El verano pasado realizó una instalación sorprendente y rompedora en El Silencio, el chiringuito de moda de Ibiza. Pero este año está centrada en pintar, en crear obra para futuras exposiciones. Hija de artistas y con un pasado de actriz, dj e influencer, Miranda Makaroff asegura estar ahora más centrada que nunca en el arte puro, el que no depende de las marcas, en definirse como “artista, a secas”. Por ello decidió dejar la gran ciudad en plena pandemia e internarse, de lleno y sin apenas equipaje, en el corazón verde y turquesa de la isla Pitiusa. Y según nos cuenta, no tiene billete de vuelta.

¿Cómo es ser hija de artistas?

Es lo mejor que me podía pasar en todos los sentidos. Obviamente, porque mi infancia ha estado rodeada de estímulos fascinantes como la música, la literatura o la fotografía, y también de una manera de ver la vida mucho más liberal y alocada. Creo que ser artista significa tener un gran nivel de sensibilidad y ser capaz de ver cosas que otros no perciben de la misma manera. De algún modo, dignifica tener una especie de genialidad que a veces puede ser abrumadora y presentarse con una sombra de oscuridad y melancolía.

¿En qué momento empiezas a interesarte por la moda?
Desde pequeña, cuando observaba a mi madre hacer esos bocetos con tanta facilidad y buen gusto, me fascinaba ver cómo algo se convertía después en una pieza física y tangible. ¡Magia! Me ha hecho ver la moda desde una perspectiva totalmente diferente. Para mi madre es un juego inocente, casi como de niños pequeños, donde uno se disfraza, disfruta y se divierte. Lo contrario a ser esclavo, es ser absolutamente libre y creativo, con texturas, colores y formas. Es ser Peter Pan eternamente.

Artista, actriz, dj, influencer… ¿Con qué faceta te sientes más cómoda?
Artista, sin duda. Antes no existía lo de influencer, y quizás fui una de las primeras en serlo, pero ahora ya que todo el mundo es influencer, no me resulta tan atractivo y me siento más identificada con artista, a secas. Estoy en un momento de transición donde mi objetivo es eso, ser solamente artista. Me gusta el arte puro, y aunque a veces necesitas a las marcas para llevar a cabo proyectos más grandes, como el hinchable de la vagina que hice para Desigual, o para El Silencio de Ibiza, que hice toda una instalación y pinté la piscina… Ahora quiero que el protagonista sea el arte, no la marca.
¿En qué estás trabajando actualmente?
Ahora estoy centrada en crear, pintar y hacer esculturas para llevar a cabo un par de exposiciones que me hacen mucha ilusión. Una de ellas es en Londres, luego hay algo en Miami.
Hablemos de Ibiza, ¿qué tiene de especial para ti?
Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Nunca he vivido en la naturaleza, pero mi alma llevaba ya unos años pidiéndome estar rodeada de verde. Fue llegar la pandemia y sentirme totalmente ahogada por la ciudad. El primer día que se podía viajar cogí todo y me fui para no volver. Ahora mismo me es absolutamente imposible pensar en volver a vivir en una ciudad nunca más. Ibiza es mágica, es internacional, hay arte, música, comida deliciosa y una calidad de vida inigualable.

Dicen que hay diferentes Ibizas, ¿cuál es la que más te atrae de todas?

Es cierto. Tiene una cara A y una cara B. La primera es la de las fiestas, las discotecas, las drogas y el mundo de la noche. La otra es la que a mí me interesa. La de la naturaleza, la luz del día, las fiestas en casas de amigos al aire libre, los paseos en el mar, la parte espiritual… La de encontrarse a uno mismo a través de todas estas cosas.

Llévanos de ruta, ¿cómo es un día perfecto para ti en la isla?

Consiste en levantarme, hacer Jane Fonda workout de los 80, desayunar un ‘tesito’ en mi jardín, abrazar a mi novio mientras me pide que no le interrumpa porque está concentrado y ponerme a pintar hasta que mi gato Claudio me obliga a acariciarle durante 30 minutos.

Venga, ¡mójate!

Si tengo un día libre, me gusta ir al norte, al sur jamás voy. Mis lugares favoritos son S’illot des rencli, porque conozco a la gente del restaurante y me encanta esa calita. También voy mucho al hotel Los Enamorados, que está cerca y el dueño, Pier, es uno de mis mejores amigos de la isla. Es uno de mis lugares favoritos, cuando voy allí me siento una más de la familia. Tiene sólo 9 habitaciones, está delante del mar y creo que es uno de los pocos lugares donde aún se respira autenticidad. Es lo contrario a algo masificado, está decorado con mucho gusto, al estilo de los años 70, con una música espectacular y una tienda con objetos y ropa vintage muy seleccionada. También he ido últimamente al club del Six Senses, que lo ha decorado mi madre además con dibujos y pinturas gigantescas por todas las paredes. En invierno salgo menos, pero a veces voy a Cala Bonita, aunque esté más en el sur, o a Sa Caleta.

¿Eres de cocinar o de que te cocinen?

¡No me gusta nada cocinar! Lo odio bastante [ríe]. Soy 100% de que me cocinen. Tengo la gran suerte de tener una vecina que hace la mejor comida del mundo, súper sana pero deliciosa, y lo mejor que me puede pasar es que ella me cocine.

¿Tienes algún restaurante favorito en Ibiza? ¿Un plato que solo tomes allí?
Me gusta ir donde conozco a la gente. Como Can Pau, al lado de mi casita en Santa Gertrudis. Alba, la dueña, es majísima y nos trata genial. Siempre me tomo un filete a la pimienta con patatas fritas y de postre un coulant. Y para rematar, lo que te sacan después del postre, que son unas chocolatinas muy pequeñas en forma de bolitas de chocolate con café… Me suelen regalar siempre unas pocas y me las llevo a casa y las pongo en la nevera. Son como pipas, pero de chocolate. El máximo pecado.

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