Hay muchas maneras de viajar, y una de ellas procede de las historias que imaginamos previamente en casa o de las que narramos después. Para Martina Klein (Buenos Aires, 1976), hay un viaje especial que comenzó mucho antes de que llegara a España con 12 años, y lo cuenta rememorando las comidas que su tía Susi organizaba en aquel comedor acristalado con una mesa muy larga en la que durante años se reunía con todos sus primos para comer asado y contar historias de la familia –“esa mesa es la película de mi infancia”, confiesa–. Un relato que se remonta al origen de sus abuelos, procedentes de Kiev y Budapest, y de la que aún queda algún objeto en las vitrinas de su memoria. Aunque ella, más que objetos, dice que “prefiere coleccionar historias” que promete escribir algún día.

Lo de Manuela

De esa devoción por la narrativa nace parte de su último proyecto empresarial, Lo de Manuela, una firma textil y de objetos de decoración para el hogar que puso en marcha con sus socias hace tres años, cuando estaba embarazada de su hija pequeña. Y en este tiempo ambas han ido creciendo, “sanas y bonitas”, apunta. Como lo ha hecho su pasión por, como reza en su cuenta de Instagram, la “moda y alrededores”.

Martina, hija de arquitectos, cuenta que su interés por el interiorismo viene de lejos, aunque la moda se cruzara en su camino siendo una adolescente. De hecho, dice que más que su plan B, habría sido el A. “La moda y sus alrededores tiene que ver, efectivamente, con todo lo que nos rodea. En mi caso, con escribir, hacer tele o algo de cine. Siempre tiene que ver con contar historias, en este caso, las de los objetos que nos rodean”.

Lo de Manuela es una firma especial. En ella definen un estilo asociado a los viajes. “Los utensilios forman parte de nuestra vida, más allá de la utilidad, y yo soy esteta, me gusta lo bonito. Además, nuestras colecciones siempre parten de un viaje que hace Manuela y los objetos vienen a complementar ese viaje a través de una historia de sensaciones y recuerdos”.

Al margen de la narrativa, hay historias ligadas con los materiales, elaborados en talleres artesanales que garantizan la calidad y la durabilidad de los mismos. Por ejemplo, uno de los iconos de su catálogo es una vajilla de Limoges con unos dibujos de animales africanos creados por ellas y serigrafiados en porcelana que se han convertido en un must. Un capricho que, como sostiene Martina, conjuga bien con el eclecticismo. “Una de las cosas que he aprendido con Manuela es no tenerle miedo a las mezclas. Una mesa bonita no tiene por qué ser una mesa con el mantel del mismo color de las servilletas o con una vajilla cara. El resultado a veces es mucho más divertido cuando mezclas elementos distintos”, sugiere.

Una modelo muy poco al uso

Y puestos a hablar de estándares, cómo no, le preguntamos por los dictados de la moda sobre el cuerpo (y la talla) de las mujeres. Aquí habla sin tapujos: “Yo siempre he sido una modelo muy poco al uso. Mi físico encajaba en una época… pero en los 90 llegó el grunge y el minimalismo y las modelos se empezaron a secar para entrar en tallas imposibles, al menos para alguien de buen comer como yo”, lamenta. “Y no es que haya hecho dietas, ¡es que siempre estaba luchando contra mi apetito!”. Así, cuando vivía en París, recuerda alimentarse de manzanas y a la vez escaparse a la calle para comer garrapiñados, tratando de explicar aquellas contradicciones de juventud. Pero humor no le falta. “Para mi primer anuncio de comida tuve que grabar hasta 47 cucharadas de un flan para dar con la toma perfecta”, dice riéndose. Como la de veces que, en otros spots, le han puesto hijos o vestidos de novia…

Y sin embargo, agradece todo lo bueno que le ha brindado su carrera de modelo, pero ahora ella, que reconoce comer de todo y mucho, ya no renuncia a comer un buen asado o a una cerveza fresquita.

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