bocata de chocolate

Ay, aquellas tardes noventeras. Las del chándal de felpa. El mío era rosa, como Kimberly, la (primera) Power Ranger fresa. Pink Ranger, sí, pero lo que molaba era pedirte el Power Ranger Rosa, en castellano, cuando jugabas con tus amigos en el recreo o en la plaza (soy pan de pueblo, y no me puede gustar más decirlo).

Nuestra generación millennial ha sido millennial desde hace cuatro días, pero ¿a que hasta que no se categorizaron los grupos de edad decíais cosas como: “Soy de la época de Delfy, de Los Fruittis, de Las Gemelas de Sweet Valley?”. También veía la Aldea del Arce, pero no lo digo tantas veces. Pues eso. Y ya entro en las meriendas. La Merienda. En mi casa había dos equipos: los caprichos de la abuela, con “bolsitas”, como la abuela Soco las llamaba, donde los Triskys, los Rufinos, los Pelotazos y los Boca Bits esperaban tras la puerta de la despensa y, por otro lado, los Bocadillos de mi Madre. También en mayúsculas. No eran rivales, convivían en perfecta sintonía entre el Bien y el Bien Supremo.

De todas las meriendas variopintas que nuestras cardadas madres nos podían ofrecer, la que se llevaba la palma era, sin duda, el Bocata de Chocolate. ¿Cómo era eso? Un buen pan de pueblo, con su miga llena de ojos, sus onzas de chocolate (a mí me gustaba con leche), con o sin almendras y… con unas gotitas de aceite de oliva virgen extra en el pan. La combinación perfecta, ideal, preciosa, superpuesta en ese taburete kitsch que nunca pasará de moda. Todo dispuesto frente a la tele sin mando, pero qué más daba, si mis tardes de primaria eran de un solo canal. De mi Power Ranger Rosa con mi Bocata de Chocolate.

¿Qué ha pasado con esas meriendas épicas? En esta época de darle la vuelta
a la tortilla, de trabajar por recuperar los orígenes
, me invaden sentimientos
encontrados. Por un lado, sí, bien, parece que ahora más que nunca reconocemos el silencioso y armonioso trabajo de nuestras madres y abuelas, fuera preparando un guiso memorable o envolviéndonos la felicidad entre pan y pan. Por otro lado, formatos como el brunch, el drunch o el afternoon tea han venido para quedarse pero, ¿y la merienda? No me vale con alargar la sobremesa, tampoco con adelantar la cena.

Mantiene en vilo mi esperanza que tengamos a nuestros chefs y reposteros totalmente entregados a no olvidar el pasado, a seguir haciendo y guardando una bien golosa memoria histórica. Me lo cuenta Miquel Guarro, director de pastelería de Hofmann. “Recuerdo las meriendas en casa de mis abuelos cuando era chico. Había un momento del año que sabía mejor que nunca. Era a principios de octubre, cuando cosechábamos los olivos de la familia y usábamos las primeras gotas del nuevo aceite para hacer esta merienda”.

Eso es el bien supremo, lo demás, como dice mi tío, literatura barata. Para los que Miquel os haya sacado del agujero de gusano con estas palabras os diré que cuando quiere prepararse una merienda rica se carameliza un pan que ha tostado previamente y luego lo tritura con un buen AOVE para realizar un praliné ¡de pan! Ahí es nada, ochenteros de la merendola. Pero Miquel, que sabe del tema, riza un poco más mis tardes de Power Rangers y banqueta kitsch. “Este praliné lo acompaño con un helado súper cremoso de chocolate 75%, unas escamas de sal y listo”. Ey, y esto es sólo cuando quiere prepararse una merienda como las mías frente a la tele.

Qué bien has hecho y cuánto has inspirado, Bocata de Chocolate. He aquí los añejos días de verano azul de Saray Ruiz, una de las cracks del dulce a la que debéis abonaros. “Éramos nueve primos dándole a los pedales para llegar los primeros a merendar. Nos exponíamos a que no nos gustara ese día la merienda, pero también a esa hogaza de pueblo con chocolate”.

Bocados eternos que hacen salivar hasta a los que a su vez nos remueven el monstruito estomacal. Desde Barbate, Pablo Queijo, director de pastelería del Restaurante VIU, me cuenta que sus meriendas de infancia eran con ese pan que sobraba del día anterior. “Lo remojábamos en vino fino y leche y después lo pasábamos por huevo. Era una especie de torrija enmielada (empapada en miel) como le dicen por aquí, me lo hacía mi abuela cuando yo era pequeño, y me ponía justo al lado un cuenco con azúcar para rebozarlo”. Canela fina.

Las Tardes de Merienda, que me niego a reconocer al 100% que se han perdido. Ni confirmo ni desmiento, no me atrevo a afirmarlo. No podría, no ¿debería? Si se van, se va mi chándal de felpa, mi Power Ranger Rosa, mi madre con su pelo cardado diciéndome que no eche las migas al suelo. Quizá sea eso. Igual necesitamos más migas en el suelo, o una sintonía en el hilo musical del restaurante de turno que nos devuelva al recuerdo congelado. Saudade, amigos.

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