De todos los restaurantes que anunciaron su cierre definitivo en el fatídico 2020, ninguno acaparó tantos titulares (y lágrimas) como Zalacaín. Si bien es cierto que no pasaba por su mejor momento –llegó a lucir tres estrellas Michelin de las que ya sólo quedaba el recuerdo lejano–, continuaba siendo una leyenda viva de la gastronomía madrileña (y nacional) y a su mesa seguían acudiendo lo más granado del mundo empresarial y político. 

Pero el chef Iñigo Urrechu y el empresario Manuel Marrón no estaban dispuestos a que esta historia tuviera un final tan amargo y, tras ciertas disputas con sus competidores dignas de culebrón, adquirieron el restaurante. 

El concepto que mejor define a este ‘nuevo’ Zalacaín es, precisamente, el de continuidad. Así, permanece la mayor parte de la plantilla (incluyendo al jefe de cocina Jorge Losa, al maître Roberto Jiménez y al sumiller Raúl Revilla), en su decoración tan sólo se han añadido unas acertadas obras de José Manuel Ciria y su carta está compuesta por aquellos clásicos que un día le hicieron grande: el Búcaro ‘Don Pío’ (consomé gelée, salmón ahumado, huevo de codorniz y caviar); el tartar de lubina con crema helada de aceite de oliva y eneldo o su mítico solomillo Wellington. Eso sí, por suerte, el encorsetamiento de la chaqueta y la corbata obligatorias ha pasado a la historia. Signo de los buenos nuevos tiempos que están por llegar.  

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