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Misterpiro y Valentina Améstica: cuando el arte se come, se conversa y también deja migas

Hablamos con los artistas sobre arte efímero, mesas que se convierten en estudios, silencios visuales, tipografías que abren el apetito y todo aquello que queda cuando la última copa ya está vacía.

Álvaro Rincón, CEO de Inhouse Smart Communication junto a Misterpiro y Valentina Améstica en un momento durante la cena

La presentación de Smart Creators reunió en Espacio Bruto al artista visual español Misterpiro y a la artista y diseñadora gráfica chilena Valentina Améstica, que trasladaron sus respectivos lenguajes al territorio de la gastronomía en una experiencia donde el color, la tipografía, los platos y las conversaciones formaron parte de una misma obra. Hablamos con ellos sobre arte efímero, mesas que se convierten en estudios, silencios visuales, tipografías que abren el apetito y todo aquello que queda cuando la última copa ya está vacía.

Hay experiencias que terminan cuando se recoge la mesa. Y hay otras que, aunque desaparezcan físicamente, siguen dando vueltas en la cabeza. La propuesta que Misterpiro y Valentina Améstica desarrollaron en Espacio Bruto pertenece a esa segunda categoría: una experiencia pensada para suceder durante unas horas y desaparecer después, pero dejando detrás conversaciones, recuerdos y una forma diferente de mirar lo que ocurre alrededor de una mesa.

Una velada entre obras de arte

La ocasión fue la presentación de Smart Creators, una nueva plataforma impulsada por InHouse Smart Communication que busca conectar marcas y creadores desde una filosofía human first, utilizando la tecnología para detectar afinidades y el criterio humano para decidir qué colaboraciones tienen realmente sentido. La plataforma cuenta ya con más de 5.000 creadores registrados y plantea un ecosistema en el que las relaciones entre marcas y talento puedan ir más allá de una acción puntual.

Para llevar esa idea al terreno de la experiencia, la plataforma reunió a dos artistas con lenguajes muy distintos. Misterpiro trabaja con el gesto, el color y la pintura a gran escala. Valentina Améstica explora la tipografía, la impresión y la instalación, con una mirada especialmente atenta a los detalles cotidianos. El resultado fue una mesa convertida en espacio creativo. Y para entender qué ocurrió allí, hablamos con ambos.

Una experiencia con sabor a memoria

La primera pregunta parecía sencilla: si todo lo vivido en Espacio Bruto tuviera que traducirse a ingredientes, platos, colores y tipografías, ¿a qué sabría?

La respuesta de ambos artistas no apunta a un plato concreto, sino a la manera en la que construimos una experiencia gastronómica: por capas, contrastes y asociaciones. “Más que pensar en un sabor específico, nos interesaba pensar en una secuencia”, explican. “Igual que un color cambia dependiendo del que tiene al lado, un plato cambia según el que lo precede o el que viene después”.

La comparación entre color y sabor les lleva también a hablar de memoria. De esos alimentos aparentemente sencillos que, sin avisar, son capaces de devolvernos a otro momento.

“También nos interesaban los sabores que nos acompañan desde siempre. Aquellos que parecen sencillos, pero que, de pronto, son capaces de traer de vuelta un recuerdo, un lugar o una conversación”. Por eso, cuando les preguntamos por el sabor concreto de su intervención, prefieren no elegir uno. “Quizás nuestra intervención no tenía un único sabor. Sabía a memoria, a recorrido y a aquello que siempre estuvo ahí”.

Una respuesta que sirve también para entender cómo plantearon la experiencia: no como una obra cerrada, sino como una sucesión de estímulos que cada invitado podía recorrer de una manera diferente.

Una obra que desaparece cuando termina la cena

El arte y la gastronomía comparten algo inevitable: el tiempo. Un plato desaparece cuando se come. Una cena termina. Y una experiencia artística como esta no está pensada para quedarse en una pared.

El arte y la gastronomía se fusionan en Smart Creators

Les preguntamos entonces qué significa crear una obra destinada a desaparecer después del último bocado. “Nos gusta pensar que la experiencia desaparece solo en apariencia”, responden. Porque, aunque la comida termine, lo vivido continúa de otras maneras. “La comida termina, pero las conversaciones, las asociaciones y la forma en que cada persona recorrió la cena permanecen de maneras distintas”.

Esa condición efímera era, de hecho, una parte esencial de la propuesta. “Nos interesaba trabajar precisamente con esa condición efímera. No producir un objeto para contemplar, sino una situación que existiera únicamente mientras estaba ocurriendo”. Incluso la pieza que cada invitado recibió al final estaba pensada desde esa perspectiva.

“Por eso, la pieza que cada invitado recibió al final no era la obra, sino la forma material de un recorrido que ya había sucedido”. La idea conecta con la propia filosofía de Smart Creators: crear conexiones que no se queden necesariamente en el contenido visible, sino que puedan generar experiencias y relaciones que permanezcan después.

¿Puede una mesa convertirse en un estudio de arte?

La siguiente pregunta era casi inevitable. Si el espectador ya no está frente a una obra, sino que come, habla y se mueve dentro de ella, ¿cambia también la forma de crear?

Para ambos, la respuesta está en la propia naturaleza de la mesa. “La mesa siempre ha sido un lugar donde suceden muchas cosas al mismo tiempo”, explican. “Se conversa, se observa, se recuerda, se espera, se comparte”.

Ese carácter cotidiano era precisamente lo que querían aprovechar. “Nos interesaba trabajar precisamente con esa condición cotidiana: un espacio donde distintas experiencias conviven simultáneamente y donde la obra deja de estar frente al espectador para formar parte de la vida que ocurre alrededor de ella”.

Es una manera de entender la experiencia que encaja con el espíritu de Smart Creators: poner en relación a personas y marcas desde un contexto que permita que la conexión sea algo más que una coincidencia de datos.

Los invitados compartieron una mesa llena de estímulos

El ruido también forma parte del menú

Una cena no es un museo. Hay cubiertos, conversaciones, risas, vasos que cambian de sitio y preguntas que saltan de un extremo al otro de la mesa. Lejos de intentar controlar ese caos, Misterpiro y Améstica decidieron incorporarlo.

“Nunca pensamos ese sonido como una interferencia, sino como parte de la obra”. Para ellos, ese ruido funcionaba de la misma manera que los diferentes recorridos gastronómicos de los invitados. «De la misma manera que cada persona recibía un recorrido distinto de platos, las conversaciones también iban construyendo recorridos propios alrededor de la mesa”. Y ahí estaba precisamente el interés. “Nos interesaba que esas pequeñas diferencias generaran preguntas, comparaciones y nuevos cruces entre los invitados”.

La conclusión es clara: “El ruido no rompía la experiencia; era una de las formas en que la experiencia ocurría”.

Misterpiro: pintar el silencio

Con Misterpiro, la conversación se desplaza hacia el color. Si tuviera que diseñar una pausa visual en mitad del banquete, ¿cómo sería? Su respuesta no tiene que ver con añadir, sino con dejar espacio. “Pensaría el silencio no como ausencia, sino como espacio abierto”.

La imagen que propone es casi minimalista: “Un plato casi vacío, un alimento crudo sobre un material noble sin intervenir industrialmente, un único elemento que no compite con nada a su alrededor”.

Después aparecen los ingredientes. “Quizás una gota muy densa de aceite verde sobre porcelana blanca, o una capa fina de yogur natural donde el color aparece por sustracción”.

El objetivo sería crear un momento de descanso dentro de la experiencia. “Después de mucha intensidad, el silencio sería el momento en el que el ojo puede reposar antes de volver a estar atento”. Y también tendría una función narrativa. “Un descanso cromático que también prepara el siguiente paso”.

Del mural a la mesa

Misterpiro está acostumbrado a intervenir fachadas de grandes dimensiones. En ese contexto, el color se encuentra con el espacio desde la distancia y el impacto tiene que ser inmediato.

Pero una mesa funciona de otra manera. “Por la manera de trabajar que tengo en una fachada, la escala te obliga a pensar muy rápido y desde la distancia. El color aparece de golpe, sin transición, y su aplicación sucede en segundos”.

En una cena, en cambio, el espectador ya no está fuera. “En una mesa ocurre justo lo contrario. Aquí el cuerpo del comensal ya está dentro de la obra: come, toca, escucha, conversa”.

Eso cambia también la propia naturaleza de la pintura. “La pintura deja de ser algo que se mira para volverse una temperatura, una densidad, una presión, un contexto que envuelve el bocado”.

Y, sobre todo, cambia el tiempo. “Mi proceso cambia porque el tiempo cambia. En una fachada mido el impacto en segundos; aquí sucede en horas”. Por eso, en esta ocasión, su trabajo no buscaba competir con la comida. “Y en lugar de competir con el sabor, la obra se convierte en un entorno”.

El trabajo de Valentina, según Misterpiro: un caldo claro

La conversación entre ambos artistas aparece también cuando preguntamos a Misterpiro cómo traduciría el trabajo de Améstica al lenguaje gastronómico. La respuesta empieza con una descripción que habla tanto de su trabajo como de su relación creativa. “Valentina es una diseñadora y escritora increíble, piensa como quien compone una imagen y escribe como quien conoce el peso exacto de cada palabra”.

Después llega el plato. “Diría que su trabajo sabe a un caldo claro”. La comparación tiene que ver con una forma de crear que no busca llamar la atención de inmediato. “Algo que parece silencioso al principio y que solo revela sus capas cuando le prestas atención”.

Para Misterpiro, su tipografía y su composición “no impone, pero sí dispone”. “Me gusta cómo organiza el ojo antes de que llegue la información”. Y ahí encuentra el paralelismo gastronómico: “En el paladar ocurre un poco lo mismo cuando llega un ingrediente que se desenmascara despacio: un caldo transparente, una sal en escamas, un aceite muy fino, un vino joven… que no buscan ser protagonistas, pero dejan marcas”.

Valentina Améstica: mirar cómo desaparece una mesa

Si Misterpiro piensa en la intensidad del color, Améstica observa el paso del tiempo. Durante la cena, su atención se concentró en algo que normalmente pasa desapercibido: cómo cambia una mesa cuando la comida empieza a desaparecer. “Me interesó observar cómo la mesa iba cambiando con el paso del tiempo”.

Su mirada se detuvo especialmente en “la presencia de algunos platos muy sencillos, casi familiares”. Hay algo en esos platos reconocibles, explica, que “precisamente por su simpleza, generan una sensación inmediata de cercanía y calidez”. Pero su verdadera fascinación está en las pequeñas huellas que quedan. “Los platos que desaparecían, los vasos que cambiaban de lugar, los cubiertos desplazados, las migas, las marcas sobre el mantel…”.

«Una conversación. Un recorrido. Aquello que siempre estuvo ahí»

Todo eso que normalmente consideramos el final de una experiencia puede convertirse, para ella, en el principio de otra lectura. “Pequeñas transformaciones que normalmente entendemos como restos, pero que también pueden leerse como una forma de registro”.

Es una manera de mirar que forma parte de su trabajo. «Muchas veces mi trabajo nace precisamente de ahí: de observar cómo el tiempo modifica silenciosamente un espacio”. Por eso, si tuviera que transformar aquella cena en una obra, no partiría de la mesa perfecta antes de que llegaran los invitados. “Probablemente, si esta cena se transformara en una obra, partiría desde ese paisaje que aparece cuando todo parece haber terminado”.

Cuando una tipografía también puede abrir el apetito

La relación de Améstica con la gastronomía pasa inevitablemente por las palabras. Le preguntamos cómo rediseñaría la tipografía de un menú para conseguir que un plato supiera mejor incluso antes de probarlo.

Su respuesta vuelve a conectar dos disciplinas aparentemente distintas. “Probablemente construiría composiciones similares al emplatado”. Su objetivo sería dirigir la mirada y preparar al comensal. “Me interesaría dirigir la mirada, preparar el ojo para lo que viene y jugar con los caracteres como si fueran los propios ingredientes de un plato”.

Porque, para ella, la experiencia empieza antes de comer. “Antes de probar una comida ya comenzamos a construir una expectativa sobre ella, y el lenguaje forma parte de esa experiencia”.

La tipografía, por tanto, también puede funcionar como un ingrediente. “Una palabra, un ritmo o una tipografía pueden abrir una forma distinta de leer lo que viene después”.

En la experiencia de Espacio Bruto, esa idea estaba presente en los títulos de los platos. “En esta cena, los títulos de los platos funcionaban casi como pequeñas piezas poéticas”. Pero no querían explicar la comida. “No buscaban describir la comida, sino predisponer la mirada, abrir una imagen y acompañar la experiencia antes del primer bocado”.

La diferencia también puede ser el punto de partida

La última conversación con Améstica vuelve al trabajo compartido con Misterpiro. Sus lenguajes son diferentes. Uno trabaja desde el gesto. La otra, desde la precisión. Pero esa diferencia no fue un problema que resolver. Fue, precisamente, el punto de partida.

“Lo que más admiro del trabajo de Piro es su capacidad para transformar un espacio con muy pocos elementos”. Y añade: “Su gesto tiene mucha fuerza, pero también una enorme sensibilidad”. Por eso, explica, “nunca sentí que hubiera que equilibrar una cosa con la otra; justamente esa diferencia era lo que hacía interesante la colaboración”. La clave fue no intentar convertir ambos lenguajes en uno. “Yo trabajo desde la observación, la tipografía y la construcción de sistemas. Nunca buscamos unificar esas formas de trabajar, sino ponerlas en relación”.

Una idea que conecta con la propia filosofía de Smart Creators: encontrar conexiones entre mundos diferentes sin obligarlos a perder aquello que los hace reconocibles.

La plataforma busca precisamente eso en su relación entre marcas y creadores: identificar afinidades y facilitar colaboraciones que tengan sentido, pero sin reducirlas a una simple coincidencia de audiencias.

Y quizá la mesa sea el mejor lugar para comprobarlo. “Vivimos rodeados de recorridos que suceden al mismo tiempo”, continúa Améstica. “Personas que comparten un espacio mientras atraviesan experiencias distintas. Conversaciones que se cruzan. Gestos que coinciden”. Eso fue lo que quisieron hacer visible. “Nos interesaba que la mesa hiciera visible esa condición cotidiana”. Y, sobre todo, que cada parte pudiera seguir siendo ella misma. “Que cada lenguaje mantuviera su identidad y, al mismo tiempo, pasara a formar parte de un sistema compartido”.

El maridaje perfecto: agua

Después de hablar de colores, tipografías, gestos, migas y memoria, queda una última pregunta: ¿qué beber con todo esto?

La respuesta de ambos es inesperadamente sencilla. “Probablemente agua”. No por falta de imaginación, sino por todo lo contrario. “Nos interesa porque no intenta imponerse sobre la experiencia”. El agua acompaña sin robar protagonismo. “Está presente durante todo el recorrido y, precisamente por su aparente neutralidad, permite que cada variación aparezca con mayor claridad”.

Y esa elección termina conectando de nuevo con la idea que atraviesa toda la experiencia. “De alguna manera ocurre lo mismo con la estructura de la cena: no buscaba dirigir una interpretación, sino crear las condiciones para que cada persona construyera la suya”. Quizá ahí está la verdadera conexión entre el trabajo de Misterpiro y Améstica, la experiencia gastronómica y la filosofía de Smart Creators.

No en hacer que todo sea igual, sino en conseguir que cosas diferentes puedan convivir. Un color junto a otro. Un plato después de otro. Una palabra antes de un bocado. Una conversación que empieza en un extremo de la mesa y termina en otro. Y una colaboración que, como una buena cena, funciona precisamente cuando nadie siente que está siguiendo un guion.