Rubén Amón nos invitó a unas banderillas y una buena charla en su casa de Madrid. Foto: Jaime Partearroyo.

Hijo del recordado poeta y crítico de arte Santiago Amón, Rubén Amón (Madrid, 1969) asimiló como propios muchos de los postulados y aficiones estéticas de su progenitor: la crítica musical, el ensayo político, la investigación artística y, ¡cómo no!, la afición taurina.

Autor del ensayo El fin de la fiesta, recientemente publicado por Debate, en el que explica las razones culturales por las que hay que defender la tauromaquia, Rubén nos recibe en su casa, dominada por la monumental presencia de la cabeza de Sacapolvos, lidiado y desorejado por Curro Vázquez en Las Ventas el 18 de septiembre de 1982, y en la que también se exhibe el traje de luces con el que el propio torero se retiró (por primera vez) en 1995 en la Santamaría de Bogotá.

¿Qué significan estos recuerdos personales de Curro Vázquez?

Yo he tenido la fortuna de haber nacido en una familia cuyo patriarca tenía muy repartidas las aficiones. Y desde esta visión, casi creo que humanista y hedonista de la cultura, era tanto aficionado a la pintura y a la ópera como a la tauromaquia y a la literatura. Y desde luego, fue mi vínculo original y natural con la tauromaquia. Pero cuando desapareció, cuando murió, quien se ocupó de mí casi como un padrino o como un tutor fue Curro Vázquez. De hecho, en torno a él yo he ido creando o se ha ido creando la posibilidad y la evidencia de una familia alternativa. Y como recuerdo de esos momentos, tengo la cabeza de un toro de Salvador Domecq que Curro lidió y mató en Madrid y el vestido de su última tarde en Bogotá, aunque luego reaparecería.

¿Por qué escribes el libro?

En realidad, es una propuesta que me hace Miguel Aguilar con la editorial Debate y me pareció que era una buena idea. Creo que hacía falta una especie de ‘manual de resistencia’ para recorrer y recoger argumentos que nos dieran cierto vigor a los aficionados a los toros en un momento de tanta hostilidad.

Es un manual interesante para los ‘laicos’ (los que no tienen una posición muy definida sobre los toros) y creo que para la sociedad, a la que le tiene que confortar porque hay razones finalistas para defender los toros (se habla mucho de la economía, del bien medioambiental, de la protección del toro de lidia). Pero creo que los aficionados a los toros no necesitamos excusas ni pretextos para apreciar lo que nos gusta tanto de la tauromaquia. Por eso digo que no es un libro para pedir perdón ni para disculparse de nada, sino para afianzar nuestra fe en este misterio que es la tauromaquia.

En el libro se explica que los toros son españoles, pero no sólo españoles…

Es que yo creo que esto tiene mucho que ver con el lugar simbólico que ocupa el toro de lidia en la cultura mediterránea y, por extensión, en la realidad colonial. Los toros no tienen ningún sentido planteados fuera de su hábitat cultural y antropológico.

Las iniciativas esperpénticas o estrafalarias que se han llevado fuera de su territorio natural están condenadas siempre al ridículo, porque necesita coordenadas y referencias entre el público y porque es un acontecimiento que tiene muchas reminiscencias grecolatinas: es una gran eucaristía que tiene mucho de paganismo.

Dentro de ese sincretismo religioso es necesario que exista el toro, dando vueltas a la plaza en su hábitat natural, y que exista un público más o menos familiarizado, no necesariamente con erudición, pero sí con la capacidad distintiva de captar lo que sucede.

Grecolatino, pero no existen toros en Italia y en Grecia…

No. Pero fíjate que en el subsuelo, en el sótano de los templos romanos, en los más antiguos, en casi todos ellos, suele haber una estela, una escultura, que refleja al dios Mitra matando un toro y un perro al lado, lamiendo la sangre que sale. Eso es el mítreo. Y ésa es la demostración de hasta qué punto el toro forma parte de una religión muy arraigada en nuestra cultura latina.

Que después se haya desarrollado más en unos lugares que en otros (en el sur de Francia, por ejemplo, con muchísimo arraigo) tiene que ver con el camino que emprenden las diferentes culturas. La cultura romana evolucionó hacia el idealismo y la cultura idealista. Y en ella, el sacrificio así de explícito de un animal no cabe.

¿En qué momento comenzó el declive en España?

¡Yo me lo pregunto también! Creo que el mundo de los toros ha perdido mucho tiempo dando por seguro que este acontecimiento estaba garantizado. La reputación de la tauromaquia se ha deteriorado mucho y en muy poco tiempo, por no hablar de la manera en que el mundo de los toros se ha despistado por no haber tomado iniciativas para supervisar qué estaba sucediendo, algo que, sin embargo, sí se ha hecho en Francia.

A ese fenómeno se ha añadido una corriente ecologista animalista que la izquierda en España ha cogido como bandera y se ha ido produciendo una reacción hostil. No sólo hablo de razones políticas: creo que la propia sociedad tiene muchos problemas en reconocerse o reconocer un acontecimiento donde se sacrifica a un animal. Hay un cambio de sensibilidad.

El antitaurinismo antes estaba muy definido, era interesante, incluso era un antagonismo a veces creativo. Había antitaurinos muy brillantes; pero ahora el enemigo de los toros no es el antitaurino sino el animalista; y el animalismo es una religión dogmática extrema, que no se contenta sólo con la desaparición de la tauromaquia: aspira a que liberemos a todos los animales porque viene a considerarse que animales y humanos somos la misma cosa.

Imagino que, siendo taurino, uno de tus platos favoritos es el rabo de toro…

A mí me parece muy paradójico que el manjar más codiciado del toro de lidia sea ese apéndice, casi lo que menos pesa en un toro de 540 o 560 kilos. Y me parece un manjar muy, muy preciado. Pero ha empezado a hacerse un esfuerzo por definir la carne de toro como denominación.

Es una carne musculosa que empieza a tener cierta reputación y empieza a hacerse gran gastronomía con ella, más allá del rabo. Y se puede encontrar en algunas carnicerías especializadas, que son las que compran el toro de lidia. Además, se tiene la garantía de que el animal ha sido criado en unas condiciones excepcionales.

Y ése me parece que es su fin último, porque, desde el punto de vista histórico, al torero se le premia con las orejas y el rabo porque antaño se le regalaba el toro entero. En el círculo de la cadena trófica, al final al toro nos lo comemos y es el último acto que da sentido (incluso funcional) al propio rito: empezar y terminar comiéndonos todos el toro de Lidia es una especie de celebración póstuma a la gloria de un animal sagrado.

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