[Lee Los cuentos que inventaron la comida de Navidad (Parte I)]

Un pollo en Brooklyn

Desde España, el pavo viajó rápidamente a través del comercio de aves ya existente, primero a Europa y luego al resto del mundo. En 1530 ya se conocía en Italia, donde previsiblemente el cocinero Bartolomeo Scappi le sirvió al papa Pio V lo que en su ‘Del arte de cocinar’ (1570) llamaba gallo o gallina d’India; y donde, tiempo después, para el secretario del arzobispo del Racconto di Natale (1945) de Dino Buzzati, la noche de Navidad era, además de los rezos en una catedral rebosante de Dios, “los árboles, los pavos y el vino espumoso”. En los mismos años llegó a Francia, donde poco después Catalina de Médici ofrecería setenta poulets d’Inde en un monumental banquete celebrado en París, y el reverendo de ‘Las tres misas’ (1875) de Alphonse Daudet, “se olvida de su misa y no piensa sino en la cena. Se figura las cocinas rumorosas (…), y entre aquel vaho [de las cacerolas] dos magníficos pavos, rellenos, reventando, constelados de trufas”.

A Inglaterra el pavo llegó en 1541 y desde allí viajó a Estados Unidos, donde acabaría
convirtiéndose en símbolo nacional. Algunos siglos después, en 1990, Paul Auster publicó ‘El cuento de Navidad’ de Auggie Wren, en el que un autor, tras aceptar el encargo de The New York Times de escribir una historia navideña, se desespera, guerrea “con los fantasmas de Dickens, O’Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad”. Al final, su amigo Auggie Wren promete contarle “el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca”, la historia de una equivocación, una mujer ciega, una billetera perdida y una cena de Navidad. Cuando Auggie, a quien la abuela Ethel confunde con su nieto, empieza a tener hambre, va a una tienda del barrio y lleva “un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente”. En esta historia ya no hay pavos, ni abetos, ni “hipócrita sensiblería y melaza”. Aun así, seguramente a Ethel el pollo precocinado, tierno y sabroso, le pareció extraordinario. Quizá el espíritu de la Navidad no consista en mucho más que poder compartir un pavo, o cualquier cosa que se le parezca.

*Artículo publicado originariamente en Tapas nº 39, diciembre 2018.
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