Con sus característicos fideos largos, bañados en una humeante sopa con huevo marinado, bambú o su narutomaki en espiral, el ramen se erige como una de las delicias asiáticas más codiciadas del mundo que aguarda una historia desconocida para muchos; empezando por la creencia popular de sus orígenes japoneses. La historia lo ha dejado claro: el plato nació en China, como un derivado del “lamian”, una sopa tradicional de fideos de trigo hechos a mano, que suele servirse en sopas con ternera o cordero.
De China, el plato pasaría a perfeccionarse en Japón y a convertirse en un icono de la gastronomía mundial con un sinfín de variaciones que lo enriquecen. Pero hablemos primero de su pasado ancestral y de cómo se creó.

Para entender cómo se elabora el ramen que conocemos a día de hoy, debemos poner sobre la mesa los fideos chinos ‘lamian’, que significa literalmente «estirar el fideo». La primera referencia de este método se encuentra en una guía alimentaria escrita en 1504 por Song Xu, de la dinastía Ming. En ese preciado texto se halla uno de los primeros relatos detallados de la técnica con la que se acabaría desarrollando el ramen contemporáneo.
Desde las calles de Japón
La teoría más extendida defiende que fueron los inmigrantes chinos quienes llevaron esta sopa de fideos a Japón entre finales de la era Meiji y la era Taishō (1912-1926). Ésta desembarcaría directamente en las ciudades portuarias de Yokohama, Kobee, Nagasaki y Hakodate, en las que empezarían a abrirse restaurantes de comida china bajo el nombre de chūka soba (‘fideos chinos’). El fin de la Segunda Guerra Mundial les acabaría de dar el impulso, haciendo que emergiesen en esos enclaves puestos ambulantes de ramen que alimentaron desde la calle a una clase trabajadora devastada por la guerra.
La proliferación de los restaurantes ambulantes -conocidos como yatai– promoverían el desarrollo paralelo de especialidades del ramen como el «kyūshū«, preparado con hueso de cerdo. A lo largo de los años, los japoneses fueron explorando las complejidades y las posibilidades del plato a través de distintos caldos, fideos e ingredientes con los que perfeccionar el arte del ramen. Todo ello a raíz de cinco variedades básicas: el shoyu (soja), tonkotsu (con huesos de cerdo), shio (caracterizado por su sabor salado) de miso y el tsukemen, caracterizados por mojar los fideos en un caldo servido por separado.

Más allá de las técnicas y los ingredientes, el tradicional consumo fugaz del ramen también forma parte del ritual. La idea es que el plato se coma rápido, para evitar que los fideos se enfríen o se pasen. Deben mantenerse intactos de principio a fin, y sorberse en todo momento. El hecho de sorber forma parte de la experiencia del ramen, que demuestra -a su vez- al chef que se está disfrutando de verdad.
La revolución del ramen instantáneo
En 1958 la historia del ramen experimentaría otro cambio sustancial a raíz de la aparición del ramen instantáneo. Momofuku Ando descubriría la técnica de freír rápidamente los fideos para que después se «rehidrataran» al hervirlos. De los restaurantes o los puestos callejeros, el ramen pasó entonces a consumirse desde estos envases. A copar las estanterías domésticas de todo el mundo con sabores que iban desde el clásico pollo hasta el picante marisco.

Los fideos instantáneos también han formado parte de la revolución del ramen, como una manera de satisfacer a una sociedad en constante movimiento que concibe este plato como una experiencia reconfortante que poder experimentar desde cualquier sitio del mundo.