fans indiscutibles—) en el Palau Sant Jordi. “Sin ellas no estaría aquí hoy”, decía la cantante con la voz entrecortada.
Rosalía abría la noche convertida en una delicada bailarina que, con una luna llena ficticia de fondo, conseguía emocionarnos con himnos como Sexo, violencia y llantas o Reliquia.
Del Sauvignon Blanc al Penedès
Ahora bien, para una revista como Tapas, hubo un momento clave que valió más que cualquier setlist. Antes de que sonaran los primeros acordes de Sauvignon Blanc, la cantante se tomó un momento para hablar de vinos. Ya en su primera noche en la ciudad, la catalana declaró: “Me gusta el Sauvignon Blanc, pero… y un Penedès? Un Empordà? y un Priorat? Aquí hay mucha cosa buena. Eso es así». Así, sin discurso impostado, más bien mediante una charla cómplice, como la de quien se apoya en la barra de un bar y comparte verdades, Rosalía confesaba que no era especialmente de vicios, pero que había uno al que no sabía —ni quería— renunciar: una buena copa de vino.

“Es viernes, y el cuerpo lo sabe”, había dicho unos minutos antes de levantar al público con temas como La Combi Versace que tiene con Tokischa en su último MOTOMAMI. En ese instante, el Palau dejaba de ser un recinto multitudinario para convertirse en algo mucho más íntimo, como una sobremesa alargada entre miles de desconocidos perfectamente sincronizados.
Y entonces llegó uno de esos giros que redefinen la noche: el momento de anunciar la nueva invitada a su ya icónico confesionario. El turno, como ya habréis visto por redes, fue para Bad Gyal. La reacción al anunciar su entrada triunfal fue inmediata: sorpresa, gritos, móviles en alto… La también catalana quiso recordar una de las ‘perlas’ que marcó su vida sentimental, lanzando una lección al público: la importancia de no ignorar las primeras red flags…

Pero hubo más momentos memorables, como el de Helena, con «H», a quien Rosalía dedicó Malamente a cappella, su canción favorita (y la de muchos). También la versión de Can’t take my eyes off you emulando a La Gioconda (pero con Montserrat de telón de fondo), el remix pastillero de Conrad Taylor para Berghain o la energía casi tribal de de Yudania Gómez Heredia, directora de orquesta del LUX Tour, convertida ya en una figura esencial del espectáculo.
El repertorio, como diría un buen sumiller, tuvo acidez, cuerpo y un final persistente a cargo de Magnolias. Y es que el concierto entero se sintió así: como una copa que se alarga más de lo previsto, que se disfruta sin prisa y que deja un poso difícil de explicar. Porque sí, era viernes. Y el cuerpo de todos los allí presentes, definitivamente, lo sabía.